Mitoxis: Minotauromaquia.

—¡Zuerte, maeztro!

El Niño de la Frijolería asintió solemnemente. Tomar la iniciativa en la Plaza de las Ventas era el sueño de todo iniciado, y él, como buen mejicano, sabía apreciarlo. No había podido estrenarse en su país porque había tenido que huir tras una serie de ciertos líos de faldas con varias hijas de algunos apoderados, y aunque muchos habían afirmado que su carrera había terminado antes siquiera de empezar, él emigró, se buscó un nuevo apoderado que sólo tuviera hijos varones, le cayó en gracia y… En fin, aquí estaba.

Su verdadero nombre había sido El Chavo de la Frijolada, pero don Luis Márquez, su benefactor en Madrid, le había comunicado que de ninguna manera podía disponer de un nombre tan espantoso si quería llegar a algo en el mundo del toreo, así que a regañadientes aceptó el cambio al Niño y a la Frijolería. En realidad lo que a él le gustaba era cómo su traje de luces apretaba su escroto… y matar toros, por supuesto. Y ambas cosas lo satisfacían de una forma curiosamente sexual, así que el nombre era secundario al fin y al cabo.

Salió al ruedo bajo una sucinta ovación del público, pero no le importó. Sabía que enseguida lo aclamarían como se merecía, porque no pensaba salir de allí sin enarbolar unas cuantas partes arrancadas de su toro. Saludó con su montera a izquierda y derecha, arriba y abajo, en diagonal, cubriendo toda la gradería, mientras caminaba hacia el centro con el pecho henchido de orgullo y decisión. Se fijó en algunos de los rostros del público y comprobó satisfecho que la plaza no sólo estaba abarrotada (en reconocimiento al cabeza de cartel, cierto, pero ¿y qué?), sino que estaba plagada también de bellos rostros doncellescos que suspirarían por él con cada chicuelina. El sol le perturbaba ligeramente la visión, pero su ceño atenuaba la circunstancia añadiéndole, como bien sabía tras una vida ensayando ante el espejo, una buena porción de galante masculinidad.

Su toro se llamaba Belinchón y era de una ganadería que se caracterizaba por el empeño y la fuerza. Don Luis había propuesto untar a ciertos escalafones para que le dieran uno algo menos bravo, pero El Niño de la Frijolería se había negado empecinadamente. No pensaba tomar la iniciativa con cualquier bestia que, por noble que fuera, iba a dejarlo en la estacada.

Llegó al centro del ruedo y se hizo el silencio. Respiró hondo: ya estaba allí. Sus sueños se cumplían. Su vida cobraba sentido. Su arte deslumbraría al mundo.

Con el capote apoyado en la cadera en gallarda postura aguardó a que las puertas se abrieran. No tenía miedo a la muerte, pero sí al ridículo. En los próximos minutos se decidiría su destino: una vida de éxito, alcohol y mujeres, o una condenado a un vacío de fracaso, alcohol y mujeres.

Hubo de pronto un estruendo en la madera de las puertas y muchos en el ruedo respingaron. Parecía que acababa de estrellarse un autobús contra el otro lado. El Niño de la Frijolería había percibido cómo estas incluso se combaban hacia dentro. Se miraron unos a otros con sorpresa. El Niño asintió tratando de tranquilizarse: quizá un tropiezo del toro. Antes de que pudiera recuperar del todo su ceño de hombría el portalón recibió un segundo impacto. Esta vez sí que saltaron astillas rojas hasta cinco o seis metros dentro del ruedo. Dos de los areneros corrieron a refugiarse tras sus burladeros. El Niño de la Frijolería se mantuvo aparentemente impávido en el centro. ¿Qué carajo había sido eso, wei? Su corazón, ya de por sí acelerado, batió más frenéticamente. Vio que los hombres que se encargaban de abrir las puertas hacían extraños aspavientos y salían corriendo por las gradas entre la gente. Algo estaba pasando.

BUM. El tercer golpe vino acompañado por un mugido furioso que, más que de toro, parecía de dinosaurio. Las dos puertas quedaron entreabiertas y destrozadas. Todos los que se quedaban en la arena a excepción de El Niño de la Frijolería abandonaron el ruedo y desaparecieron. Sólo dos partes se mantuvieron en sus posiciones: el propio Niño y la totalidad del público, hombres y mujeres que habían venido a ver y oler sangre y por San Isidro que la iban a tener.

Con la última embestida entró Belinchón en la plaza. De toro tenía algo sin duda, al menos unos cuernos espantosamente largos y afilados, pero ahí acababa cualquier semejanza con una bestia común. Corría sobre sus patas posteriores y utilizaba las delanteras sólo para darse más impulso. Debía de medir erguido unos tres metros de altura y su cuerpo estaba cubierto por un durísimo pelo negro que parecía esparto almidonado. Trotaba imparable hacia El Niño de la Frijolería. Este, como en un sueño, levantó su capote y lo puso a un lado de su cuerpo dispuesto a hacerle el primer pase. Pensó fugazmente que debería haber aceptado que Don Luis le consiguiera un toro algo más pequeño.

Meneó el capote, aunque desde luego no parecía que el toro (o lo que fuera aquello) necesitara de ninguna provocación.

—¡Ehe! ¡Ehe, toro! —musitó con un hilo de voz.

Un segundo después la bestia alcanzó el centro del ruedo y El Niño de la Frijolería salió despedido por los aires, quebrado por la mitad. El público rugió un ¡OLÉ! descomunal al unísono y muchos se levantaron admirados de la bravura del animal, pero poco tiempo tuvieron para su gozo, pues el toro no se detuvo y siguió hasta el fondo, donde traspuso la valla de un salto y se dedicó en cuerpo (en alma no, es bien sabido que los animales no tienen alma) a descuartizar a los espectadores. Volaron collares de perlas, peinetas, mantones de Manila y puritos Reina por doquier.

Pocos fueron los que no obtuvieron esa anhelada visión de sangre fresca que habían venido a buscar.

 

One response

  1. Es entretenido, está claro que no para los del medievo, y tu forma de escribir hace que no me falte ningún detalle cuando imagino lo que leo en mi cabeza, eso hace que me den más ganas de leer.
    Por cierto, ¡Olé por el toro!

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