La larga espera de Tetmut

Cuando Tetmut cerró los ojos al mundo definitivamente, lo tenía todo preparado.

Su cuerpo había sido cuidadosamente embalsamado y envuelto en telas aromáticas, y sus órganos reposaban en vasos en la misma habitación oscura, de donde sería recogido por Osiris para ser llevado y pesado en la balanza. Había llevado una vida recta y, por lo tanto, su tránsito sería placentero.

Aguardaba con impaciencia.

Desde el mismo momento en que la gruesa piedra de la entrada fue corrida, sumiéndolo en la oscuridad con un ominoso y retumbante estruendo, Tetmut se relajó y se dispuso a meditar.

Era curiosa la muerte. No le había dolido más que un poco, al principio, cuando habían extraído su cerebro a través de la nariz. En ese momento había dejado su cuerpo para siempre, y había observado, entre divertido y satisfecho, cómo se procedía a momificar su cuerpo inerte. Trató de comunicarse con sus esclavos, pero no hubo forma. No tenía voz, ni tenía boca por la que emitirla. Era un espíritu. Pero, ¿por qué veía, si no tenía ojos? ¿Por qué oía, sin orejas? No importaba. Por el momento, sólo existía el placer del abandono.

En su tumba dedicó el tiempo a pensar y pensar. No tenía nada mejor que hacer. A cada momento esperaba que se abriera una grieta en el espacio, y los dioses luminosos se asomaran por ella y lo arrastraran Afuera. Sería un momento glorioso, y se sentía muy dispuesto.

Sin embargo, parecía que Osiris se hacía esperar.

¿Cómo mide el tiempo un espíritu que aguarda en la oscura soledad de su mausoleo? No puede, sencillamente. Por eso, Tetmut sólo podía pensar y pensar, meditar y meditar, aguardar y esperar. Aguardar y esperar.

Pasó el tiempo con lentitud.

Llegó a perder la esperanza en muchas ocasiones. Incluso se le ocurrió (y se obligó a rectificar el pensamiento con aterrada precipitación) que los dioses no existían, y que por eso no venía nadie a buscarlo.

La desesperación se abrió camino en su corazón, allá en su vasija.

Y de pronto, cuando menos lo esperaba, y después de los dioses sabrían cuántos años, cuántas eras, escuchó un sonido que rompió el silencio milenario. Un crujido, seguido de otro más fuerte, y luego de otro. De repente un rayo de luz desgarró las tinieblas, y se ensanchó, a medida que un aire fresco invadía la estancia.

¡Ya están aquí! ¡Ya han llegado los dioses!, pensó Tetmut con júbilo en cuanto percibió una figura titubeante que avanzaba hacia el interior. Varias más se distinguían detrás de la primera.

¡Aquí estoy! ¡Oh, cuánto tiempo he aguardado vuestra llegada!

Tetmut se fijó en que la primera figura emitía un rayo de luz desde su mano. Aquel poder sólo podía corresponder a Ra. ¿Incluso Ra había venido a buscarlo? ¿Tan importante había sido Tetmut en vida, como para que todos los dioses acudieran a su humilde templo?

La alegría inmensa de Tetmut no se esfumó, sino que se acrecentó, cuando escuchó el extraño y danzante idioma de los dioses. Se comunicaban entre ellos y lo buscaban, requerían su presencia.

¡Aquí, aquí!

Pero los dioses ignoraron al confundido Tetmut, y se dirigieron directamente al sarcófago. Entonces pudo ver a Ra con absoluta claridad: su expresión de alegría, su bigote (¿Ra con bigote? ¿Pero cuánto tiempo había aguardado en la oscuridad?), el artefacto con el que hacía retroceder las tinieblas. Algunos dioses dejaron escapar ligeras risas.

¡Ra, aquí! ¡RA! ¡RA! ¡RA!

Pero Ra no le hacía el menor caso.

Tetmut se quedó helado ante la revelación: los dioses se llevarían su oro, su cuerpo y sus órganos, y lo dejarían allí enterrado, oculto y en silencio por toda la eternidad. Sintió un repentino odio hacia ellos; odio que en seguida hizo retroceder, no fuera a ser que los violentara.

Los dioses (algunos de los cuales tosían de vez en cuando) expoliaron su tumba. Se lo llevaron todo. Tetmut, en un último arranque de inconformismo, decidió acompañarlos. Quizá aquella era la última prueba, la acción que definiría sus actos en un último juicio. Debía tener fe.

Tetmut viajó al Otro Mundo, pero no en una balsa, sino en un extraño artefacto volador que rugía como un trueno. Los dioses seguían sin prestarle la más mínima atención.

Ra se reía. Se reía inmensamente contento. El resto de los dioses se reía con él.

Tetmut, en cambio, no le veía la gracia.

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