Mío

Lo que en un principio se había prometido como una pacífica y agradable marcha por el Camino de Santiago se convirtió de pronto, Óscar no supo cómo, en la aterradora odisea de un hombre perdido sin remedio en un paraje que no conocía, en unos bosques que, de mostrar un aspecto saludable, habían evolucionado hacia monstruosos seres que trataban de alcanzarlo con sus ramas y devorarlo a través de su astillado tronco de perfil desfigurado.

¿Cómo había ocurrido todo? Mientras caminaba empapado bajo la feroz lluvia y se encogía a cada trueno, envuelto en una espantosa soledad que lo aplastaba bajo el peso de las últimas horas de la tarde, Óscar trató de hilvanar los sucesos que, aunque pareciera increíble, no habían transcurrido hacía más de un par de horas. Se detuvo a tomar aire y tranquilizarse cuanto fuera posible debajo de un frondoso árbol; gruesas gotas frías, demasiado frías, le caían sobre la cabeza y hombros con pasmosa regularidad, pero sin duda era mejor que seguir bajo el aguacero. Su mochila era impermeable, o eso le habían dicho en la tienda, pero Óscar estaba seguro de que algo de agua se habría tenido que filtrar. Aunque en el fondo no estaba demasiado preocupado (¿quién podría perderse en una ruta tan multitudinaria como el Camino de Santiago en pleno año Xacobeo?), temía la incomodidad exasperante de una noche al raso y el posterior —e inevitable— gripazo.

Se encontraba en un sendero. Avanzaba solo, aunque había gente a pocos y a muchos pasos: los caminantes habituales, varios grupos, algunos solitarios como él e incluso ciclistas que de vez en cuando rebasaban a los de a pie con una inclinación de cabeza a modo de saludo (y posible burla). Hacía calor, lo cual era normal a mediados de mayo; además Óscar no debió haber desatendido la fecha de caducidad de la leche que había tomado para desayunar. El sudor comenzó a descender en pequeños arroyuelos desde el nacimiento de su cabello hacia sus cejas y comprendió que había sido incauto cuando escuchó el gañido que, tras un estrechamiento repentino del estómago, acompañó al dolor del retortijón.

Oh oh…

Miró hacia los lados y, temeroso y con cierta vergüenza de que alguien advirtiera su incomodidad, disimuló mirando también al cielo. Las nubes se espesaban, aunque no parecían cargadas de lluvia; no todavía. Había dejado atrás el último albergue hacía media hora, y según su Mapa del Peregrino quedaba al menos otra hora hasta llegar al siguiente; pero el intestino, cuando aprieta, no deja lugar a otras consideraciones, y le exigía hacer del bosque mismo su próximo retrete, a menos que quisiera que tan honroso lugar lo ocuparan sus pantalones. Por lo tanto, tras un segundo aviso de sus ya impacientes tripas, hizo un gesto de dolor y sin mirar a nadie tomó camino a su izquierda, abriéndose paso entre unos helechos bajos, y se internó en la espesura sin más.

Que él recordara no había andado más de cincuenta o sesenta metros, lo suficiente para asegurarse de que ningún curioso o bromista hubiera podido seguirlo campo a través; los asuntos de evacuación siempre habían sido para él tributarios de una devoción casi sagrada. Seguramente se había equivocado al calcular la distancia y había caminado mucho más; algo comprensible, tan afectado como estaba por la necesidad de aligerarse. Si no fuera así, ¿cómo podría haberle sucedido lo que le sucedió? Encontró un refugio entre dos árboles, se acuclilló con mirada demente y dejó que la naturaleza siguiera su curso mientras su expresión se convertía de manera casi inmediata en una de profunda paz con Dios.

El oscurecimiento del mundo envolvió a Óscar durante ese proceso. Era extraño, porque no se había dado cuenta hasta que se volvió a abrochar los pantalones. Cuando se levantó se sintió alerta, como si algo imperceptible hubiera cambiado en el bosque, y al no haber desaparecido el sol de manera progresiva, sino de pronto, no le encontró ninguna explicación. No se trataba de una nube sino del cielo entero; todo hacía presagiar que una buena tormenta era inminente. Nunca había visto nada igual, no semejante cambio climático a tal velocidad. Tomó inquieto la dirección que lo devolvería al camino; pero cuando llevaba un rato avanzando se dio cuenta de que el bosque a su alrededor no era el mismo por el que había transitado poco antes. No había ruta: sólo más bosque. Se detuvo confundido y observó a su alrededor, y en ese momento estalló el primer trueno, lejano aún pero igualmente premonitorio. Lo acompañó una súbita ráfaga de viento frío y húmedo y la inquietud lo dominó, porque trajo consigo el inconfundible aroma a tierra y corteza mojadas que conocía de sus veraneos en la sierra. Dio la vuelta con la intención de regresar al punto exacto donde había evacuado y así orientarse desde allí, pero a los cien o doscientos metros pudo comprobar, con algo parecido a la desesperación, que tampoco ahora había tomado el camino correcto. ¿Era posible que se hubiera perdido en sólo una ida y una vuelta en línea recta? No, no lo era, o no debería serlo. La única explicación posible era que el dolor de estómago había trastocado su percepción espacial, pero tampoco se demoró mucho en tratar de dilucidar los motivos de su extravío; lo que debía hacer era encontrar el camino y a ello dedicó su pensamiento, aun sin referencias en cuanto al reconocimiento de algún punto característico que pudiera orientarlo. De todos modos, tampoco recordaba ninguno.

Mientras examinaba su alrededor en busca de ese punto de referencia un nuevo trueno se abrió camino desde el cielo en dirección a sus oídos. Esta vez parecía más cercano y mucho más amenazante. A su mente, novata en montañismo, se le ocurrió una peregrina idea, semejante en cierto modo a la esperanza del que se ahoga en facturas y juega a la lotería todas las semanas: elegir una dirección y echar a caminar, sin más. A algún sitio llegaría tarde o temprano; temprano si la suerte, que se había esfumado desde su pausa para ir al baño, decidía regresar a él. Así que sacudió la cabeza, se maldijo por desoír los consejos de su guía de albergues respecto a no internarse mucho en el bosque, eligió una lejana montaña como punto de destino y echó a caminar. La distancia entre él y aquella lejana mole de roca vestida de verde debía de ser de unos cinco kilómetros, más que suficiente para encontrarse con alguien durante el trayecto o, al menos, hallar un sendero nuevo que pudiera tomar; y si alguna de esas opciones se aparecía antes de que las nubes descargaran su furia sobre él, miel sobre hojuelas. Aunque respecto a eso tampoco albergaba muchas esperanzas.

Anduvo zigzagueando entre árboles y arbustos, retrepando sobre rocas y resbalando en musgo y guano. Comprobaba con vistazos casi constantes hacia la montaña que se desviaba una y otra vez en una y otra dirección, y se corregía asustado, siempre con el vello de la nuca erizado bajo la inminente descarga eléctrica de la tormenta que lo amenazaba. Y llevaría sólo unos diez minutos trastabillando de aquí para allá cuando un grueso goterón solitario le cayó con un chasquido en el centro mismo de su coronilla. Se detuvo, maldijo y desde el cielo comenzó a jarrear.

A partir de ahí, la desorientación absoluta. La montaña lejana desapareció tras la cortina de lluvia y se confundió en su perfil difuso con las demás, con lo que Óscar no estuvo seguro, durante al menos una hora, de que estuviera siguiendo siempre la misma dirección. Cada vez que el cielo restallaba veía cómo el bosque entero cambiaba, y con cada nueva sombra surgía súbitamente un nuevo monstruo que desaparecía tras la décima de segundo que duraba el resplandor. Pero Óscar avanzaba, empecinado en su búsqueda de un camino, y la tormenta no cedía en su furor.

Por fin, rendido más por el cansancio moral que por el físico, se detuvo bajo el árbol donde lo encontramos al principio de esta historia.

Respiró hondamente y se permitió unos minutos para decidir cómo proceder a continuación. La montaña era ya imposible de discernir; al menos Óscar no sabía confirmar cuál de las moles correspondía a la que lo había orientado en un principio. La cercanía a ellas había modificado los picos y laderas y a aquellas alturas cualquiera podría ser la primera, y una parte de él hubiera jurado que en realidad se trataba de montañas completamente diferentes. Aun así no se desesperó. Tenía alimento y bebida suficientes para sobrevivir al menos una semana. ¿Sobrevivir? Óscar se rio de la palabra que había acudido a su mente. ¡Sobrevivir! No era tan desesperada su situación como para tener que planteárselo de aquel modo… ¿o sí?

Desde aquel árbol tenía al alcance de la vista una estrecha porción de bosque. Cualquier abertura entre los árboles serviría como posible ruta. Ninguna le pareció mejor que otra, de modo que, tras calcular que le quedaría aproximadamente hora y media para que anocheciera, se puso de nuevo en marcha y seleccionó una dirección al azar.

Aunque su inquietud no era excesivamente grande, le resultó gratificante el inmenso alivio que lo invadió cuando comprobó que la tormenta comenzaba a remitir. Allá arriba, en las nubes, ya no predominaba una uniformidad negra, sino que en algunos puntos se adivinaba ya el gris que precedía al retorno de la claridad al mundo, y la lluvia fue remitiendo progresivamente hasta que en cierto momento escampó por completo. Óscar se detuvo entre unos helechos y sonrió sin poder evitarlo, y de buena gana se hubiera puesto a cantar; a través del incesante repiqueteo de las gotas al golpear las hojas y el suelo podía escuchar ya los trinos de los primeros pájaros que se asomaban por entre las hojas para comprobar si todo había pasado. No obstante, seguía perdido, y ninguna de las montañas cuyos perfiles ya podía advertir perfectamente se asemejaba ni remotamente a la que había tomado como referencia.

Anduvo otros diez o quince minutos hasta que se le ocurrió de pronto que el entorno podría estar ocupado por bestias salvajes: lobos, osos, cualquier raza de las que aún deambulaban libres por la península; y él caminaba con todo el descuido posible, haciendo más ruido del que debería, de modo que a partir de ese punto procuró ir con más tiento, fijándose siempre en las posibilidades de cada árbol por ser rápidamente trepado en caso de emergencia. Pero para su absoluta sorpresa fue un gato doméstico el primer animal que apareció a su vista.

Surgió de entre unos matorrales de forma súbita, como si hubiera deseado asustarlo a propósito, y miró a Óscar con sus ojos amarillentos y profundos con algo que podría tomarse tanto por amenaza como por amistosa curiosidad; así de inescrutables eran los gatos. Era doméstico sin duda porque de un collar rojo a su cuello colgaba un pequeño cascabel. Eso sí, estaba algo despeluchado y polvoriento, pero su actitud confiada no hizo a Óscar pensar que anduviera perdido. Era blanco con manchas marrones, o marrón con manchas blancas; daba lo mismo, ya que ambos colores se repartían proporcionalmente por el cuerpecillo flaco.

—¡Micho! ¡Eh, micho! —dijo Óscar, y se acuclilló y extendió su mano junto al suelo mientras frotaba sus dedos para atraerlo. El efecto en el gato fue inmediato: maulló hacia él y se le acercó para exigirle unas caricias que por supuesto obtuvo.

¡Meow! ¡Meow!

Se retorcía entre las piernas de Óscar y aceptaba encantado la fuerza con que le pasaba la mano por el lomo. Una y otra vez se giraba sobre sí mismo para facilitar el acceso a la parte en que empezaba la cola con un éxtasis desaforado.

—¿Qué pasa, micho? ¿Estás perdido como yo?

¡Meow!

Después de un par de minutos de bienvenida el gato saltó de pronto de entre sus piernas y se alejó corriendo unos metros; después se giró y miró a Óscar fijamente.

—¿Qué? ¿Quieres que te siga?

Eso parecía, desde luego; y Óscar pensó que posiblemente por allí había una casa o un albergue, lo cual alegró su espíritu más de lo que se atrevería a reconocer.

Dio unos pasos hacia el gato y este reanudó la marcha entre las hierbas, invitando a Óscar a ir detrás de él. De cuando en cuando echaba un vistazo para comprobar que el chico lo seguía.

—¡Micho, no tan rápido!

Anduvo un trecho tras el gato. El bosque se abrió de pronto a una explanada herbosa de unos doscientos metros de ancho en cuyo centro se levantaba una vieja hacienda. Era una construcción de una sola planta de muros blancos y sólidos cubiertos por una gruesa capa de musgo y hiedra que trepaba hasta cubrir parcialmente el tejado inclinado. Por entre el verde se abrían varios ventanucos que, pensó Óscar, no parecían suficientemente amplios como para iluminar adecuadamente todo el interior, y menos en una zona tan frecuentemente lluviosa. Apoyado en el muro había apilado un buen montón de troncos que le hizo pensar que quizá incluso en fechas cálidas las noches eran frías por allí. A pocos pasos de la puerta principal había un cercado donde se levantaba una pequeña caseta, muy posiblemente un gallinero; pero si había ahí aves de corral debían de creer que afuera todavía llovía, porque no se veía animal alguno. Un camino estrecho partía desde allí y se internaba en la floresta por el lado opuesto al que Óscar había llegado.

El gato hizo tintinear el cascabel brincando hacia la casa entre las hierbas. Óscar lo siguió mientras observaba atentamente las ventanas por si veía aparecer allí alguna cara. La sensación que le producía el lugar era de encontrarse en otro mundo, u otro tiempo al menos, por lo que ansiaba esa visión de un rostro humano para confirmarse en su sitio.

¡Meow!

Llegó a la puerta. Era de tablones recios unidos por bandas de hierro pintado de negro. El gato desapareció tras la esquina de la casa y dejó a Óscar para que se presentara él solo.

No había timbre, sólo una vieja aldaba que en tiempos debía de haber sido dorada, a juzgar por minúsculos restos, pero que la lluvia frecuente había tornado en gris gastado. Óscar se pasó las manos por el cabello empapado y lo aplastó hacia atrás, exprimiendo aún unas últimas gotas frías que le corrieron por la espalda, y llamó tres veces.

Bum. Bum. Bum.

De pronto se puso nervioso. Se dio cuenta de que la espera no estaba siendo acompañada por sonido alguno: los pájaros que piaban poco antes habían cesado en sus trinos, del gallinero no llegaba ni el más mínimo cloqueo, y juraría que hasta las gotas que caían desde las ramas del bosque empapado, que podía ver perfectamente desde allí y que parecían conformar una segunda lluvia interior, lo hacían en silencio. Buscó al gato con la mirada pero no había reaparecido.

Transcurrió cerca de un minuto hasta que pudo escuchar un sonido de pasos al otro lado de la puerta. Algo en su mente le indicó que lo mejor que podía hacer en ese momento era dar media vuelta y salir corriendo de allí, que bajo el olor fresco de la tierra y hojas empapadas por la reciente tormenta se escondía un segundo olor, más desagradable y de algún modo insanamente viejo que procedía del interior de la casa. Pero no había concluido su pensamiento cuando los pasos llegaron a la puerta y con un chirrido esta se abrió despacio hacia dentro.

