Miserere Mei

Me dijeron que bastaba con un parrafillo de nada, que escribiera lo que me diera la gana, con la única condición de que fuera lo suficientemente críptico para justificar su victoria sobre los demás miles de microrrelatos. Es lo que suele suceder cuando tu cuñado es primo de la novia del organizador de un concurso. Yo tenía un cierto nombre y algunas de mis obras, muy bien recibidas por la crítica, bastaban ya por sí solas para justificar un triunfo, aunque fuera a través de la mayor mierda jamás cagada. Así que era sencillo, un plan similar a los sabidos planes con que algunos cargos políticos o empresariales suelen hacerse con un dinerillo fácil: un cacho para ti, un cacho para mí y a otra cosa mariposa.

La pasta, ¿por qué no decirlo?, me venía muy bien. Andaba yo bastante apretado en cuanto a las cuotas del coche de mi mujer y me pareció bien que un tipo de letras pagara otro tipo de letras. Y en mitad del famoso bloqueo de escritor era más que probable que por mí mismo no pudiera rascarle suficiente a mi talento para cubrir las espectaculares vacaciones que tenía previstas. Así que un párrafo, ¿eh? ¿Cuanto más enrevesado mejor? Caramba, eso sí se me daba bien últimamente gracias al alcohol. No podía desaprovechar la oportunidad.

Dinero fácil. Después ya vería.

Me puse a la tarea. Un párrafo. Cincuenta palabras como máximo y un tema: la miseria humana en cualquiera de sus vertientes. Absoluta libertad al respecto, puesto que ya había ganado el concurso antes de empezar. Sonreí sin poder evitarlo al pensar en la cantidad de personas que en aquel momento se estarían esforzando por crear maravillas literarias en sus ordenadores.

Abrí el documento en blanco, el mismo al que me enfrentaba inútilmente casi todas las mañanas, e hice lo que solía hacer: agité los dedos sobre el teclado sin tocarlo y aguardé la aparición de la musa.

No vino. Decidí enfocarlo desde la primera persona y pulsé dos teclas: la Y y la O. Yo. ¿Yo qué? Daba lo mismo. Entré en mi cabeza y pensé: miseria humana. Algo de un mendigo abandonado por la sociedad. Sí, eso colaría sin extrañar demasiado a los concursantes despechados. Un mendigo. Hm, sí: abandonado por su mujer dos años antes. Que perdió su trabajo. Que había empezado a tontear con las drogas.

De pronto un maullido. Rufo se subió al teclado justo cuando iba a escribir “me llamo Claudio” (estaba leyendo en aquellos días a Robert Graves) y se ocupó él de rellenar la frase con sus patas: “akweugf lehñl”. Maldije en alto y lo eché de un manotazo.

—¡Quita, coño!

Eliminé el arranque lingüístico de Rufo, quien desapareció a toda velocidad, y volví a enfrentarme al YO. El resto en blanco. Un párrafo por rellenar. De pronto cincuenta palabras se me antojaron cincuenta mil.

No empieces, me dije. Concéntrate. Escribe y punto.

Paseé de nuevo las manos. ¿Qué quería poner ahí? Ah, sí: Claudio.

—Cariño, ¿estás ocupado?

La voz de mi mujer. Ni levanté la vista para ver su rostro asomado a la puerta.

—¿Sí? —pregunté con fingida cortesía. Claudio desapareció de mi mente.

—¿Me ayudas a doblar esta sábana?

Explosión en mi cabeza.

—Claro.

Me levanté y fui tras ella. Doblamos entre ambos esa sábana y otras tres.

—Gracias, cariño.

—De nada, mujer.

De vuelta a mi página casi en blanco. YO. ¿Yo qué? ¿De qué iba la cosa? Claudio… Ya, el mendigo maltratadito por la sociedad. ¡Adelante, amigos, acabemos con todos esos charlies de una vez! Entonces sonó el teléfono: siempre me olvidaba de desconectar el del despacho antes de ponerme a escribir. Aguardé los seis o siete tonos que tardó mi mujer en cogerlo. Quizá se estaba quedando sorda. No es que fuera vieja, pero ya había entrado en la cuarentena y…

¡Claudio, maldición! ¡Acaba de una vez con el mendigo este! El microrrelato tenía que estar listo aquella misma mañana. ¡Siempre dejando las cosas para última hora! Lo que me faltaba, ahora la voz de mi madre recordándome mi infancia

Oía la voz de mi mujer en la otra habitación, el murmullo constante de su tono bajando y subiendo según lo indignada que estuviera por la cantidad de nuevos cotilleos que le proporcionara su amiga, su hermana o quien la hubiera llamado.

YO. Claudio, Claudio, Claudio, ¿en qué andas? ¿Tú quién eres? Siéntate aquí… ¡y obedece!

Página casi en blanco.

YO.

El timbre de la puerta. El cartero, sin duda: era puntualmente infalible con sus certificados. Estaba seguro de que le gustaba mi mujer, que venía todos los días por si tenía suerte y no me pillaba a mí en casa. Como ella seguía hablando tuve que levantarme yo. Por el pasillo aproveché la coyuntura y le solté una patada al gato, que él esquivó con tranquila profesionalidad.

Firme aquí. Hala, gracias. Mi mujer no está disponible, baboso, has visto demasiado porno.

Regresé al YO. ¿Qué hora era? ¡Dios mío, las doce menos diez!

YO.

No me daría tiempo.

YO.

¡El plazo!

YO.

¡Claudio, haz algo!

¡YO! ¡YO! ¡YO!

Mi cabeza reventó; el derrame en el ojo lo vería más tarde. En un impulso arrebatado guardé el documento y lo adjunté al email con el título “YO”. Acto seguido pulsé el botón de ENVIAR. Cuando me di cuenta de lo que había hecho me consolé a mí mismo pensando: bueno, en las normas ponía que máximo cincuenta palabras, pero no especificaba nada de un mínimo.

Dos meses después, el resultado. ¿Y sabéis una cosa? Me satisfizo plenamente. Hubiera podido escribir un párrafo soporífero, pero por primera vez, cuando vi en la página web del concurso que había resultado ganador, me di cuenta de que realmente había escrito mi primera gran verdad:

GANADOR DEL III CONCURSO NACIONAL DE MICRORRELATO

MISERIA HUMANA

YO”

Twitter: @Relatillos
Facebook: Cuentos y Relatos Cortos

One response

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *