Primer aniversario

Hoy hace un año que están saliendo juntos. Rosalinda prepara una cena romántica, con velas, vino y cristal de Bohemia. Ha puesto el mantel de los domingos, ese rojo y dorado tan bonito. Hay solomillo y ensalada; el solomillo con mucha sal y poco hecho, como a él le gusta.

Se separa un poco y contempla la mesa, satisfecha: todo en orden. Y llega a una conclusión: lo ama. Claro que tiene sus cosillas, como todo hombre, pero a ella la educaron para perdonar. Visto de otro modo, ella tampoco es ninguna santa: es caprichosa y celosa, pero lo justo, y él es también muy comprensivo. Además de guapo, piensa, y se tapa la sonrisa con la mano.

Ya sólo queda esperar. Pronto sonará el timbre, y ella se levantará del sillón, abrirá la puerta con actitud de no estar esperando a nadie, y dejará que él admire lo guapa que se ha puesto. Un vestido azul claro muy escotado, un collar de perlas de su madre en su largo cuello de cisne, y un precioso peinado que le ha estado haciendo toda la mañana su amiga Nuria, la peluquera. Está radiante, y sus ojos brillan con algo próximo a la felicidad.

Esta noche va a pedirme la mano. No le cabe la menor duda; las últimas dos semanas él ha estado especialmente cariñoso. Hoy será el día en que me comprometa con él. Hoy le diré que lo amaré para el resto de mi vida. Siente que un fuego potente pero dulce le abrasa el pecho. Hoy.

Se sienta y coge el libro que está leyendo. Una novela romántica: Ríndete a mi amor. Es preciosa, y a veces, se siente como la heroína, quien navega en alas del amor más puro del mundo. Abre el libro por la señal y, al poco rato de pasear la mirada por las letras diminutas, lo cierra. No puede concentrarse en la lectura. ¡Qué nerviosa está! Mira el reloj: aún faltan cinco minutos para las siete. Ojalá no se retrase, o me volveré loca… de amor, piensa, y se tapa de nuevo la sonrisa de los labios.

Suena el timbre. Ya está aquí.

Se levanta de un salto. No… Espera un poco, que no parezca que lo estabas esperando. Se contempla en el espejo del vestíbulo, y se retoca el pelo con infinito cuidado. Bueno, vamos allá.

Abre la puerta, y ahí está él, impecable. Es hermoso. Rosalinda siente que es el amor de su vida. ¡Oh, cómo lo ama!

—Ca… ¡Caray! ¡Qué guapa te has puesto, Rosi! —exclama él, mientras la contempla con la boca abierta. Ella se sonroja, como siempre que le echa un piropo.

—¡Gracias, tú también! Pasa, Rodolfo.

Y se hace a un lado. Él entra, cierra la puerta y la abraza, y la besa muy fuerte. Ve la mesa puesta y sonríe.

—¡Guau! Velitas y todo.

—¡Feliz aniversario! —exclama ella, y le entrega un pequeño paquetito.

—¡Eh, gracias!

Lo abre con entusiasmo. Se trata de una cajita roja. La mira y levanta la tapa.

Es un pasacorbatas de oro.

Él deja de sonreir. Parece algo disgustado.

—¿Un pasacorbatas? —pregunta, dando vueltas al objeto entre sus manos.

Ella siente una enorme decepción: no le ha gustado.

—Pensé que…

—¿Un pasacorbatas? —repite él—. Pero, ¿cuándo me has visto a mí llevar una corbata, Rosi?

—Yo…

Él vuelve a sonreír, quizá algo forzado, y la besa fugazmente en los labios.

—Bueno, no importa. Supongo que algún día podré usarlo. Gracias, cielo.

Ella suspira aliviada.

Se sientan a cenar. El equipo de música endulza la velada con canciones de amor.

Rosalinda siente que el momento está cerca: su amado picotea del plato y parece muy nervioso. Se lleva la mano constantemente al bolsillo, como si no se decidiera a sacar lo que lleva en él. Ella aún no ha recibido su regalo de aniversario.

De pronto, él deja caer sus cubiertos y se mantiene erguido en la silla.

—Bueno, ya está bien —carraspea—. Rosi…

—¿Sí? —Ella mantiene sus ojos azules clavados en él.

Rodolfo saca una cajita adornada con un lazo y la tiende.

—Quiero darte esto… como prueba de mi amor eterno hacia ti.

Rosalinda no puede expresar palabra. Nerviosa como nunca estuvo en su vida, toma la cajita con mano temblorosa, deshace el nudo del lazo lo más aprisa que puede, y la abre. Y cuando ve lo que hay en el interior, lanza un gritito de júbilo y se levanta corriendo para ir a abrazar a su ahora futuro marido.

—¡Rodolfo! ¡Rodolfo, Dios mío! —exclama contenta—. ¡Es un ojo de compromiso!

Se separa de su amado y contempla el ojo viscoso y chorreante que se escurre entre sus dedos, como si tuviera vida propia.

—¿Quieres casarte conmigo, Rosi?

—¡Ay, sí, sí, Rodolfo, mi amor! ¡Sí, quiero! ¡Claro que quiero!

Rodolfo se levanta de su silla. Se ve realmente feliz.

—Ven, déjame que te lo ponga, mi amor.

Ella inclina la cabeza. Rodolfo le da un golpe seco en la nuca, y el ojo izquierdo de Rosalinda cae al suelo. Luego toma el ojo de compromiso y lo introduce en la cavidad izquierda de Rosalinda con mucho cuidado y amor. Encaja perfectamente.

Rosalinda parpadea un par de veces. Luego mira a su amado, y se arroja entre sus brazos.

—¡Mi amor!

Él, a su vez, la abraza con fuerza. Luego, con una sonrisa tranquila, susurra al oído de su prometida:

—Y nada de pasacorbatas la próxima vez, ¿eh?

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