Apareció la cara de una mujer joven, guapa, de cabello muy negro recogido en una coleta y ojos grandes y tristes. Vestía un anacrónico traje negro de doncella cubierto a medias por un delantal que habría sido blanco, pero que ahora acusaba grandes trabajos de cocina y limpieza. La sensación de inquietud se incrementó en él al sentir que, de algún modo, no era bienvenido: la joven lo miró con el ceño fruncido. Pero también le pareció que la chica le advertía con los ojos para que se marchara, que aún estaba a tiempo.

—¿Sí? —preguntó con voz aflautada.

—¡Hola! Esto… Verá, me llamo Óscar y me he perdido en la tormenta. Vengo del bosque, estaba haciendo el Camino y me desvié, y no entiendo cómo he venido aquí; no he sabido recuperar mi ruta. ¿Podría indicarme cómo llego al Camino de nuevo desde aquí? ¿O dónde hay una posada, al menos?

La joven intensificó su mirada triste.

—No podrás recuperar el camino antes de que caiga la noche, ni hay posadas en muchos kilómetros. —Su acento era muy marcado.— Mira el cielo; despejó un poco, pero pronto lloverá de nuevo.

Óscar obedeció; a su juicio las nubes estaban abriéndose definitivamente, pero sin duda ella sabría leer mejor que él los signos del cielo, así que simplemente asintió.

La joven pareció hacer un esfuerzo de pronto, como si tratara de mantener la boca bien cerrada para no decir lo que vendría a continuación; pero después de apenas un segundo de lucha se rindió, y dijo mientras sus hombros caían levemente:

—Será mejor que te quedes aquí, al menos esta noche. Tenemos una habitación vacía y la Señora estará encantada de acoger a un peregrino extraviado. Ella no se encuentra aquí, ha ido a atender unos asuntos y estará toda la noche fuera, pero mañana por la mañana podrá indicarte la mejor ruta para que regreses.

—¡Ah!, ¿de veras? Se lo agradezco. No querría abusar, pero en estas circunstancias, bueno… No tengo más remedio, ¡gracias otra vez!

La chica se giró y entró en la casa sin más cortesía.

La siguió al interior. Era una típica casa de campo con todos sus detalles, en la que lo primero que se encontraba uno era el recibidor— cocina— salón, todo en uno, limpio y ordenado, con una enorme chimenea sobre cuyo fuego colgaba una perola sujeta a un gancho. A ella se dirigió la chica: asomó la cabeza, asintió y removió el contenido con un cucharón de madera. Después se giró hacia Óscar.

—Te acompaño a la habitación de huéspedes. Puedes dejar allí la mochila. Supongo que por tu aspecto, si has estado horas bajo la tormenta, te vendrá bien un baño. Sígueme.

Óscar juraría que el planteamiento de todo aquello no era demasiado original: lo había visto en bastantes películas durante su adolescencia. Irían a la habitación, ella le haría depositar la mochila en el suelo junto a la cama, después le quitaría la ropa, le fregaría el cuerpo con sus manos, lo tumbaría en la cama y…

Pero Óscar no era fontanero ni nada de eso. Sacudió la cabeza mientras seguía a la chica: su trasero se marcaba claramente bajo el vestido, y era un señor trasero por cierto. Pero ¿estaban en el mundo real, o en otro?

Atravesaron el salón y llegaron a un pasillo poco iluminado, a lo largo del cual había cinco puertas: dos a cada lado y una al fondo. Todas eran iguales, de madera desgastada casi negra. La joven abrió la primera de la izquierda y entró. Óscar la siguió y vio a través de la penumbra que se trataba de una típica habitación para invitados, con el mobiliario justo: una cama, un pequeño armario y un mueble con un lavabo y un espejo. Ella abrió los cristales de la ventana y empujó las persianas de madera hacia fuera, y la luz irrumpió de pronto en la estancia. Luego cerró de nuevo las hojas de cristal.

Sobre el mueble había un candelabro de cinco brazos cargado con sendas velas, blancas y nuevas.

—No tenemos agua corriente ni electricidad; supongo que eso no será un inconveniente, ¿no?

—No, claro —dijo Óscar, y aprovechó para concretar el asunto de su acomodo—. Tengo dinero para pagar, ¿me cobráis por resguardarme esta noche? Quiero decir, agradezco la bienvenida y eso, pero cuento con gastos para el alojamiento. ¿Cuánto me…?

—No, la hospitalidad de la Señora no se paga —cortó ella—. No eres ni mucho menos el primer peregrino que se extravía en el bosque, y por aquí tenemos por deber ofrecer alojamiento y cena a quien llame a nuestra puerta. La Señora se considera pagada con un rato de charla por las mañanas que la ponga al día de los acontecimientos que suceden en el mundo.

Mientras Óscar sacaba las correas de su mochila de su espalda, ella depositó una caja de cerillas junto al candelabro.

—Dentro de un par de horas anochecerá. Hay velas por toda la casa, pero te dejo estas cerillas aquí por si necesitas levantarte mientras esté oscuro. Ven, este es el baño.

Al cuarto de baño se accedía desde una puerta interior o desde el pasillo. La joven realizó la misma apertura de persianas y dejó a la vista la estancia, que sólo contenía una antiquísima bañera y un mueble bajo del que cogió dos grandes cubas.

—Si necesitas descargar aguas mayores, aquí dentro está la palangana. Justo debajo de esta ventana puedes arrojarlo, verás que hay un depósito. Para las aguas menores, bueno, ¿el bosque te parece mal?

Óscar sonrió.

—Ya he descargado más aguas mayores de las que me cabían en el estómago —dijo recordando su apretón—. Pero sí, luego saldré a evacuar, no me importa en absoluto.

A Óscar le fascinó la naturalidad con que podían hablar de estos temas, comúnmente considerados tabú en nombre de la mojigatería por la cultura universal.

—Bien. Pondré agua a hervir para el baño. Tardará unos veinte minutos; mientras quédate si quieres a descansar en tu habitación.

Y salió por la puerta que daba al pasillo. Óscar echó un último vistazo al baño, leve e infantilmente decepcionado por la falta de sexo (aunque aún albergaba esperanzas en cierta parte idiotizada de su mente), y regresó a la habitación. Se sentó en la cama para probar el colchón y advirtió que era blando, como si estuviera relleno de paja compacta o algo así, y no de muelles, aunque el somier le daba cierta dureza y, casi seguro, gran comodidad. La colcha que cubría la cama era, como todo en aquella casa, antigua y pasada de moda, de diseño enrevesado, casi barroco, tejido quizá por la Señora misma, pero el motivo era imposible de discernir. Se tumbó y apoyó la cabeza en la almohada, y le invadió de pronto una modorra pesada que se extendió por todo su cuerpo como el agua fría en una ducha un día de calor. Cerró los ojos por un momento.

Meow.

Nada. Calla, gato.

¡Meow!, más insistente.

Hmpfff…

¡MEOW!

¡Está bien, está bien!

Óscar abrió los ojos y se encontró con el gato, que lo miraba atentamente desde el exterior de la ventana. Se dio cuenta entonces que se había llegado a dormitar, aunque no por más de quince minutos. El gato, sentado e inmóvil como una pequeña escultura blanca y marrón, tenía los ojos clavados en él. Ni un bigote se le movía. Parecía exigirle que le abriera la ventana para que pudiera entrar. Óscar se sentó, se frotó los ojos y se levantó pesadamente. Aquella repentina ensoñación no era habitual en él; supuso que la caminata bajo la tormenta lo había cansado más de lo que creía.

—¿Quieres entrar, gato?

Ni un solo movimiento por parte del animal. Óscar echó las manos a la ventana y justo en ese momento el gato se dio velozmente la vuelta, saltó del poyete y corrió por la hierba hasta perderse entre los árboles.

—¿Te ha entrado un apretón a ti también? —murmuró Óscar y se rio. Iba a tumbarse de nuevo cuando la joven llamó desde el cuarto de baño.

—¡El agua ya está!

Óscar se dirigió a la estancia a través de su propia puerta y vio que ella estaba rellenando la bañera de agua humeante con las cubas que se había llevado. En uno de los depósitos del borde había puesto una tosca pastilla de jabón amarillento.

—¿Te ayudo? —preguntó. Veía una generosa porción de pierna gracias a la inclinación con que la chica efectuaba la operación.

—No hace falta. Pero espera, no te metas aún o te escaldarás. Ahora mismo te traigo agua fría.

Se incorporó y fue a abandonar el cuarto. Óscar le cogió del brazo y ella pegó un respingo. Inmediatamente la soltó.

—Perdona… Sólo quería saber cómo te llamas. Y cómo se llama la Señora, ya que estamos.

Ella lo miró con suspicacia. ¿O no era suspicacia? ¿Era frialdad?

—Me llamo Ivana —dijo rápidamente—, y la Señora se presentará ella misma mañana por la mañana.

Reanudaba su camino cuando Óscar la interrumpió de nuevo:

—¿Y el gato? ¿Cómo se llama el gato?

Por unos segundos Ivana calló. Se quedó quieta, simplemente, y a Óscar le resultó bastante intrigante, pues sin duda lo había oído perfectamente. Finalmente ella habló:

—¿Qué gato? No tenemos gato. Voy por el agua.

—¿Cómo que n…? —Óscar no finalizó su pregunta porque Ivana ya había abandonado el cuarto de baño.

Parecía evidente que la chica no deseaba hablar del animal, así que cuando regresó un par de minutos después no la interrogó al respecto. Traía una de las cubas a rebosar de agua recién sacada del pozo y derramó una parte dentro de la bañera. Luego la dejó en el suelo. También colgó de un gancho una gruesa toalla azul que había traído enrollada en su brazo.

—Ya estará bien; si te parece aún muy caliente echa un poco más. Estaré en la cocina atendiendo el puchero.

Salió deprisa y Óscar le dio las gracias al lazo con que ataba su delantal, a la espalda, mientras la puerta se cerraba. Después se desnudó y dejó sus ropas sobre los baldosines gastados del suelo, y anticipándose al placer del baño introdujo el pie en el agua y se lo achicharró. Ahogó una exclamación y lo sacó precipitadamente; lo frotó un rato y luego añadió agua fría a la bañera mientras farfullaba tacos y pensaba que, si lo que querían era cocinarlo, casi lo habían conseguido. Por último, tras haber gastado casi tres cuartos de agua de la cuba, decidió que la temperatura en la bañera era soportable y se metió dentro.

El placer fue inmediato. El cuerpo cansado se relajó por completo y absorbió con ansia el agua caliente por cada poro de la piel. Óscar apretó los párpados y se dejó llevar.

De nuevo abrió los ojos casi como si hubiera despertado de un sueño inducido y antinatural. Su cuerpo poco a poco se había ido deslizando hacia abajo mientras dormitaba, y cuando recuperó la consciencia, aunque no había llegado a soñar, el agua le llegaba a la nariz. Se incorporó de pronto; el agua salpicó fuera con el movimiento.

—Joder —murmuró. Si hubiera tomado algo habría pensado que la joven le había echado alguna droga; pero quizá, pensó de nuevo, sencillamente estaba más cansado de lo que él mismo creía. Pero ya no le apetecía continuar el baño: se le ocurrió que podría haber muerto ahogado, como un desvalido anciano cuando a su cuidadora la llaman inesperadamente por teléfono y se demora charlando más de lo que debería. El agua, además, se había enfriado sensiblemente, de modo que se enjabonó rápidamente el cuerpo y el cabello, se aclaró y salió de la bañera. Mientras se secaba miró de pronto hacia la ventana y el corazón le dio un vuelco: a través de un círculo de cristal que no había llegado a empañarse con el vapor, desde el exterior, el gato lo miraba fijamente.

En esta ocasión, más que de curiosidad, a Óscar lo invadió una sensación de inquietud. Empezaba a molestarle que el gato, ese supuestamente desconocido gato, estuviera tan pendiente de él. Se acercó a la ventana y pegó su nariz al cristal. En respuesta a este gesto, el gato acercó la suya, y durante un par de segundos se mantuvieron así, observándose, quizá midiéndose. Por fin Óscar, algo intranquilo, se separó y le dijo al gato:

—Déjame en paz.

Segundos después Ivana tocó a la puerta.

—¿Dijiste algo? ¿Necesitas alguna cosa? —se oyó su voz desde el otro lado.

—¡No, no! —gritó Óscar hacia la puerta; casi deseó que ella abriera, como al descuido, y pudiera apreciar la desnudez de la que tan orgulloso estaba tras un año acudiendo regularmente al gimnasio; pero la parte sensata de su mente le hizo continuar—: Salgo en dos minutos.

Miró de nuevo a la ventana y el gato ya se había escabullido.

La visión que obtuvo de Ivana cuando accedió al salón, ya seco y vestido con una muda limpia, pudo haberle arrebatado el corazón si se hubiera dejado. Allí estaba ella, de espaldas, removiendo su puchero con un cucharón mientras tarareaba alguna melodía que a él se le antojó muy antigua. Era una figura que destilaba por sí misma una sensación de calor hogareño, de amor, de hijos y nietos, y de un largo y tranquilo camino hacia la vejez y el Más Allá. La última novia formal que Óscar había tenido, hacía ya casi tres años, era en todo opuesta a aquella muchacha, tanto física como (por lo que podía adivinar a aquellas alturas) mentalmente. Adela había sido una cabeza loca, una desarraigada y una juerguista infiel. Por un segundo Óscar se imaginó que aquel momento era sólo uno más de un día a día con Ivana, y su voluntad se cubrió con un anhelo sereno de vivir con ella de ese modo. Ivana, la muchacha de ojos tristes, misteriosa y tranquila. Su Ivana.

El desvarío se esfumó porque ella se dio la vuelta y lo miró, y sus ojos, aunque sí tristes, no eran en absoluto tranquilos. Por la ventana se colaba la escasa luz del atardecer y la noche era ya inminente. De algún modo Óscar comprendió que este hecho la inducía a una progresiva tensión que iría acrecentándose a medida que la oscuridad se apoderara del bosque.

—Ah, ¿terminaste ya? La cena estará lista en unos diez minutos.

Óscar sonrió para ella.

—Muchas gracias. Creo que iré ahora al bosque a hacer un poco de esas aguas menores. No he sabido cómo vaciar la bañera, no me he atrevido a quitar el tapón por si…

—No te preocupes, ahora iré; ya sólo queda remover el guiso de vez en cuando. ¡Ve al bosque si quieres! Pero no te demores allí; no a la caída de la noche.

—¿Y eso?

—Quedan… osos pardos y lobos libres aún por estas regiones.

