Halley

(BREVE NOTA) Halley fue incluido en la antología de ciencia ficción Invasores de Mundos, publicada en 2013 por Corazón Literario. Un pequeño tesorín del que, creo, quedan aún un par de ejemplares. Al final tenéis el enlace, por si alguien desea echarle un buen vistazo. ¡Hay mucho más, ahí fuera!

Para Nico.

ALERTA

I.

Manuel y su perro Rufo localizaron un nuevo emplazamiento al borde de un lago tranquilo, y a ambos les pareció bien.

En cierto modo los dos eran filósofos, pero cada uno a su manera. El primero, porque había encontrado un compañero con quien compartir todo lo que sabía y todo lo que ansiaba saber aún, que era más de lo que le había dado tiempo a absorber en sus largos años. El segundo, aplicando el sentido a que pocas veces interrumpía a su viejo camarada cuando se encontraba bebiendo sus palabras.

Manuel, de casi setenta años pero en una forma física que no recordaba siquiera de sus tiempos de juventud, sabía que sus progresivos acercamientos al norte no respondían a una huida, como podría parecer, sino a una sencilla premisa: deseaba estar junto al mar cuando lo alcanzara la muerte.

II.

Aquel otoño de 2060 el frío había llegado pronto, como venía siendo habitual los últimos años, y Manuel lo agradecía. La pequeña casita prefabricada, cimentada sobre una antigua cabaña derruida de la que se había aprovechado únicamente la chimenea de piedra, estaba lista desde la tarde anterior en la parcela que había adquirido gracias a sus ahorros en especie y efectivo. No podía utilizar su EvaneCard, y hasta que se hiciera con una nueva identidad, empresa que a medio plazo no pensaba acometer, estaba sujeto al disponible en oro y joyas que guardaba en la caja de seguridad del Banco. No obstante, gracias a su capacidad para gestionar ciertos azares hereditarios tenía de sobra aún para vivir tres o cuatro vidas más.

No era un fugitivo propiamente dicho, o al menos a él no le gustaba verse como tal. Era cierto que había desertado, y que sus antiguos compañeros de la Orden podrían andar buscándolo, pero no había incumplido ninguna ley, al menos escrita, y desde luego no lo atormentaba ningún miedo a ser descubierto. Sólo había roto su juramento de iniciación. Estaba firmemente convencido de que sus motivaciones eran legítimas, y si sus hermanos se negaban a entenderlo, ¿qué culpa tenía él?

El sol se asomó por encima de los árboles y empezó a arrancar destellos fríos de la superficie del lago, que se reflejaron sutilmente en el techo de la habitación. Aquello despertó a Rufo, que de inmediato se acercó desde su colchón, dispuesto junto a los pies de la cama, hasta la nariz de su amo durmiente para propinarle dos o tres lametones de advertencia:

Eh, muchacho: el día ya está aquí. Despierta.

Media hora después Manuel y Rufo salían de la casita y tomaban el camino que serpeaba hasta la orilla del lago. El animal, fascinado por tantos y tan variados olores nuevos, correteaba de aquí para allá como si no fuera capaz de demorarse un segundo en un matojo antes de que otro, con irresistible exigencia, demandara su atención. Ladraba de vez en cuando, lo cual constituía un mensaje claro: estaba avisando a los pájaros de su presencia.

¡He llegado! Os lo advierto: soy Rufo y he venido para quedarme, ¡tened mucho cuidado conmigo!

Manuel instaló su silla plegable y la vieja manta acolchada de su compañero en una playa arenosa a escasos dos metros de la orilla. Depositó el termo con el café y la caja de madalenas que compartiría con Rufo a lo largo de la mañana en el suelo junto a él, y acto seguido se permitió unos minutos para contemplar cómo el sol avanzaba en su empeño de iluminar al mundo un día más. Ni una sola nube se lo impediría aquella mañana.

En algún punto de aquel cielo, mucho más allá de la atmósfera, en la oscura y vacua soledad del espacio, a millones de kilómetros aún pero avanzando imparable en su órbita, el Cometa Halley se acercaba a la Tierra. Y Manuel, que había temido aquel momento toda su vida, se preguntó por milésima vez si aquella visita, que se produciría a finales de julio del año siguiente, sería la definitiva.

