Te tengo

   Estaba en un punto muerto. No podía tirar de ella, y por supuesto, no pensaba dejarla caer. El precipicio que se abría a nuestros pies era el más alto de la cordillera, pero a efectos prácticos podía ser el más pequeño. Daba igual. Si caía, moriría.

   Nunca conseguí entender por qué no gritaba. Yo me hubiera desgañitado, de haber estado en su situación: sujeta sólo por mis manos y balanceándose. Y más allá de sus pies, nada. Nada excepto el vacío. Apretaba fuertemente los dientes y tenía los ojos clavados en mí. No sé qué estaría pensando, pero percibí claramente que confiaba en mi fuerza. Sus rizos morenos golpeaban sus mejillas, agitados por el fuerte viento que silbaba, tan frío que parecía quemar. Visto desde esta perspectiva, aquí sentado, escribiendo en este ordenador portátil en la planta baja de nuestra casa, con un café bien caliente humeando sobre la mesa, puedo jurar que yo pasé mucho más miedo que ella. Estaba convencido de que no conseguiría aguantar su peso el tiempo suficiente como para izarla, y ¿de dónde sacaría las fuerzas para lograr semejante hazaña? Mis piernas estaban bien sujetas a la roca, pero el agotamiento de la escalada había menguado mis energías casi hasta la extenuación, y mis brazos ya se estaban embotando.

   Lo siento, cariño, creo que pensé. No puedo salvarte.

   Pero ella me miraba.

   Ignoro cuánto tiempo estuve en total sujetando su mano. Sólo sabía que todo estaba a punto de acabar. Para los dos. Mis fuerzas ya no daban más de sí.

   Fue ella la que, finalmente, consiguió trepar, usando mis brazos, mi cabeza y mi espalda como punto de apoyo, mientras pateaba la pared de roca y ganaba la vida centímetro a centímetro. No pude creerlo. Cuando llegó a terreno firme, tiró de mi cazadora y me tumbó junto a ella, y escuché que se reía. Yo me desmayé.

   Va a bajar en diez minutos. Hemos quedado en salir a cenar. Va a llevarme a ese restaurante donde nos conocimos, donde ella trabajaba y yo remoloneaba, en aquella época en que andaba perdido y ella me encontró y me salvó. La adoro por ello, pero aun más, la adoro por la valentía que demostró, mientras la muerte la contemplaba desde abajo con los brazos abiertos. No pudo atraparla.

   Ya la oigo bajando las escaleras, y mi corazón palpita como siempre.

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