—¿En serio? —preguntó Óscar con inquietud, y ella sonrió por primera vez desde que él había llegado a la casa; y aunque seguía siendo triste, de algún modo mostrar los dientes le dio una nueva luz a su rostro, una luz hermosa.

—¡No! —respondió ella, y acto seguido dejó de sonreír—. Pero no te demores.

—Ah, de acuerdo —murmuró Óscar no muy convencido—. Al menos algún gato seguro que me encontraré.

Salió de la casa mientras Ivana, que había ignorado el comentario, se dirigía al cuarto de baño. Las nubes cubrían de nuevo el cielo y quizá por eso el atardecer parecía más avanzado de lo que estaba en realidad; bien pronto tendrían que encender las velas para iluminarse dentro de la casa. A lo lejos se produjo un resplandor fugaz. Más tormentas no, por favor, suplicó Óscar en voz baja, pero el cielo no parecía dispuesto a concederle ese deseo. Anduvo por entre la hierba hacia la linde del bosque, donde los primeros árboles protegían con su ancestral magia el acceso al mismo, y cuando hubo penetrado media docena de metros se arrimó a un viejo y musgoso tronco y orinó con ganas. En realidad le había costado un esfuerzo no hacerlo en la bañera. Terminó, y cuando iba a darse media vuelta escuchó a su espalda:

Meow.

Por un segundo se sintió amenazado, de algún modo acorralado, pero esa absurda sensación se esfumó enseguida. Se giró y se acuclilló frente al gato, que paseaba a su alrededor con la cola erguida.

—Pero vamos a ver, Micho, ¿de dónde sales tú? ¿Qué le has hecho a Ivana que no quiere saber nada de ti?

¡Meow!

Demandaba caricias cada vez más fuertes. Óscar no sentía un especial amor por los gatos, nunca hubiera tenido uno en su casa, pero le hacía cierta gracia saber que un animal tan independiente podía cohabitar pacíficamente con los humanos. Había oído historias de gatos salvajes que convertían las piernas de un cartero en ralladura de zanahoria, y sabía que se trataba de un animal que a las malas era un enemigo formidable, no importaba su tamaño, pero él no había tenido malos encuentros y por lo tanto siempre respondía a sus solicitudes de mimos y carantoñas con buena disposición.

Un trueno lejano fue en ese momento traído por la brisa, y el gato levantó las orejas. Óscar, que en ese momento le pasaba la mano por la tripa, advirtió de pronto que el gato era gata en realidad.

—Pero micho, ¡eres una micha!

¡Meow!, exclamó la gata, y de pronto se irguió y, como si le hubiera dado un ataque repentino, salió disparada y desapareció por entre la maleza en dirección al interior del bosque. El cascabel repiqueteó en la distancia hasta que se apagó.

Óscar regresó a la casa. Un nuevo trueno advirtió del acercamiento de la tormenta mientras él abría la puerta y accedía al interior. Ivana no estaba allí, aunque podía oírla afanándose en el cuarto de baño, así que se acercó al puchero, tomó el cucharón y removió el contenido que borboteaba débilmente. Aspiró y aprobó el olor que le subió a la nariz.

Un minuto más tarde Ivana reapareció por el pasillo llevando la toalla y una de las cubas llena de agua a la mitad.

—¿Te aliviaste? —preguntó, y a Óscar le hizo gracia la forma de expresarlo.

—Me alivié, sí. Y he vuelto a encontrarme con el gato. Es una gata.

—Ah —dijo simplemente Ivana. Puso la toalla en un cesto, sacó la cuba fuera y regresó ante el caldero—. Esto ya está listo. Pondré la mesa.

Giró el hierro de que colgaba la olla hacia un lado y lo alejó de las llamas para que fuera enfriándose.

La cena fue exquisita y abundante y el estómago de Óscar lo agradeció, vacío desde aquella tarde y al parecer ya recuperado completamente de su apretón. Ivana era sin duda una gran cocinera a pesar de su juventud, y Óscar, durante la sobremesa y ante un vasito de licor café, quiso saber más cosas de la muchacha. El porqué de esa curiosidad era evidente: le gustaba. De algún modo esos ojos tristes despertaban en él una necesidad de procurarle alivio y protección. Nunca le había sucedido algo semejante con una chica.

—¿Tu familia es de por aquí? —preguntó. Ivana tomaba su licor a pequeños sorbos y sin levantar apenas la mirada. Afuera era casi noche cerrada ya y en el interior de la casa la iluminación, tenue y titilante, provenía sólo de dos candelabros y una lámpara de aceite.

—No.

—¿Cómo llegaste a trabajar aquí? ¿La Señora es de tu familia?

—¡No! Ella… me contrató.

—¿Pero y eso? ¿Qué estudios tienes?

El plan de sobremesa de Óscar se estaba yendo al garete, porque Ivana, era obvio, no deseaba conversar. Dio su última respuesta a las indagaciones del chico:

—No estudié nunca. Vivía con mi madre y mis tres hermanos.

Se levantó entonces y recogió la mesa ante la mirada decepcionada de Óscar. Dejó los platos en la pila.

—Puedes terminarte tu licor café; yo me iré enseguida a la cama. Te dejo la lámpara para cuando marches a dormir. ¡Buenas noches! ¡Suerte!

Aquello sí que le resultó extraño. ¿Suerte? Sería una fórmula regional de despedida.

—Igualmente. Gracias, Ivana.

Ella no respondió. Bajó aún más la mirada y se retiró rápidamente por el pasillo.

Óscar estuvo sentado solo alrededor de media hora. Dos veces llenó su vaso de licor mientras observaba en silencio el exterior. Al no haber luna, y por el reflejo de la lámpara en el cristal, la visibilidad no llegaba siquiera a la linde del bosque desde allí, pero sí podía escuchar con absoluta claridad cómo el viento, que iba en aumento, sacudía sus ramas y los aleros de la casa en un principio de furia. La luz de la lámpara de aceite, amarilla y apagada, hizo que se sintiese fuera de lugar, como si fuera un visitante de otra época más que de otra provincia. Recorrió con la imaginación los rasgos de Ivana y se dio cuenta de que sus ensoñaciones sexuales con ella respondían no a un ataque post adolescente surgido de alguna parte dormida de su mente, sino del comienzo de lo que, bien regado, quizá podría llegar a convertirse en amor. Pero ella no parecía sentir lo mismo, o al menos lo disimulaba muy bien.

Tranquilo, se dijo, no te emociones. No tienes dieciséis años y ella tampoco.

Decidió que antes de retirarse a su habitación debería ir al bosque a echar una última meada. Siempre podía utilizar el orinal, desde luego, y echarlo después por la ventana, pero pensó que un poco de brisa no le vendría mal para coger sueño. De modo que apuró el vasito, se levantó, se estiró y abrió la puerta.

En cuanto vio el exterior de la casa y el bosque que se sacudía bajo la tormenta inminente pensó en la gata. Sin duda andaba por allí fuera, y se sorprendió al sentir cierta lástima por ella. Si antes de dormirse recibía su visita en la ventana la dejaría entrar, aunque a Ivana no pareciera gustarle aquello. Un resplandor súbito en el cielo iluminó todo lo que había a la vista y a continuación restalló un poderoso trueno, el primero que se dejaba oír justo encima de sus cabezas y no en la lejanía. La tormenta había llegado. Trotó al bosque con los cabellos sacudidos rabiosamente por el vendaval y orinó precipitadamente. La temperatura había bajado considerablemente; la noche era más de noviembre que de mayo. Echó un último vistazo por si veía a la gata, volvió a la casa ya corriendo y justo en el momento en que entraba por la puerta, que había dejado entornada, las primeras gotas cayeron sobre él y a su alrededor.

Plac…

Plac… Plac. Placplacplacplacplac.

Lo siento, micha, pensó y cerró la puerta. Cogió la lámpara y se dirigió a la habitación por el oscuro pasillo. Se detuvo un segundo ante su puerta y carraspeó, como último intento de llamar a Ivana a su ensoñación con la esperanza de que la puerta de ella se abriera y lo invitara a su dormitorio; luego sacudió la cabeza, se sintió un poco idiota y entró.

Fue directamente a la cama. Pensó en rebuscar en su mochila para encontrar el pijama corto que utilizaba habitualmente pero le dio pereza: dormiría en calzoncillos. Tiró de las sábanas y acercó la lámpara en busca de alguna araña. Todo despejado. Dejó la lámpara en el suelo, se desvistió dejándose puestos únicamente los calzoncillos y se metió en la cama, que estaba fresca. Después se inclinó por un lado y giró la rosca del candil, con lo que la oscuridad se adueñó del cuarto.

Llegó el sueño a él de manera inmediata e ineludible.

¡Meow!

¿”Mío”, ha dicho?, pensó Óscar entre sueños. Según su actual vivencia, la gata había penetrado en el aula donde Óscar se aterrorizaba al descubrir que aún le quedaban tres asignaturas para terminar el bachillerato; matemáticas entre ellas por añadidura. La gata se subió a la mesa del profesor, se lamió brevemente una zarpa y repitió:

¡Meow!

Óscar abrió los ojos a la penumbra en parte aliviado: no estaba aún en el instituto; estaba en una casa, en medio de un bosque, donde había llegado tras perderse durante el Camino de Santiago. Su madre se iba a reír lo suyo cuando se lo contara.

¡Meow!

Cada vez más alto. Demandando, exigiendo que la atención de Óscar se dirigiera a la ventana. Afuera la tormenta lo dominaba todo. Con la lentitud que caracteriza al que es arrancado del sueño giró la cabeza hacia la ventana. Si veía que la gata estaba empapada la dejaría entrar. No le molestaba que el animal durmiera entre las sábanas a sus pies, calentita. Enfocó la vista hacia el bulto que aguardaba tras el cristal y, sin más, el corazón de Óscar se detuvo.

Lo que aguardaba fuera no era ya un gato, no del todo. Durante una décima de segundo Óscar tuvo la certeza de que aún no se había despertado, porque aquello sencillamente no podía ser. Dos enormes ojos amarillos, ávidos e impacientes, que ocupaban casi la totalidad de la cabeza de la gata, estaban clavados en él.

¡Meow!

Y realmente pareció que dijo “Mío”. Una evidente expresión de alegría malsana se reflejó en la gata cuando percibió que Óscar se había despertado y que la miraba. Levantó entonces una de sus patitas y él pudo percibir que la almohadillada garra se había convertido en una manita, casi humana pero muy pequeña, de largas y amarillentas uñas; dio un zarpazo al cristal.

A pesar del miedo de pesadilla que se había apoderado de él, Óscar sintió que aún estaba amodorrado; quizá demasiado amodorrado. Abrió la boca y trató de proferir un grito para que viniera Ivana a poner un poco de cordura en aquella extravagante situación, pero no pudo emitir más que un aireado graznido. La gata pareció soltar una carcajada. Cambió su postura: pasó de estar sentada a incorporarse sobre sus cuartos traseros, estirando las dos patas finalizadas en sus correspondientes manitas y apoyando las palmas en el cristal, y para horror de Óscar el pestillo que cerraba la ventana comenzó a descorrerse solo desde dentro.

¡No!, pensó, pero no lo gritó. Los ojos de la gata, que ya casi parecían cubrir toda la cabeza y parte de las patas, seguían taladrándole el cerebro. Entonces la ventana se abrió de golpe, y con la ráfaga de viento y lluvia entró el animal en la habitación, como un horror que trajera en sus alas la tormenta, y se dejó caer a los pies de la cama y se perdió momentáneamente de vista. La modorra de Óscar se evaporó inmediatamente, tomó aire y gritó, esta vez sí, el nombre de Ivana; pero se le cortó a la mitad, porque la gata apareció de nuevo: saltó al colchón y con movimientos furtivos, veloces y seguros, se retrepó sobre el pecho de Óscar y allí se detuvo, a un palmo escaso de su cara.

Si poco antes la gata le había parecido una aberración, ahora ya no cabía duda de que estaba adquiriendo rasgos humanos, viejos y amenazantes. Había crecido en tamaño, y con el peso de un animal mediano aplastaba los pulmones de Óscar arrancándole todo el aire. La gata, o lo que fuera aquello, entreabrió el hocico, una extraña mezcla de morro y labios delgados y pálidos, y dejó ver en la penumbra una hilera de dientes afilados e irregulares, demasiado grandes y monstruosos tanto para un gato como para un humano.

¡Mío!, susurró la criatura con delectación, y ya no cupo duda de que, aunque la entonación era de gato, la palabra se había formado en su boca con intención humana. Un hilo de saliva cayó sobre el pecho de Óscar, quien comprendió que en breves instantes iba a perder la nariz o medio rostro de un mordisco. Trató de levantarse y arrojar al gato lejos, pero la modorra antinatural seguía manteniéndolo inmóvil.

Las orejas de la gata se encogieron y se escondieron entre una melena creciente que se encrespaba alrededor de la cabeza. El peso aumentó. Los rasgos se fueron definiendo de manera casi imperceptible hasta que tuvo delante una cara más o menos humana, aún pequeña pero que mantenía tanto los ojos como los colmillos en aquella delirante desproporción. Los pelos y bigotes del rostro se convirtieron en un suave vello, y luego desaparecieron tras una piel arrugada, casi polvorienta. El peso volvió a aumentar. Las manitas que se apoyaban en su pecho crecieron y se desplazaron a los hombros.

En un proceso de un par de minutos como máximo, Óscar pasó de tener encima a un gato amorfo a soportar el peso de una señora de avanzada edad, amorfa también, desnuda a excepción de un elástico collar con un cascabel y amenazante como una bestia antigua que cazara en África bajo la luz de la luna cuando el hombre aún no había aparecido.

—Mío —murmuró con claridad ansiosa una voz ya perfectamente humana.

La cabeza se retiró momentáneamente hacia atrás, se mantuvo así un instante y luego descendió hacia el cuello de Óscar con la precisión de una cobra.

El dolor fue inmediato, pero se ahogó bajo la sensación poderosa del terror absoluto. La boca estaba fría; los labios que habían desgarrado la carne de la clavícula se movían como gusanos para impedir que la sangre que comenzaba a manar se perdiera cuello abajo hacia las sábanas.

Es un vampiro, pensó Óscar; el colofón perfecto para su viaje por el Camino de Santiago. Casi soltó una carcajada, pero el agobiante peso y la fuerza con que la señora se aferraba a él le impidieron cualquier sonido que no fuera el del aire que se agitaba, entrando y saliendo velozmente de sus pulmones.

Mientras sorbía la sangre, las manos de la vampira aferraban los hombros de Óscar con una enorme presión y le clavaba sus uñas dolorosamente. El viento entraba a rachas frías por la ventana. No supo calcular cuánto tiempo estuvo la vieja bebiendo de él; se limitó a dejar pasar el rato mirando al techo, horrorizado, tratando de enfocar la situación sin conseguirlo. La modorra se convirtió en mareo. ¿Cuántos litros por minuto podía extraer un vampiro? Estaba seguro de que no había estudiado nada semejante en el colegio. ¿Cuánto tardaría en perder el conocimiento, agotadas sus fuerzas por la ausencia del líquido vital que, hasta ese día y a excepción de un par de donaciones, había corrido siempre por sus venas? El horror de contemplar la melena que se meneaba sobre su cuello al son de sus absorbidas era demasiado grande, por lo que al cabo de unos minutos sólo deseó que ella lo vaciara y que terminara todo de una vez.

En un momento dado la vieja, saciada, se incorporó quedando sentada sobre él, como una amante ardorosa, y colocó su terrorífico rostro de nuevo a escasos centímetros del de Óscar, cubriendo con él su visión del techo. El corazón le galopó de nuevo. No era una muerte rápida, desde luego. Los labios de la señora, antes pálidos, mostraban ahora un color carmesí brillante, pero los colmillos estaban limpios. Sus pechos eran dos colgajos.

La señora sonrió para enseñar la dentadura en toda su espantosa plenitud.

—Todo para mí… —dijo.

—Ivana… —trató de exclamar Óscar. Al no conseguirlo, suplicó:— Por favor.

La vieja liberó una de sus garras y la acercó al rostro de Óscar. Estiró el índice, cuya uña retorcida parecía la de un felino mutante, y la clavó en la mejilla del chico. Notó cómo se abría paso por la carne hasta casi atravesarla para llegar al interior de la boca; pero tampoco ahora pudo gritar, ni de miedo ni de dolor; sólo soltó un jadeo. La vieja retiró la uña y besó la gruesa gota de sangre que había florecido en ese punto, bajo el pómulo. Luego se relamió, sonrió aún más y bajó la cabeza de nuevo al cuello de Óscar.

Un minuto, una hora, toda la eternidad. El vacío sólo lo ocupaba el sonido de succión que producían los labios de la señora y una vieja tela de araña que, abandonada en el techo, bailaba con el viento. Y Óscar no se moría; ninguna luz aparecía de pronto al final de ningún túnel.

La señora empezó de pronto a acompañar sus meneos de cabeza con los de sus caderas. El sexo desnudo de ella, que Óscar adivinaba arrugado y colgante, ejerció una presión frotante contra los calzoncillos del chico. Entonces Óscar regresó de golpe de dondequiera que se hubiese extraviado mientras la señora se lo bebía.

Dios santo, eso sí que no.

Entonces sucedió algo nuevo. Una ráfaga de aire, acompañada de un sonido fuerte, penetró en la habitación por el lado opuesto y luchó contra la tormenta de fuera. De manera inmediata la señora se incorporó, dejando un reguero fino de sangre a lo largo del pecho de Óscar, desde el cuello hasta el ombligo. A través de su modorra el chico escuchó la voz de la señora, lejana pero claramente furiosa.

—¡Ivana! No te atrevas…

—¡Señora, lo siento! —escuchó que gritaba la chica, y a continuación se oyó el sonido de mil cuentas que chocaban y tintineaban contra el suelo, como si se hubiera derramado un saco de canicas o algo así. La señora profirió un alarido de rabia e inmediatamente el peso de su cuerpo desapareció.

Óscar giró la cabeza con esfuerzo y vio a Ivana que se precipitaba sobre él, y a los pies de la cama la figura agazapada de la señora que se movía frenéticamente. Ivana llegó a él, lo agarró del brazo y lo levantó.

—¡Corre! ¡Corre, Óscar!

Haciendo un esfuerzo enorme el chico se incorporó. El mareo fue inmediato.

—Ivana… ¿Qué…?

—¡Vamos! Ay Dios… ¡Lo siento de veras, Señora! ¡No puedo!

La figura agachada se dejó oír en tono de amenaza, aunque no levantó la mirada ni cesó en sus rápidos movimientos.

—Sí, lo vas a sentir. ¡Lo vas a sentir!

—¡Óscar, vamos!

Tiró de él hacia la puerta. Del cuello de Óscar manaba un leve reguero de sangre que seguramente remitiría en breve; de momento caían al suelo minúsculas gotas dispersas. Llegaron al pasillo y echó un último vistazo a la habitación mientras Ivana cerraba de un golpe: la vampira estaba agazapada sobre un montón de minúsculas bolitas que podrían ser lentejas. Corrieron hacia el salón. Ivana se derrumbó sobre la silla que había utilizado durante la cena; Óscar se tambaleó y ocupó la suya. Luego Ivana cerró los ojos, se llevó las manos al rostro y soltó un gemido desesperado.

—Ay, Dios mío, Dios mío… —susurraba entre los dedos desde su boca jadeante. Óscar trató de hablar, respiró hondamente. El mareo se le estaba pasando: quizá la vampira no le había extraído tanta sangre como pensaba.

—¿Qué coño era eso? Era un vampiro, ¿no? La Señora es un vampiro; bueno, un gato. Ambas cosas, ¿no? —Su voz tenía un tono moderado, aunque se dejaba oír un tinte histérico creciente. Ivana lo miró: sus ojos estaban húmedos.

—Nunca había traicionado a la Señora. Me va a matar. ¡Me va a matar!

El puño de Óscar cayó sobre la mesa.

—Era un vampiro, ¿no? —repitió. Ivana dio un respingo y trató visiblemente de sosegarse. Tras medio minuto de hondas aspiraciones habló con voz temblorosa.

—Te lo explicaré —dijo—. Pero antes debo hacer una cosa, nos dará algo de tiempo.

Se levantó y abrió la alacena. Sacó una bolsa blanca llena de lo que parecía sal. Corrió al pasillo y derramó una línea fina sobre el suelo ante la puerta de la habitación. Repitió la operación en todas las puertas. Después recorrió frenéticamente el salón realizando la misma operación en todas las ventanas y ante la entrada. Cuando terminó la bolsa estaba casi vacía. Por último se sentó de nuevo frente a Óscar. Su mirada seguía empapada en lágrimas.

—Es una Wundarga. Será mejor que te desinfecte esa herida.

Cinco minutos después una gasa empapada en alcohol cubría la herida del cuello de Óscar. Ivana había realizado la limpieza con cuidado a pesar del temblor de sus manos. De la habitación donde quedó la vieja no había surgido más ruido que el del viento en las ventanas y la lluvia sacudiendo los cristales. Óscar se preguntaba si estaría contagiado de… algo.

—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó, y añadió:— ¿Hasta que suceda qué cosa?

—No lo sé. Cuando termine de contar saldrá por la ventana. Y cuando vea que no puede entrar en la casa irá en busca de ayuda.

—¿Más vampiros? —preguntó Óscar desolado.

—Wundargas. Sí. Hay muchas por aquí. Y otras cosas. Pedirá que echen la puerta abajo. Después moriremos los dos. No aguantaremos hasta el amanecer.

Lo dijo con calma; sin embargo el temblor de sus labios delató su miedo.

—No comprendo. No entiendo nada. ¿Tú eres humana? ¿Y trabajas para ella? ¿Qué es lo que haces, le dispensas peregrinos para la cena? —A medida que iba haciendo preguntas, el tono de voz de Óscar aumentaba, hasta que casi terminó gritando las últimas palabras.

—¡Sí! —gritó Ivana a su vez—. ¡Sí, lo hacía! Pero ya no más. ¡Ya no más! ¿Entiendes? ¡Tenía que hacerlo! No se puede salir de aquí a menos que encontremos el portal por el que tú viniste… Y la Señora vigila.

—¿Portal? ¿De qué estás hablando? ¡No vine por ningún portal!

—Sí, lo hiciste —murmuró Ivana—. Abandonaste el camino en el lugar menos indicado. Las ruinas de este lado. Si no hubiese sido por la tormenta probablemente te hubieras dado cuenta y te habrías dado media vuelta. Pero siempre sucede así. Siempre.

—Dios mío —farfulló Óscar agotado—. ¿Tenemos tiempo para que me lo expliques? ¿Puedo tomar algo del licor café ese?

Sin aguardar respuesta se levantó, se dirigió a la botella, la tomó, recuperó su vaso de la pila y regresó a su asiento.

—¿Tenemos tiempo? —repitió. Llenó su vaso con pulso vibrante.

—Sí. Es lo único que tenemos —dijo Ivana sonriendo amargamente.

La muchacha de mirada triste comenzó a hablar. Lo hacía lentamente, aunque tras su tono subyacía un miedo indudable que con frecuencia la obligaba a mirar hacia el pasillo e inclinar la cabeza. Buscaba algún sonido que delatara que la Señora se había puesto en marcha de nuevo. Óscar escuchó las noticias de Ivana con una mezcla de incredulidad y pánico. El licor café había sido una buena opción para recuperar algo de fuerza tras su debilitamiento sanguíneo, pero ahora comenzaba a sentir un prometedor dolor de cabeza.

—Una Wundarga es más que un vampiro; pero también es más que una bruja y más que un licántropo. Se alimenta de sangre, puede cambiar de forma y está sujeta a ciertas magias. Posiblemente las leyendas que hablan de monstruos que entraban por las ventanas en las noches oscuras y se llevaban a los niños, desde los griegos con sus lamias hasta el conde Drácula, pasando por los endemoniados hombres lobo de la Edad Media, tengan en la Wundarga una base de verdad. Es lo que creo. Aunque no sé decir si estas otras criaturas han existido, independientemente de las Wundargas. Hay muchos portales repartidos por el mundo, y ellas suelen vivir cerca de estos portales.

—¿Cómo sabes esto?

—Lo sé por dos cosas: la primera, porque he vivido varios años con una de ellas; la segunda, porque conocí un hombre, uno que pasó por aquí hace cosa de un año, extraviado igual que tú, y ya las conocía y me contó varias cosas. No muchas, porque lo hizo durante la cena que le ofrecí y él comió deprisa y luego se acostó, pero algo me dijo.

—¿Un hombre? —De manera inmediata el corazón de Óscar se puso alerta.

—Sí. Buscaba a su mujer —Óscar suspiró estúpidamente aliviado— y cayó en estos bosques. Lo acogí, la señora quiso atraparlo y no lo consiguió; de hecho, el que ahora la Señora sólo pueda transmutarse en gato y no en cualquier cosa se lo debe a él.

—¿Qué le hizo?

—No lo sé. Pero la Señora fue sorprendida de algún modo, y el hombre no era mago ni nada parecido. Creo que tuvo suerte, aunque ya sabía a qué se enfrentaba cuando llegó aquí.

—¿Qué fue de él?

—Marchó. No he vuelto a saber nada de él.

—Mierda. Te podría haber dicho cómo consiguió atrapar a la Señora. Nos vendría muy bien esa información ahora.

—Cuando se fue encontré un papel con algo escrito —dijo Ivana, y se sonrojó—. No sé leer, Óscar.

—¿Lo tienes aquí?

Ivana asintió. Introdujo la mano en su escote y sacó un pequeño papel plegado muchas veces. Óscar lo tomó, lo extendió y leyó lo que había escrito. Era una sola palabra.

—Cardamomo —leyó en voz alta—. Eso es una especia o algo así, se usa para cocinar, ¿no?

—Creo que sí. Son unas pequeñas semillas.

—¿Y por qué te escribió esta nota? ¿Qué le pasa al cardamomo?

Ivana encogió los hombros.

—Él llevaba una bolsa con muchas cosas. Quizá también llevaba estas semillas.

—¿Y si son un remedio contra las Wundargas?

—No lo sé. Yo estaba acostada. Escuché que la Señora entraba por la ventana y después sólo hubo silencio. Imaginé que ya se lo estaba bebiendo, pero de pronto oí a la Señora gritar de dolor. Nunca había aullado así; pero el grito se fue agudizando y al final pareció el maullido de un gato. Por último escuché que Marco salía de la habitación. No me atreví a encontrarme con él, por vergüenza y quizá por arrepentimiento, pero anduvo trasteando por la casa hasta que amaneció. Después marchó. Abandoné mi cuarto y fui a la puerta. Sobre la mesa encontré la nota.

—¿Y la Señora?

—Cuando reuní valor abrí la puerta de la habitación y me asomé. Estaba vacía. Pero en la ventana estaba la gata, recostada, como enferma. No se me ocurrió que fuera la Señora; la recogí y la cuidé durante el día. Cuando cayó la noche la Señora recuperó su forma. Luego me castigó.

—¿Qué te hizo?

—No quiero hablar de eso. Y no importa: no tenemos cardamomo.

En el exterior restalló un trueno que hizo temblar los cimientos de la casa. Ambos respingaron como si les hubiera picado un tábano. Ivana se levantó.

—Voy a comprobar si se oye algo.

Se acercó al pasillo y aplicó lenta y cuidadosamente la oreja a la puerta. Por su cara de alivio Óscar dedujo que la Señora seguía dentro, afanándose con sus cuentas. Ivana regresó a su sitio.

—Se la puede escuchar. Está metiendo las lentejas en la bolsa.

Óscar debió de poner gesto de intriga.

—Es uno de los remedios contra las Wundargas que, por extensión, se aplicó a los vampiros en la imaginería popular. Los vampiros no pueden evitar contar cualquier cosa que se encuentre en gran número a su alrededor. Si derramas un saco de algo a sus pies, pipas, garbanzos, lo que sea, irremediablemente se pondrán a contarlo, y no dejarán de hacerlo bajo ninguna circunstancia hasta que terminen.

Óscar levantó las cejas.

—¡Ah! Quizá por eso el conde ese de Barrio Sésamo está siempre contando cosas.

—No sé de qué hablas, pero seguramente sí.

—¿Y la sal?

—En este caso es un remedio contra las brujas. También, a veces, contra los vampiros, que no suelen navegar o volar sobre el mar. Se supone que la sal es un elemento benigno que crea una barrera invisible contra la maldad de la hechicera. Una bruja buena sí podría, en teoría, trasponer esa barrera. Pero una Wundarga no… o eso espero.

—¿No lo sabes a ciencia cierta? —preguntó Óscar, y un escalofrío lo poseyó al pensar que nada más que una puerta lo separaba de aquellos dientes.

—No. Pero creo que funcionará. A la señora no le ha gustado nunca ver que yo guardaba este alimento, ni las lentejas; pero cedió, supongo que porque imagina que no sabía nada de estas cosas. Y así era hasta la llegada de Marco.

—Y por curiosidad: ¿de dónde lo sacas todo? ¿Hay algún mercado en el centro del bosque o algo así?

—No. Pero… ¿qué llevas en tu mochila? —preguntó Ivana con espontánea malignidad, y a Óscar le entró un escalofrío. Luego los ojos de ella cambiaron.— Perdona. Ha sido cruel.

—Entiendo —dijo él—. Los peregrinos.

Lo comentó con naturalidad. Empezaba a hacerse a la idea de que iban a morir. Bueno, quizá Ivana fuera perdonada por sus años de servicio a la Señora, pero él seguro que no. Casi tuvo ganas de echarse a reír, de levantarse e ir hacia la puerta y entrar en la habitación, y tumbarse en la cama hasta que la vieja terminase de contar y pudiera dedicarse por entero a él. Se tocó brevemente la gasa que protegía la herida del cuello: no sentía ningún dolor. Quizá no era una muerte tan horrible; pero de pronto recordó la boca de la Señora y el corazón se le encogió de miedo. Apuró el vaso y lo llenó de nuevo, pensando en el pobre desgraciado a quien hubiera pertenecido aquella botella de licor café.

—Bueno. ¿Y acerca de matarlas? ¿Cómo podemos defendernos de una Wundarga, aparte de escondiéndonos tras viejos hechizos?

—Aquí el problema no es defendernos de una Wundarga, Óscar. Quizá si no hubiera esta tormenta podríamos salir fuera, rodear la casa y derramar en la ventana la suficiente sal como para dejarla atrapada. Pero el viento la dispersaría por completo. Se me ocurre sólo una única opción, porque si no la Señora terminará de contar y podrá salir, y eso sería muy malo. Pero yo no me veo capaz de llevarla a cabo.

—¿Qué opción es?

Ivana apretó los labios. Luego los separó lentamente para decir:

—Hay que trepar desde fuera a la ventana, entrar en la habitación, cerrar los cristales, crear la barrera de sal en la ventana y el baño y luego salir por la puerta del pasillo. Y por último echar más sal en la puerta desde el pasillo.

—Con la Wundarga dentro —dijo Óscar.

—Sí, mientras sigue contando sus lentejas. Así quedaría atrapada hasta el amanecer. Después podríamos marcharnos.

—¿Y por qué no nos vamos ya?

—El camino es oscuro en el bosque. Más allá de este claro no duraríamos de noche ni cinco minutos. Hay más wundargas, como ya te dije. Y si erramos el camino, lo cual sin luna sería más que probable, podríamos acabar en una aldea que de ninguna manera nos convendría visitar.

—¿Qué hay en esa aldea?

—Lestrigones, una raza ancestral de hombres caníbales. Ellos y las Wundargas compiten como enemigos naturales por los peregrinos que llegan aquí.

—Joder. ¿Dónde estamos? ¿Hemos salido de España, es un universo paralelo de esos, o qué?

—No sé decírtelo. No estamos en España, eso lo sé por Marco. Más allá del radio de acción de las Wundargas, fuera de este bosque, ignoro qué puede haber.

—Bueno. Y si duramos hasta el amanecer, ¿podemos pasar de vuelta por el portal ese? ¿Sabes hacia dónde hay que ir?

—Creo que sí. Podríamos intentarlo. Si llegamos al camino viviremos. Y si no lo hemos conseguido cuando caiga la noche, moriremos.

Sin embargo en ningún gesto de Ivana pudo percibir Óscar que tuviera realmente esa esperanza.

—Me pongo en marcha entonces —dijo Óscar mientras apuraba su último trago de licor café—. Dame la sal.

Ella se la alcanzó. La cogió y la sopesó: habría lo justo para cubrir el poyete de la ventana y las dos puertas… si es que daba para tanto.

—¿Tienes más, por si acaso?

—No.

—Muy bien.

Óscar se dirigió a la puerta principal acompañado de cerca por Ivana. Empezó a abrir la puerta y de inmediato un fuerte viento se coló por la rendija y esparció parte de la sal que Ivana había derramado. La cerró de nuevo.

—Bueno, saldré rápido. Del bosque no vendrán otras Wundargas, ¿no?

—No; no si la Señora no las reclama. Este es su territorio.

—Ve a la puerta de la habitación; espérame allí.

—Sí —dijo Ivana, y sus ojos brillaron de pronto, y Óscar deseó besarla. Ella elevó ligeramente la barbilla; él cerró los ojos con fuerza, sacudió la cabeza y salió a la tormenta.

Ivana aseguró la puerta y a continuación corrió al pasillo. Aplicó la oreja a la madera y aguardó.

Tras unos instantes escuchó sobre el sonido del viento y el claqueteo de las lentejas en el suelo cómo alguien se afanaba por el muro y entraba de un salto en la habitación. No era difícil trepar, pero sin duda Óscar era muy ágil. Luego el viento cesó: la ventana estaba cerrada. Ya quedaba sólo el ruido que producía la anciana. Ivana sintió deseos de abrir la puerta y echar un vistazo pero no pudo. Estaba aterrorizada. Había retado a la Señora una vez para salvar a Óscar y creía que jamás podría volver a hacerlo.

Estaba imaginando a Óscar con el saquito de sal ante la ventana cuando escuchó una exclamación ahogada: el chico había visto algo que lo había asustado mucho.

—¡Treinta mil ciento noventa, cuarentaicinco mil setecientos dieciocho! —exclamó Óscar allá dentro. Después hubo un estruendo, y de inmediato la Señora profirió una espeluznante carcajada triunfal. Los cabellos de Ivana se erizaron en su nuca.

—¡Mío! —escuchó Ivana.

—¡Óscar, corre! —dijo ella—. ¡Corre!

La ventana se abrió de nuevo a la tormenta y el aire regresó a la habitación. Ivana sintió su embate contra la puerta. Después oyó el gruñido con que Óscar caía al exterior tras saltar de nuevo por la ventana y le llegaron sus gritos apagados desde el lateral de la casa. Algo salió por la ventana detrás de él, y con aquello acabaron los ruidos de la estancia excepto el viento.

Ivana corrió a la puerta principal. Mientras lo hacía vio por la ventana la cabeza de Óscar que pasaba a toda velocidad; la Señora estaría pisándole los talones. Apenas dos segundos después la puerta se abrió de golpe y el muchacho saltó al interior. Cayó sentado y con cara de absoluto terror.

—¡Cierra, por Dios bendito, que la tengo detrás!

Ivana iba a obedecer cuando apareció la Señora. Quizá la furia la había afeado más todavía, o realmente había comenzado una nueva metamorfosis, pero sus ojos y su boca eran aún más grandes que cuando había asaltado a Óscar y su aspecto, en general, había empeorado mucho: ahora una especie de piel de reptil, húmeda y verdosa, recubría la totalidad de su cuerpo desnudo. Ivana agarró la puerta y la empujó con todas sus fuerzas, pero la Señora interpuso su pie descalzo. Hubo un golpe y un crujido; la Señora aulló y la puerta rebotó lentamente hacia dentro. Aquello les dio una breve pero preciosa pausa.

—¡Óscar, la sal! —clamó Ivana, pero no había hecho falta el apremio: el chico ya estaba ante la puerta a cuatro patas derramando la última sal que quedaba en la bolsa. Trazó una zigzagueante curva con mano temblorosa siguiendo el arco de la puerta. La Señora se recompuso, y se disponía de nuevo a introducirse pero la barrera ya estaba creada. Aunque tosca y con algunas zonas que comenzaban a esparcirse a causa del viento, fue suficiente.

—¡Maldición! —exclamó la Wundarga, y su gesto se torció aún más cuando se detuvo de pronto, impelida hacia atrás por una fuerza invisible.

Óscar se precipitó y le cerró a la Señora en las narices la puerta de su propia casa. Luego reunificó con sus manos la barrera, como un niño que se apresura a crear su dique de arena en la playa antes de que llegue la ola, y se tumbó boca arriba jadeando. Cerró los ojos. Ivana fue a la ventana.

—Oh, no. Se ha ido al bosque.

Óscar, desde el suelo fresco, murmuró:

—La muy hija puta… Ha terminado de contar justo cuando yo entraba. ¡Precisamente! He intentado distraerla pero ya era tarde.

—Los números que gritaste, ¿verdad?

—Sí. Es lo único que se me ha ocurrido. No ha funcionado.

Se incorporó, se quedó un instante sentado y por último se puso de pie.

—¿Y ahora? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.

—Pues ahora nos queda esperar. Pronto volverá con ayuda —sentenció Ivana.

—Hay una esperanza. Si trae más Wundargas se supone que la sal las detendrá también a ellas, ¿no es así?

—A las Wundargas sí. Pero la Señora no es tonta; existen bestias que podrían ayudarla. Sé que la Señora se comunica con los animales del bosque. No hay osos, pero sí hay jabalíes enormes. Creo que vendrá con ellos. Si obedecen a la Señora hasta el punto de destrozarse intentando derribar la puerta, no lo sé seguro, pero sospecho que sí.

Óscar sacudió la cabeza y fue hasta la silla.

—Voy a sentarme un segundo. A ver…

Se frotó las sienes con las yemas de los dedos y entró en una profunda concentración. Ivana se sentó frente a él.

—No podemos salir —dijo Óscar—. Pero si nos quedamos nos cercarán y ya sí que no habrá escapatoria. A ver…

Ivana aguardó. Por su parte lo tenía clarísimo: iban a ser pasto de Wundarga. Maldita mala suerte… Si se hubieran puesto en marcha sólo cinco minutos antes, la Señora estaría encerrada en la habitación y ellos podrían aguardar tranquilamente al amanecer. ¡Por qué no se le había ocurrido antes el plan!

Óscar se irguió de pronto y golpeó la mesa con las palmas de ambas manos.

—Tenemos que intentar huir. No me quedaré sentado en esta casa que parece una bandeja de plata.

La observó con atención aguardando su respuesta. Ivana meneó la cabeza lentamente.

—Sería un suicidio, Óscar. Moriremos en el bosque.

—Eso no puedes saberlo. Pueden suceder cientos de cosas en el bosque; aquí sólo una.

—Quizá la Señora no nos mate. Puede que te acoja, como hizo conmigo. No es una vida fácil pero es muy sencilla, Óscar. Sólo hay que mantener la casa limpia, y de vez en cuando… —Se interrumpió.

—No digas estupideces. Si no llegas a rescatarme la Señora hubiera acabado conmigo. Y a juzgar por su mirada de odio, creo que a ti te aguardará lo mismo.

—Lo sé —se retractó Ivana—. Pero tengo miedo.

—Y yo —dijo Óscar—. Pero no voy a quedarme aquí encerrado.

—Pero el bosque…

—El bosque es nuestra única oportunidad. La tormenta puede sernos de ayuda. A lo mejor confunde nuestro rastro, y si tenemos suerte no nos encontraremos con nada ni nadie. Pero tenemos que marcharnos ya.

Ivana dudaba. La llegada de Óscar a su vida podría no haber supuesto nada en absoluto; sin embargo algo había cambiado. No sabía si se debía a sus ojos, a su determinación o a que veía en él un sentido del humor que muchos años de vida con la Señora habían atrofiado en ella y que ansiaba recuperar, pero había dado un paso definitivo que no tenía vuelta atrás. Pensó seriamente que no tenía sentido que todo el esfuerzo llevado a cabo desembocara sencillamente en sus muertes. No, Óscar tenía razón: había que salir e intentarlo al menos, y cuanto antes mejor: ya había cubierto su cupo de demora por aquella noche.

Respondió por tanto a Óscar con un asentimiento trémulo.

—De acuerdo.

Él apretó los labios.

—En marcha entonces. ¿Hay algo que quieras llevarte?

—Nada. Nada en absoluto —afirmó ella.

—Voy por la mochila. Coge algo de abrigo; yo tengo un chubasquero de repuesto.

—Sí.

Óscar se levantó y fue hasta la habitación. Aunque no temía que la Señora pudiera haber regresado inesperadamente, abrió la puerta con muchísimo cuidado. La sal a sus pies se esparció en cuanto el viento pudo escabullirse por la abertura, pero ya no importaba. Comprobó desde la rendija que había vía libre y mediante un par de largas zancadas entró, cogió la mochila, salió y cerró la puerta. Fue hacia la entrada principal, donde Ivana aguardaba ya embutida en un grueso chaquetón de lana que había cogido de una percha junto a la puerta. Óscar sacó dos plásticos con mangas y capucha de su mochila y le entregó uno a Ivana. Se los echaron por encima.

—¿Llevamos alguna luz?

—No. Mejor no.

—¿Lista?

—No.

—Pues vamos.

La furia de la tormenta los envolvió en cuanto traspusieron el marco. La visibilidad era escasa, y del bosque sólo se percibía una informe masa oscura y tenebrosa que se agitaba al ritmo del viento. Los sonidos de la tormenta eran variados, pero llegaban a los oídos de la pareja a través de un velo cacofónico. Óscar tuvo que elevar la voz para hacerse oír.

—Hacia allá, ¿no?

Ivana se encogió asustada y se llevó un dedo a los labios para conminarlo al silencio; luego asintió siguiendo con la mirada la dirección por la que Óscar había llegado el día anterior.

Corrieron al bosque. Atrás quedó la casa de la Señora con la puerta batiendo al son de la tempestad. Mientras accedían al bosque Óscar se imaginó la cara de sorpresa de la Wundarga cuando llegara con ayuda y comprobara que sus presas se habían escapado. ¿Qué haría ella entonces? ¿Los seguiría, los daría por perdidos? Posiblemente no; algo le decía a Óscar que rendirse no estaba en los planes de la Señora, y que todavía había muchas posibilidades de que ella los encontrara. Pero por el momento lo único que cabía era correr; y una vez dentro del bosque ni siquiera eso, tan abundantes y espesos eran los matorrales y las zarzas que lo invadían. Casi la totalidad del agua que recibieron entonces provenía de las copas empapadas de los árboles, pues formaban un techo tan frondoso que impedían a la lluvia caer con toda su fuerza; sin embargo el viento sí se abría camino a placer entre los troncos. Se quitaron las capuchas para oír mejor.

Detrás de cada recoveco podía aguardar una Wundarga. Varias veces Óscar se llevó un buen susto al percibir una sombra que se escabullía tras la espesura, pero no ocurrió nada más grave que el repentino frío producido por una gota que se colaba por el cuello de la capucha. El camino era indefinido y por completo extraño para él, así que dejó la orientación en manos de Ivana.

—¿Por aquí? —le preguntaba a menudo, a lo que ella asentía o negaba, aparentemente al azar, siempre insegura. La sensación de ser perseguidos a través del bosque era constante. Por fortuna o por desgracia el viento y la lluvia fueron poco a poco amainando, y los truenos y relámpagos espaciaron su presencia: parecía que se alejaban definitivamente. Los sonidos de una posible persecución se camuflarían bajo los que producían los goterones cayendo sobre la hojarasca y los de sus propios pasos.

Al cabo de lo que pudo haber sido una hora (o cinco) Ivana se detuvo de pronto y señaló entre los árboles. Los ojos de ambos se habían acostumbrado a la oscuridad y podían atravesarla a muchos metros de distancia.

Había un debilísimo resplandor titilante que bailaba en los perfiles de los troncos.

—¡Oh! —susurró Ivana.

—¿Qué? —Se alarmó Óscar—. ¿Las Wundargas? —Pero después se le ocurrió que habían llegado por fin al camino y una esperanza alborozada le invadió el corazón.— ¿Hemos salido ya del bosque?

—No —dijo Ivana, y su voz temblaba—. Lestrigones. Hemos ido directamente hacia donde no teníamos que ir.

—¿Qué? —exclamó Óscar, y su frágil esperanza se desvaneció.

—Media vuelta, ¡rápido!

Con el vello de los brazos erizado Óscar fue tras ella en pos de la oscuridad del interior del bosque. Entonces hubo una sombra que se precipitó hacia ellos. Ivana murmuró algo mientras Óscar se detenía, demasiado asustado hasta para gritar. La sombra se interpuso en su camino; hubo un golpe, Ivana cayó; más sombras se movieron entre ellos.

—¡Ivana! —exclamó Óscar por fin cuando vio que el cuerpo de ella daba contra el suelo y la oscuridad se agachaba a su lado.

Justo después Óscar sintió su propio golpe y su consciencia salió despedida hacia afuera; más allá del bosque, pero no del horror.

El murmullo que provenía de algún lugar real se confundió con su ensoñación. Alguien estaba hablando, si a aquel galimatías tosco podía llamársele lenguaje; pero sin duda había varias voces y discutían entre ellas. Óscar levantó los párpados con dificultad y se abrió camino a través de la bruma de su propia mente: estaba echado en el suelo. Junto a él reposaba un bulto que sólo podía ser el cuerpo de Ivana, aún inconsciente o, Dios no lo quisiera, ya muerta. La hojarasca arañaba su mejilla y le producía picor, pero al ir a rascarse descubrió que estaba maniatado. A su alrededor había varios pares de gruesas piernas sucias calzadas, más bien cubiertas, con botas de pieles. Su mochila descansaba a un par de metros. Un gruñido de un tono diferente se dejó oír cuando Óscar intentó moverse; unas manos enormes lo levantaron como si no pesara más que una brizna de hierba y lo pusieron en pie. Trastabilló y se meneó un poco hacia los lados sintiendo un descomunal dolor repentino en la parte posterior de la cabeza, pero logró mantenerse erguido. Entonces comprobó que el más bajo de sus captores medía al menos dos metros y medio; pero lo que casi consiguió arrancarle un grito fue contemplar los rostros de aquella raza que los había atrapado. A su mente vino una palabra que se arrastró hacia él con la aflautada voz de Ivana.

Caníbales.

¿Y ahora qué?, pensó aterrorizado, y esperó a que uno de aquellos seres lo cogiera de pronto, lo llevara hacia su boca y le arrancara medio torso de un bocado. Comenzó a temblar incontroladamente. Los habían transportado a un claro donde ardía una hoguera, sin duda la débil luz que habían percibido un poco antes desde el bosque, a cuyo alrededor se apiñaban varias chozas de barro y paja de aspecto primitivo.

Lestrigones. Óscar no había escuchado nunca el nombre, aunque quizá Ivana podría haberle explicado de dónde provenía. Homero habló de ellos brevemente, narrando cómo Odiseo y sus compañeros habían llegado navegando a una tierra próspera donde abastecerse para su viaje de regreso a Ítaca. Allí moraba esta raza de hombres brutales que los atacaron de pronto; a los compañeros que no pudieron huir los ensartaron en gruesos alambres como si fueran pescados y los llevaron, aún vivos y suplicantes, a sus moradas para proporcionarse un festín con ellos. Son muy pocas más las referencias a estas criaturas en las crónicas de la humanidad, pero en aquellas regiones abundaban, bien porque habían llegado a través de algún portal, bien porque aquellas eran en realidad las mismas tierras donde Odiseo había tocado tierra miles de años atrás.

Óscar, ignorante de todo excepto de que corría serio riesgo de ser devorado, estudió los rostros de los lestrigones y pensó que, fuera cual fuera la muerte que iban a dispensarle, probablemente el vaciado sanguíneo de la Wundarga iba a ser dulce en comparación. ¿Para eso habían huido? Se sintió culpable cuando comprendió en qué lío había metido a Ivana.

Los rasgos de los lestrigones no eran de todo humanos. Tenían algo de simiesco, como si fueran quizá una rama perdida de alguna tribu superviviente de los neandertales, con el arco superciliar prominente y los ojillos enterrados debajo como preludio de una enorme nariz bulbosa y una mandíbula dispuesta a triturar hueso de Homo Sapiens. Miraban a Óscar casi con indiferencia, sin ansia como la Wundarga, lo cual le produjo inesperadamente un ataque de odio: quizá para ellos era normal y rutinario devorar a un ser humano, pero para él suponía la pérdida de la vida, su vida, y dolorosamente además. Entonces se llevó a cabo en su mente una duplicidad asombrosa, y se vio a sí mismo en un restaurante cualquiera; Óscar observando con la misma indiferencia que ellos una jugosa pata de cordero que hubieran puesto en una bandeja ante sí. ¿Era ese el ciclo de la vida? ¿Podría pensar lo mismo el cordero de él? Aún no se había dado cuenta, y más tarde meditaría acerca de la curiosa forma que tiene el mundo de enseñarnos ciertas cosas, pero acababa de hacerse vegetariano.

No parecía haber jefes en esa tribu, o al menos nadie llevaba símbolo o vestimenta alguna que lo distinguiera de los demás, pero fue un lestrigón en concreto el que balbuceó un gañido y tocó con su enorme dedo la gasa que asomaba por el cuello de la capucha de Óscar, donde Ivana había cubierto el mordisco de la Señora. Se sintió poderosamente empujado hacia atrás y casi perdió el equilibrio.

—Gardagh —pareció que dijo. Sonaba similar a Wundarga, desde luego.

—¡Gardagh! —exclamaron los demás. Algunos levantaron sus cachiporras, no más que unas ramas recogidas en ese mismo instante, y otros se llevaron las manos al rostro y se lo frotaron; pero todos compartieron un brillo concreto en los ojos que delataba un belicoso frenesí. En efecto, Ivana ya se lo había dicho: eran enemigos naturales que competían por el territorio de caza.

El que había tocado a Óscar, una vez remitió su ataque de cólera, volvió a extender el brazo y de un poderoso tirón arrancó la gasa y algún resto de piel del cuello con su uña irregular. Óscar gritó, lo que pareció divertirlos bastante. A continuación untó la yema del índice en la herida, que había comenzado a manar débilmente de nuevo, y lo llevó a sus labios. Chupó con ansia; su cara suspicaz se volvió de pronto jubilosa y exclamó hacia sus camaradas:

—¡Akhatok! ¡Gardagh inu akhatok!

Con aquella noticia la tribu entera comenzó a aullar y a salivar. Levantaron en volandas a Óscar sin prestar la más mínima atención a su mequetréfica resistencia y recogieron también a Ivana. Se acercaron a una de las chozas y Óscar pudo apreciar, entre los golpes que recibía con cada paso del lestrigón, que estaban hechas de barro, sí, pero formando diminutos ladrillos cuyas junturas quedaban perfectamente disimuladas bajo la polvorienta argamasa que las unía. Era un trabajo bastante avanzado para unos seres tan aparentemente mongólicos. Ante aquella choza en concreto había un achaparrado tocón de árbol gastado por los años que estaba cubierto de una grasa oscura. Sólo cuando arrojaron a Óscar contra el suelo, como quien deja un saco de patatas, y pudo obtener una visión del interior de aquella choza a través de la abertura, comprendió que lo que cubría el tocón no era grasa, sino sangre seca. Sangre humana.

El interior de la choza estaba repleto de huesos humanos, ropas raídas y mochilas desgarradas y vacías. Una calavera en concreto pareció sonreír directamente a Óscar. Gritó y provocó un nuevo coro de risas que parecían toses. A su lado cayó Ivana; sus ojos seguían cerrados.

El lestrigón que podría hacer las veces de jefe avanzó hacia el chico, cada paso un trueno. Si ya de por sí eran enormes, tumbado en el suelo las proporciones de aquellos seres tomaban dimensiones ciclópeas.

—Ivana, ¡Ivana! —suplicó Óscar, pensando que posiblemente para lo único que iba a despertarla era para despedirse de ella.

El lestrigón se detuvo. Las uñas de sus pies quedaron a diez centímetros de su nariz. Óscar se vio obligado a levantarse llevado por el olor y por un último ataque de dignidad. Enfrentó a la muerte. Se miraron a los ojos. Entonces el lestrigón dejó pasmado al chico.

—¡Tú!, hombre —dijo con voz cavernosa. La vocalización de que eran capaces aquellos labios dejaba mucho que desear a menos que se tratara de emitir gruñidos, pero resultó perfectamente comprensible. Toda la tribu estaba arremolinada alrededor de la escena. Algunos mostraban los dientes, pero parecía más un tic que una muestra de enemistad. Óscar comenzó a sudar a pesar del fresco viento. La cabeza le palpitaba donde había sido golpeado.

—Sí —reconoció. ¿A qué negarlo?

El lestrigón señaló su cuello y frunció el ceño de tal forma que sus ojos casi desaparecieron debajo.

—Tú hombre no Gardagh. Tú hombre muy flaco aquí. ¿Qué?

Óscar creyó entender que el simio le preguntaba cómo había hecho para sobrevivir a la Señora. Una parte estudiosa del chico se maravilló de que aquellos primitivos seres no sólo dominaran un lenguaje, sino dos. La única explicación posible era que se comunicaban con los peregrinos antes de comérselos. Había caminantes de todas las nacionalidades; ¿hablarían también inglés, alemán, italiano…?

—¿La Wundarga? No, Ivana me salvó. Ella me salvó de la Gardagh —dijo Óscar señalando el cuerpo tirado a su lado. El lestrigón la observó y luego se dirigió a uno de los que contemplaban la escena.

—¿Eekhatha?

El ser se encogió de hombros. Luego recogió el cuerpo de Ivana, lo llevó a su regazo, sacó una bota de cuero de entre sus pieles y le dio un trago de algo. En un primer momento no sucedió nada, pero de pronto Ivana se sacudió fuertemente y comenzó a toser. Sus ojos se abrieron como platos y su cara, ya roja al resplandor del fuego, se puso casi morada. El lestrigón hizo una mueca de triunfo. Óscar recordó haber visto algo parecido para la reanimación de los hobbits de El Señor de los Anillos por parte de los orcos que los habían apresado.

—¡Eekhatha! —exclamó, y Óscar casi pudo entenderlo: “¡Está viva!” El lenguaje de los lestrigones iba siempre acompañado de gestos explícitos y no parecía muy complicado. Depositaron a Ivana en el suelo de nuevo y quedó sentada, mientras su respiración se normalizaba a través de profundos jadeos y su vista trataba de enfocar lo que sucedía a su alrededor.

—¡Ivana! —llamó Óscar y se dispuso a ayudarla, pero una exclamación del lestrigón lo detuvo en seco. Ivana, que acababa de descubrir que también estaba maniatada, comprendió por fin qué había podido ocurrir.

—¿Óscar? ¿Son lestrigones? —preguntó con un hilo de voz empapada en pánico.

—Sí.

—¡Khabuk! —cortó el lestrigón. A continuación tomó a la muchacha por los hombros, izándola como si no pesara nada, y tras ponerla en pie empujó a Óscar para que esta vez él quedara sentado. Ivana temblaba en una mezcla de terror y esfuerzo por no caer. El lestrigón habló con ella.

—Hombre es aquí por tú. Gardagh no slerk hombre por tú. ¿Qué?

Ivana lo miró, luego miró a Óscar. El lestrigón no parecía un dechado de paciencia precisamente, lo que precipitó a Óscar a traducir a Ivana:

—Quiere saber cómo me has salvado. Cuéntale lo de las lentejas.

—¡Khabuk, norg erda kamkam!

Y propinó un puntapié al torso de Óscar, lo cual, entre risas de los demás lestrigones, lo envió a unos dos metros de distancia. Luego, con expresión furibunda, se agachó y situó su rostro a pocos centímetros del de Ivana. Ella aguantó a duras penas; Óscar, con medio cuerpo entumecido por el impacto, admiró su entereza, no sólo por la amenaza que suponían semejantes dientes junto a su rostro, sino por el hedor que debía de desprender el lestrigón.

—¿Hombre qué Gardagh no slerk? ¡Ikha!

Para estupefacción de Óscar, Ivana respondió al lestrigón con admirable serenidad.

—Gardagh no mató a Óscar. Óscar se salvó por mí.

—¿Qué? —tronó el ser. Sin duda querían obtener esa información para utilizarla contra ellas. Ivana levantó sus manos hasta casi la altura del rostro del lestrigón y mostró la cuerda que las ataba.

—El precio. Libéranos y te lo digo.

Durante un par de largos segundos el lestrigón observó casi bizco las muñecas de Ivana. Luego echó la cabeza repentinamente hacia atrás e hizo un sonido nasal, como si acabaran de echarle polvos de pimienta, y parpadeó repetidamente mientras una sonrisa se abrió camino en su rostro. Acababa de comprender.

—Lestragh no kam, tú cuentas qué…

—Exacto. No kam. Nos dejáis irnos al amanecer.

El lestrigón meditó mientras sus compañeros se removían inquietos. La fría noche embotaba ya los miembros de Óscar, y los frotó a falta de una buena caminata. Si todo iba bien pronto continuarían la marcha. Ivana era, entre otras cosas, una mediadora estupenda, pues el lestrigón asintió bruscamente y exclamó:

—¡Akh! Es bueno. ¿Qué kam Gardagh?

La chica entrecerró los ojos y miró seriamente a su interlocutor. Pareció deducir que el trato estaba cerrado correctamente, así que comenzó a hablar gesticulando minuciosamente para que el lestrigón no se perdiera detalle.

—Las Gardagh atacan —levantó los brazos— y entonces podemos echar al suelo un saquito de piedrecillas, lentejas o lo que sea, pero pequeño, muy pequeño —sus brazos bajaron y en su mano se juntaron el índice y el pulgar—, lo extendemos en el suelo —un movimiento horizontal con los brazos extendidos, trazando una curva como si derramara algo— y la Gardagh lo verá —levantó los brazos de nuevo e hizo un gesto de mirar al suelo y detenerse en seco— y entonces ella se agachará —lo hizo— y se quedará así hasta que lo cuente todo —pasó por sus manos varias hojas secas, que luego echaba hacia un lado—: una, dos, tres, cuatro… así hasta que termine.

Óscar estuvo a punto de soltar una carcajada cuando se fijó en las caras de concentración absoluta que habían puesto los lestrigones. Todos y cada uno de ellos seguían los movimientos de Ivana con la dedicación y el arrobo con que un artista novato escucharía una disertación de Picasso.

—Y mientras la Gardagh cuenta, tú —señaló al lestrigón y luego levantó los brazos como si sujetara un garrote— ¡zas! La descalabras.

Descargó un fuerte golpe en el aire y el lestrigón, con mirada radiante, emitió unos carraspeos de contento.

—Gardagh cuenta. Mira y habla.

Corrió de pronto hacia una de las cabañas y regresó de inmediato trayendo consigo un pellejo (posiblemente un trofeo conseguido de algún desdichado peregrino) repleto de algo. Se detuvo ante Ivana y aflojó la cuerda que lo cerraba. A Óscar le recordó a un perrito que vuelve con la pelota que se le ha arrojado.

—Gardagh cuenta —metió la mano en el saquito, cogió un puñado de lo que parecían pipas, se lo mostró a Ivana y después lo arrojó a sus pies—. Gardagh para y lestragh… ¡zas!

Sonrió a Ivana y esta asintió a su alumno más aplicado.

—¡Zas! Sí. Gardagh muerta.

El jefe aulló y se carcajeó y sus compañeros lo imitaron, aunque era seguro que muchos de ellos, si no todos, no habían entendido nada. El poblado se convirtió de pronto en una fiesta. Óscar aprovechó para levantarse y ponerse junto a Ivana.

—¿Crees que nos liberarán ahora?

—Sí —dijo Ivana—. La traición es propia sólo de las culturas avanzadas. Después de lo que acaban de descubrir no tienen motivo alguno para retenernos.

Óscar hizo una mueca.

—¿El hambre te parece poco motivo?

—Míralos —dijo Ivana—. Están eufóricos.

Y así era: todos bailaban y brincaban gozosos mientras proferían extraños cánticos cacofónicos. De pronto el jefe se detuvo y se acercó a ellos. Para horror de la pareja, extrajo un enorme y horrendo cuchillo de piedra sin mango y lo enarboló ante ellos.

—Tú ayuda lestragh, lestragh ayuda tú —farfulló, y de dos poderosos tajos cortó ambas cuerdas. Los prisioneros quedaron libres.

—Gracias —dijo Ivana.

—Vámonos antes de que se arrepientan —dijo Óscar por lo bajo, y cuando se dieron la vuelta sintió una poderosa mano que cayó como una roca sobre su hombro. La voz del lestrigón tronó a su espalda, y no había perdido un ápice de su contento.

—¿Qué tú? Tú no ayuda lestragh. Tú slerk lestragh.

—¿Cómo? —preguntó Óscar sin atreverse a girarse.

—Tú comida.

—¡No! —exclamó Ivana mientras encaraba valientemente al lestrigón—. El trato era liberarnos a los dos. ¡Los dos! ¿Para qué has cortado su cuerda, si no?

El lestrigón se encogió de hombros como si acabaran de decirle que por la mañana saldría el sol.

—Lestragh slerk hombre, tú vas. ¿Qué? Pues quedas. Lestragh wyrm. ¡Slerk!

Ante su voz todos los lestrigones se detuvieron al unísono en su celebración y se acercaron. Óscar comenzó a sudar. Ivana, a su lado, se puso roja, esta vez de furia.

—Déjalo, Ivana. Márchate tú. No import…

El honorable intento de heroicidad de Óscar fue cortado de súbito al ser alzado de un tirón. El lestrigón se irguió ante el tocón ensangrentado, seguido por Ivana quien, inútilmente, golpeaba con sus pequeños puños las piernas y la cintura de la criatura. Con la habilidad de un carnicero que manejara un pedazo de animal, Óscar fue volteado en el aire y después depositado sobre el tosco altar de sacrificio. La mitad superior de su cuerpo ocupó la superficie plana y pudo comprobar con su mejilla que el tacto era pegajoso. Olía espantosamente dulce. Ninguno de sus esfuerzos consiguió liberar la presa que habían hecho en él, tan bien sujeto estaba. Los demás lestrigones cerraron el círculo a su alrededor y uno de ellos apartó a Ivana como espantando a una mosca molesta.

—Ivana, ¡Ivana! —gritó Óscar por entre los dedos del lestrigón, que ahora le sujetaba la cabeza aplastándosela contra el tocón. Percibió un movimiento que supuso era el cuchillo enarbolado en alto, lo cual le confirmó la horrorizada voz de la muchacha:

—¡No!

Óscar miró el mundo por última vez y trató de absorberlo todo mientras aguardaba el golpe con que su vida sería arrebatada. ¿Dónde caería este? ¿En la espalda, en el cuello, en los riñones? Apostaba por el cuello: las dimensiones del cuchillo eran suficientes para decapitarlo de un solo tajo si lo manejaban manos tan poderosas. Trató de localizar a Ivana, pero desde su ángulo de visión sólo veía las pieles que cubrían al lestrigón y detrás un par de sus colegas.

“Me hubiera gustado despedirme de ti, Ivana”, pensó. Luego todo su cuerpo se puso en tensión aguardando el momento. Ya estaba. Adiós, mundo.

Adiós.

Un grito de Ivana, un gruñido de lestrigón. De pronto muchos alaridos, y Óscar seguía esperando. De entre la barahúnda pudo distinguir una palabra que se repetía constantemente en labios de los lestrigones.

¡Gardagh!

La presión sobre su cara remitió por completo y Óscar quedó libre. Aún no se podía creer que no hubiera muerto. Mientras se incorporaba advirtió que el poblado entero era ahora un enjambre de sombras enormes que aullaban y corrían de un lado para otro. Una pequeña mano se posó en su hombro y lo ayudó a levantarse del todo: Ivana. Sin saber qué hacía o por qué lo hacía, Óscar la abrazó con fuerza. Durante un segundo ella se lo devolvió, y notó cómo ella aspiraba profundamente absorbiendo el olor de su cuello, pero enseguida se separó y miró a Óscar con apremio. Detrás de ella las sombras corrían excitadas, aparentemente olvidadas por completo de sus dos prisioneros.

—¿Qué ha pasado? ¿Por qué no me han matado?

—Wundargas —dijo Ivana con pánico—. Ha venido la Señora.

Ante ellos se desarrolló una rápida escena de preparación para la batalla. Los lestrigones que aún no se habían armado con un garrote o un hacha de piedra corrían hacia las chozas en busca de algo para golpear. Óscar e Ivana asistieron petrificados a todo el proceso, aún aferrados con un brazo a la espalda del otro. De la negrura del bosque surgían, en efecto, sonidos que no procedían de gargantas de lestrigón. En ocasiones podían percibir formas cambiantes que se movían tras las sombras entre los árboles. De repente algo entró en el claro tras esquivar con movimientos felinos a varios lestrigones. Era una Wundarga sin duda, aunque no se trataba de la Señora. Parecía una mezcla entre pantera y abuela, y sus ojos brillantes y enormes localizaron a la pareja junto al tocón. Emitió un bufido y saltó hacia ellos. No consiguió su objetivo, pues antes de recorrer siquiera una decena de metros, dos lestrigones fuertemente armados se interpusieron en su camino. Se detuvo bruscamente y esquivó a duras penas los dos garrotes que aplastaron el suelo donde ella había estado un segundo antes, y se retiró de nuevo a las sombras. Los lestrigones corrieron tras ella.

—Tenemos que irnos de aquí —dijo Ivana.

—¿Hacia dónde? —preguntó Óscar desesperado. Para él todo plan posible consistía en quedarse donde estaban mientras las Wundargas y los lestrigones luchaban entre sí, y servir luego de alimento a quien fuera que se alzase con la victoria. ¿Qué otra cosa podrían hacer? En cuanto pusieran un pie en el bosque las Wundargas se harían con ellos, y de esconderse en el poblado acabarían por ser encontrados. Se habían metido en una sartén tan grande que las brasas que la calentaban no eran siquiera visibles. Ivana, sin embargo, tenía otro plan.

—Hacia el bosque, pero siempre donde haya lucha. Mira el cielo: el amanecer no tardará mucho en llegar. Hay algo más de claridad, de otro modo no podríamos ver ninguna sombra. Si conseguimos ir avanzando cerca de los lestrigones, las Wundargas tendrán que atacarlos a ellos antes que a nosotros, que no suponemos ninguna amenaza. Lo mismo respecto a los lestrigones.

—No lo veo —murmuró Óscar, pero asintió—. Vamos entonces.

El primer paso que dieron fue el más difícil. Iban a alejarse del claro, de la luz de la hoguera, e internarse en las tinieblas. Lo hicieron, y sólo Óscar titubeó. Pero al quinto o sexto paso hacia el bosque tuvieron que detenerse. Apareció de la nada el jefe de los lestrigones. En una mano sujetaba el saco de pipas con que había hecho su demostración y en la otra el terrorífico cuchillo de piedra. Giraba la cabeza constantemente buscando algún enemigo. No tardó mucho en encontrarlo: una Wundarga le salió al paso, una envuelta en duros pelos que podría parecer un mastín o incluso un oso. Se midieron mutuamente un par de segundos, y en el momento en que la Wundarga se agazapaba para saltar hacia el lestrigón, este agitó la mano y derramó ante ella el contenido del saco. El efecto fue inmediato: con una última mirada de odio infinito hacia su enemigo la Wundarga se dejó caer y, siseando como una serpiente, dedicó toda su atención a las pipas. Su cabeza estaba expuesta al cuchillo del lestrigón. Este miró asombrado primero a la criatura, después dirigió sus entrecerrados ojos a Ivana, los abrió de pronto con expresión de júbilo y exclamó:

—¡Ja!

A continuación se acercó a su enemigo. Óscar advirtió que la Wundarga se debatía rabiosamente entre las pipas, apresurándose a contarlas pero sabiendo que no le daría tiempo. Sus manos se detuvieron de pronto, y en cuanto percibió que las formidables piernas del lestrigón se habían detenido ante ella, sin levantar la cabeza profirió el alarido más espeluznante que Óscar había escuchado en su vida.

El jefe de los lestrigones bajó el cuchillo con las dos manos. El aullido se cortó de golpe, y con un sonido hueco la cabeza de la Wundarga rodó por el suelo. El resto de su cuerpo cayó después, desmadejado e inerte. Una o varias Wundargas debían de haber visto la escena, porque desde más allá del resplandor de la hoguera se escuchó un grito de odio que fue extendiéndose a través de los árboles hasta abarcar todo el perímetro del poblado. Ahora bien, antes que desanimar a las Wundargas aquello pareció proporcionarles una furia suplementaria, y los sonidos de la refriega se multiplicaron. El lestrigón, aún maravillado, levantó los brazos y se comunicó con su gente.

—¡Athar! ¡Athar, lestragh inu Kragham! ¡Gardagh inugh marekhatha!

Respondiendo a la llamada, sus compadres fueron retirándose hacia el claro, cediendo terreno a las Wundargas pero sin darles la espalda en ningún momento. Uno de los lestrigones se distrajo lo suficiente como para sufrir el ataque de dos de ellas, que saltaron sobre sus hombros desde dos direcciones opuestas y, mediante sendos bocados voraces, arrancaron casi entero su cuello. Cayó a plomo mientras un torrente de sangre surgía de la herida en dirección al cielo y las Wundargas, veloces, regresaron a su formación junto a sus compañeras. El jefe de los lestrigones aulló nuevas órdenes.

—¡Ekhotha mugha, khastra mu Gardagh inu suth!

Aparecieron entonces los jabalíes. De la oscuridad surgieron las formas achaparradas y feroces de cinco o seis de estos animales que gruñían aguda pero intensamente. Todos tenían un tamaño descomunal que en cierto modo les daba aspecto de ser más toros que jabalíes. Corretearon hacia el claro y las Wundargas se mantuvieron en la retaguardia.

Fue un ataque breve pero certero. Cada uno de los animales eligió un blanco concreto y se abalanzó sobre él, destrozándolo con sus colmillos, con una táctica sencilla: primero golpeaban las piernas y, al caer el enemigo, se dedicaban al torso y la cara. En realidad fue similar a un ataque kamikaze, pues cada una de las bestias fue muerta a golpes por otros lestrigones mientras se ocupaban del caído, pero obligó a estos a replegarse y mermó las fuerzas de los defensores tanto táctica como moralmente. Óscar se maravilló del control que las Wundargas ejercían sobre la mentalidad de los jabalíes, y pensó con un estremecimiento que, de haberse quedado en casa de la Señora, la puerta no hubiera resistido ni un segundo ante semejante impulso.

Finalmente todos los jabalíes fueron acogotados, y mientras el último de ellos sufría las convulsiones de la muerte, las Wundargas volvieron a avanzar cautelosamente desde el bosque para estrechar el cerco.

Óscar e Ivana se vieron obligados a acompañar a los lestrigones en su retirada para no quedar expuestos a las Wundargas. La estrategia era, al parecer, que la mitad de los lestrigones mantuvieran la línea defensiva con sus garrotes mientras la otra mitad corría a las chozas a buscar cualquier cosa que pudiera servir para distraer a sus enemigas. Así se hizo.

Los humanos quedaron rodeados de lestrigones. Pese a sus embates constantes las Wundargas no consiguieron abrir brecha en la defensa, y su desesperación fue en aumento. Óscar miró al cielo y percibió, esta vez sí, cómo las estrellas iban apagando su fulgor poco a poco para dejar paso al índigo del amanecer. Quedaba, quizá, un cuarto de hora de noche. Estrechó a Ivana entre sus brazos para protegerla de cualquier posible golpe, pero seguían sin ser tenidos en cuenta.

Entonces aparecieron los lestrigones desde las cabañas y todos traían entre sus manos sacos y bolsas de procedencia peregrina. Las Wundargas aullaron. Dos de ellas cayeron ante los golpes de los lestrigones por realizar un acercamiento desesperado. A su vez, cinco de los lestrigones fueron velozmente abiertos en canal y quedaron fuera del círculo defensivo, que seguía estrechándose, y ahí quedaron como refrigerio para algunas hambrientas figuras que se posaron como moscas sobre ellos. La tierra del claro estaba ya salpicada de cadáveres de ambos bandos. ¿Cuánto tiempo llevaban luchando? Óscar trató de calcularlo y como resultado obtuvo sólo un “puede que diez minutos, puede que diez horas”. Ivana se apretaba contra él temblando como una niña.

Con la llegada del refuerzo de los lestrigones las tornas de la batalla se invirtieron. Ahora muchas de las Wundargas decidieron que estaban perdidas y se alejaron a grandes saltos, mientras otras continuaron la refriega, mutando constantemente y alternando entre formas humanas y animales de todo tipo. El jefe de los lestrigones, que acusaba una enorme herida en la frente de la que manaba abundante sangre, gritó al primero de ellos que alcanzó el círculo y este asintió. Llevaba algo del tamaño de una bolsa de patatas y lo sacudió, esparciendo lo que parecía sésamo en el terreno que quedaba entre los dos frentes. De inmediato tres Wundargas se abalanzaron al suelo y se pusieron a contar; cayeron enseguida bajo los golpes de los lestrigones. Otras Wundargas retiraron la vista de inmediato, al comprender que bastaría una mirada al montón para condenarlas a lanzarse sobre él, y también fueron pilladas por sorpresa y golpeadas hasta la muerte. Fue suficiente: el resto de ellas desistió definitivamente y se retiró. Habían perdido la batalla.

Óscar entendió que había llegado el momento. Sacudió a Ivana para que le prestara atención y le dijo:

—Ahora. Tenemos que correr al bosque. Es nuestra última oportunidad.

Los lestrigones eran de nuevo presa de la alegría más salvaje. Agitaban sus cachiporras en dirección a las últimas Wundargas que se escabullían entre los troncos y gritaban hacia ellas de forma desaforada. Dos pequeñas figuras aprovecharon la circunstancia y abandonaron el círculo. De entre todas las voces se escuchó potente la del jefe, ya familiar, que gritó hacia ellos:

—¡Tú, hombres!

Los había visto. No se habían alejado aún lo suficiente, con lo que bastó un momento para que tres de los lestrigones dieran alcance a la pareja.

“Maldición”, se lamentó Óscar mientras las gruesas manos los sujetaban y los echaban bocabajo al suelo. “Casi lo conseguimos”.

El jefe se acercó tambaleándose tras rechazar violentamente la ayuda de uno de sus lestrigones. Su mirada, aunque preñada de alegría, mostraba aún restos de la furia de la batalla. El suelo temblaba.

—Hombres no van.

Ivana sollozó: seguramente ahora la devorarían también a ella. Pudo estirar una mano y con ella tomó fuertemente la de Óscar. Ambos encontraron sus ojos entre los pies del jefe y se miraron, y de pronto el miedo de Ivana se desvaneció y fue sustituido por una clara alegría. Una lágrima se escapó y cayó en el polvo.

—Me alegro, Óscar. Me alegro de todo. De haberte conocido, de haber huido contigo.

Óscar sintió que sus ojos se empañaban a su vez.

—Yo me alegro de aquel apretón que me hizo perderme en el camino. Te he encontrado a ti.

Las manos se apretaron de nuevo decididas a no soltarse ya más. El silencio a su alrededor era para la pareja preludio del golpe mortal… Pero este no se produjo. Por el contrario el jefe volvió a hablar, y su voz, si aquello cabía en la primitiva fonética de los lestrigones, era amable.

—Sol no suth del cielo qué. Hombres va, Gardagh kam. Hombres espera. Lestragh inu slerk, Gardagh inu slerk.

Se agachó y puso en pie a Ivana; después repitió el gesto con Óscar. Una vez levantados, Óscar miró a la muchacha.

—Creo que nos dejan esperar aquí hasta que amanezca del todo. A los dos —dijo sorprendido, y se sintió invadido por un inmenso alivio. Al parecer sí iban a sobrevivir a aquella noche.

El jefe señaló a Ivana

Tú gagnash lestragh, Gardagh inu marekh. Gardagh no tan peligro ya para lestragh.

Ella sonrió y asintió. Tomó de nuevo la mano de Óscar, que se había desprendido al ser izada, y habló al lestrigón.

—Gracias. Es un trato justo.

—Justo, es. Hombres va, lestragh aprende. Siempre aprende. Lestragh no tonto.

Señaló su sien derecha, hizo una mueca que podría tomarse por una sonrisa, y por último se dio la vuelta. Tras un gesto de su brazo la tribu entera se retiró hacia las chozas llevándose a sus muertos; a las Wundargas no las tocaron. Sin duda servirían de escarmiento.

Clareó el cielo. Óscar e Ivana iban apreciando cómo el color negro se azulaba paulatinamente hasta que pudieron apreciar todos los contornos del bosque. De la hoguera no quedaba ya más que una brasa y su luz no era necesaria. Todo estaba en silencio: ni siquiera los pájaros se atrevían a saludar al amanecer ante aquella masacre. No había sombras. El aire era frío e Ivana se estremeció.

—¿Cuándo partiremos? —preguntó Óscar.

—Cuando haya aclarado del todo. La Señora estará entonces limitada a su forma de gato. No la he visto en toda la contienda, así que supongo que andará por aquí todavía o se habrá marchado con las otras.

—¿Y las demás Wundargas? ¿Y los animales salvajes?

—Las Wundargas suelen descansar durante el día, y tras esta paliza sospecho que se habrán retirado a lamer sus heridas. No me preocuparía. Respecto a las bestias, es un bosque. Hay que arriesgarse de todas formas.

—¿Sabes hacia dónde tenemos que ir?

Ivana miró al cielo en busca del resplandor que le indicara el lugar por donde saldría el sol. Luego asintió.

—Hacia allá.

—¿No habrá más casas de Wundarga por ahí?

—Las Wundargas no viven en casas, Óscar. Viven en cuevas, casi al pie de las montañas o en cañones profundos.

—Pero la Señora…

—La Señora es un caso aparte. Es una Wundarga muy vieja que con el tiempo y el contacto con los humanos ha adquirido una inteligencia que supera con creces la de sus camaradas. Marco me dijo que creía que había más Wundargas de este tipo a lo largo y ancho de este mundo, pero que la mayoría son de limitados recursos. Sólo las más viejas adquieren el talento necesario.

—Y ese Marco… ¿por qué sabía tanto?

—Ya te lo dije: no lo sé. Apareció de la nada y dijo que andaba buscando a su mujer, es todo cuanto sé; pero debía de llevar ya tiempo en camino, porque sus vaqueros y un jersey gris que llevaba puesto estaban llenos de agujeros. Hablaba muy poco.

Óscar pensó en seguir interrogando a Ivana acerca de Marco y su viaje, incluso en preguntarle acerca de otros peregrinos como él que sí hubieran caído ante la Señora, pero la muchacha señaló al cielo y cambió radicalmente de tema. Bien, pensó Óscar, ya habría tiempo. Cuando regresaran tenía la intención de seguir viéndola, por supuesto.

—Dentro de nada podremos ponernos en marcha.

—Estupendo —dijo Óscar, y aprovechó para pasarle el brazo a Ivana por detrás de la cintura. Lo hizo lentamente, con muchísimo tiento, dejando que su pulgar rozara la espalda de ella en busca de algún gesto de rechazo. No lo obtuvo. Finalizó el recorrido y, ya con plena confianza, la atrajo hacia sí.

—Ivana, oye. Respecto a lo que nos dijimos cuando estábamos en el suelo… Ya sabes, cuando íbamos a morir; que me alegraba de haberte conocido y eso.

—Sí —dijo Ivana, y aunque no le estaba mirando el rostro Óscar supo que estaba sonriendo.

—Bueno… —El chico buscó palabras en su mente que no sonaran a folletín pero no las encontró. Quizá el lenguaje del amor era sencillamente universal, no convencional.— Creo que te quiero. ¡No, no tanto! —añadió apresurado al comprender cómo había sonado aquello—. Pero me gustas mucho. Muchísimo.

Ivana se giró hacia él. Estaba sonriendo, en efecto.

—¿Te parece un buen momento para hablar de esto?

—Ah… no, tienes razón. Lo siento. Es sólo que…

—Tú también me gustas —dijo Ivana, y soltó una risa cansada—. Míranos, después de todo lo que ha pasado, con una tribu de caníbales detrás y una manada de brujas delante, después de sobrevivir de milagro a yo qué sé cuántos peligros y diciéndonos que nos gustamos. Ya lo sé, Óscar. Y si no me gustaras ahora estarías muerto.

Joder, qué cruda, pensó el muchacho, pero como Ivana seguía sonriendo supo que ella estaba bromeando. Se inclinó un poco hacia ella porque comprendió de algún modo que iba a obtener lo que buscaba. En efecto, ella hizo lo mismo hacia él y se rozaron los labios. Fue un beso fugaz, pero sacudió al bosque más que la tormenta del día anterior. Después Ivana volvió a mirar al cielo.

—Creo que ya casi podemos…

—Ivana…

La voz surgió del bosque cortando las palabras de la chica y haciendo que a ambos se les acelerase el corazón. Sin querer Óscar estrujó a Ivana hasta dejarla sin respiración. Ante su mirada el bosque se mostraba denso, con los árboles más apretados entre ellos si cabía que en la oscuridad. Del espacio entre dos troncos era de donde había provenido esa voz ya conocida por ambos.

—Ivana, ven —dijo la Señora. Aún no se dejaba ver, pero tras unos helechos Óscar pudo reconocer el encrespado cabello de la Wundarga que se movía ligeramente de un lado a otro.

—¿Señora? —se atrevió a hablar la muchacha. Entonces la vieja se incorporó, y en sus enormes ojos ansiosos Óscar vio que ella había comprendido que se le acababa el tiempo, que no podía seguir acechando hasta que ellos arrancaran. De hecho su metamorfosis hacia la figura del gato había iniciado ya el proceso: el vello comenzaba a cubrirle el cuerpo.

—Ivana. Muchacho. Venid a casa. Regresad conmigo. No os haré ningún daño a ninguno de los dos. Pero tenéis que venir ahora.

Ivana avanzó un único paso. Por un descabellado momento Óscar pensó que la Señora la había hipnotizado y que ella iba a ser su desayuno, así que trató de retenerla sin soltar su brazo. Pero Ivana se detuvo y apretó los puños.

—Búsquese a otra —dijo entre dientes—. Se acabó, Señora. Se acabó.

La Señora siseó.

—Podría atraparos ahora mismo —amenazó con odio—. Podría saltar hacia vosotros y desangraros en un segundo. Os estoy ofreciendo una última oportunidad. ¿La rechazáis?

Esta vez fue Óscar el que habló, con voz casi incrédula.

—¡La rechazamos! ¡Claro! —dijo mientras se señalaba la herida del cuello. En ese momento el gesto de la Wundarga, medio animal medio humano, se arrugó. Soltó un débil grito de advertencia, amortiguado probablemente por ella misma para no alertar a los lestrigones, y de un brinco superó los matorrales. Corrió hacia ellos con la enorme boca llena de colmillos abierta de par en par.

—Aaaargh —dejó escuchar en un jadeo. Ivana llevó entonces su brazo libre a un costado y sacó del bolsillo del impermeable la bolsa que uno de los lestrigones había dejado atrás, y que ella había recogido sin que Óscar lo advirtiera. Aún quedaban unas cuantas semillas.

La Señora lo vio demasiado tarde. El impulso que había adquirido le impidió darse la vuelta y huir de inmediato, por lo que cuando llegó hasta ellos Ivana, a pesar de que había asegurado la primera vez que efectuó la treta con la Señora que no lo haría nunca más, ya había derramado el puñado de la bolsa ante sí. Óscar dio un salto hacia atrás y arrastró consigo a Ivana.

—¡Ahí tienes! —exclamó la chica, y la Wundarga se arrojó a sus pies. Comenzaba a contar mientras su cuerpo menguaba a la vista de la pareja; se cubrió de pelos, las orejas se le afilaron hasta acabar en punta y sus manos, ya minúsculas, terminaron por recogerse en las almohadilladas garras de los gatos. La claridad del día había llegado definitivamente al bosque.

—¡MÍO! —pudo exclamar la Señora justo antes de que la palabra se convirtiera en un maullido amargo y desesperado. Ahí quedó la gata de manchas marrones hurgando con las patitas en el montón de semillas. Después levantó la mirada, echó las orejas hacia atrás hasta casi pegarlas a su cráneo y soltó un penetrante bufido con los bigotes en punta.

—¡Fuera, Micho! —exclamó Óscar, y le propinó a la gata un puntapié en los cuartos traseros, con lo que salió huyendo hacia la espesura y se perdió entre los árboles.

Ivana se rio.

—¿Volverá a molestarnos? —preguntó él.

—Sí, si no nos ponemos ya en marcha.

—¿Vamos entonces?

—Vamos —confirmó Ivana. Óscar se demoró un segundo para observar el rostro de la chica con atención.

—¿Sabes? Te noto cambiada. Tu expresión es diferente que cuando llegué a la casa. ¿Menos triste, quizá?

Ivana sonrió y se le iluminó la cara.

—Es increíble cómo puede darse la vuelta la vida de una en unas pocas horas. Me siento nueva, algo así como salvada de ahogarme. Has sido tú, Óscar. Pero —añadió sin dejar de mirarlo— será mejor que nos vayamos ya. Tenemos un largo día por delante.

—Claro.

Recogieron la mochila abandonada y Óscar la devolvió a su espalda. Los lestrigones no la habían saqueado, y el peso reconfortante le recordó que todavía era un peregrino en marcha. Después tomó a Ivana de la mano y juntos, cansados y somnolientos pero satisfechos, iniciaron el camino hacia el norte.

En algún punto encontrarían unas ruinas casi cubiertas por el bosque, y entre ellas hallarían un arco construido con enormes bloques de piedra, que en tiempos formó parte de un enorme y oscuro templo. En aquel lugar exacto, bajo el arco cuya clave estaba adornada con un símbolo incomprensible para todo aquel que no estuviera versado en las antiguas civilizaciones de Huath, el aire era mucho más espeso que alrededor, como si una neblina invisible hubiera sido vaporizada y el viento no fuera capaz de dispersarla. Óscar había pasado bajo ese mismo arco el día anterior, aunque la fuerza de la tormenta en ambos lados y su andar cabizbajo le habían impedido advertir el perfil de las ruinas, confundido con el resto del bosque. Si atravesaban el aire enrarecido en la dirección correcta, un solo paso los llevaría de un mundo a otro: un solo paso que comunicaba distancias infinitas. De perderse hacia el norte, el este o el oeste acabarían por encontrar un inmenso mar. De hacerlo hacia el sur llegarían a una pequeña aldea de pescadores y de allí, si no quedaban retenidos (como en aquel mismo instante se encontraba aquel hombre, Marco), se abriría ante sus pies un vasto continente tan lleno de horrores y maravillas, de amigos y enemigos, de enclaves antiguos embrujados y ciudades amuralladas, que no bastarían mil páginas sólo para describirlo.

Pero de todo esto, poco sabía Ivana y mucho menos Óscar. Les aguardaba una jornada agotadora, y posiblemente la suerte los había acompañado a lo largo de toda esta historia y había decidido no abandonarlos todavía, porque no extraviaron su camino y llegaron a las ruinas muy poco antes de que anocheciera, y traspusieron de la mano el Umbral y regresaron a tierras conocidas, al Camino de Santiago, donde un peregrino rezagado se sorprendió y casi huyó al verlos aparecer como fantasmas desde el bosque en la oscuridad. Qué hicieron Óscar e Ivana a partir de aquel punto ya no corresponde a esta historia, aunque sí cabe afirmar un par de cosas: una es que, con un buen motivo, volvieron a cruzar el Umbral años después en busca de la Señora. La segunda puede verse incluso a día de hoy en el punto exacto del Camino desde el que Óscar se extravió: un cartel que ellos mismos clavaron allí, y en el que podía leerse una advertencia; vaga, pero advertencia al fin y al cabo:

PERIGO. GATOS SALVAXES.

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