Después Rufo y él se pusieron, como hacían tan a menudo, a recordar a Úrsula.

III.

El invierno, que fue más duro de lo que Manuel esperaba, transcurrió sin incidentes. La Orden no daba muestras de andar buscándolos, aunque él sabía que lo más probable era que al menos un par de sus hermanos anduvieran de aquí para allá husmeando en busca de una pista o un rastro fresco. No temía, desde luego, una respuesta violenta a su deserción, pero sí sabía cómo se las gastaba la Orden en materia de incordio, así que prefería no someterse a ningún tipo de interminable charla aleccionadora que, estaba seguro, tendría que sufrir en caso de ser finalmente descubierto.

Día tras día Manuel y Rufo recorrían el camino hasta la orilla del lago y pasaban la mañana disertando sobre temas diversos, aunque por supuesto la mayor parte del tiempo de aquellas conversaciones la acaparaba una única mujer. Después del almuerzo se echaban una siesta, tras la cual regresaban al lago, bien para retomar en la silla plegable y la manta alguna conversación que hubieran dejado a medias, o bien para dar un paseo más allá de aquel punto y adentrarse en el bosque para que Rufo pudiera explayarse a gusto con su talento olfativo. Los días lluviosos o nevosos no salían de la cabaña, y Manuel aprovechaba su melancolía para escribir sus Memorias, empresa que jamás pensaba dar por finalizada porque sabía que siempre esquivaría revivir el asunto de la muerte de su mujer.

Tenía ya registrado en sus desordenados archivos su ingreso en la Orden cuando cumplió los dieciséis años, su conocimiento del Culto ancestral, más antiguo que la más antigua de las civilizaciones conocidas, su juramento de cómo observaría siempre las normas de la Orden en cuanto a la protección del Secreto (sus Memorias eran de por sí una flagrante desobediencia a aquel compromiso, lo cual lo alegraba sobremanera), la llegada al poder en 2041 de los Hombres Buenos y cómo, contra toda lógica, habían conseguido difundir su mensaje de destrucción en aras del Dios Vengativo con el beneplácito de la mayor parte de la población mundial; cómo la sociedad había aceptado ese mensaje y había caído, sin advertirlo apenas, en una segunda Edad Media, y cómo la represión, el horror y la muerte habían llegado al mundo en el nombre de la religión. Cuando pensaba en escribir sobre el Tratado de Lovaina, que en 2046 había puesto fin a toda aquella devota locura, detenía su mano y se daba cuenta de que temblaba; porque ese era el momento de hablar de Úrsula, de cómo la habían detenido casi al final del llamado Lustro Oscuro mientras él, Manuel, se dedicaba a estudiar el cielo nocturno con sus hermanos en busca del Cometa Halley y de algún signo de su inminente apertura, y de cómo al llegar a casa aquella noche de enero la había encontrado abrasada por dentro; a Úrsula, a la mujer de sus sueños, sentada en retorcida postura en el sofá renegrido del salón con el rostro desencajado por sus agónicos dolores gracias a aquel descubrimiento de los Hombres Buenos que sustituyó durante el Lustro Oscuro la quema en la hoguera de los herejes: la Inyección Ígnea. Nunca pudo descubrir quién los habría podido denunciar al Mandato Cardenalicio –aunque albergó sus sospechas— porque tuvo que poner pies en polvorosa sin poder darle siquiera un beso de despedida en la arrugada frente: aún estaba demasiado caliente.

Siempre que llegaba a aquel punto en su recuerdo tenía que dejar de escribir y de pensar, y era tal la repugnancia que sentía entonces por la humanidad al haber permitido que se llegara a semejante situación, que necesitaba varias horas de meditación y vino fuerte para desprenderse del vapor de odio que le nublaba la mente. Úrsula, una de las últimas víctimas inocentes de un pensamiento mal entendido. Como tantos otros. Como siempre. ¿Merecía la humanidad otra cosa que no fuera la aniquilación?

El invierno cedió el paso a regañadientes a una primavera que comenzó tibia. Marzo de 2061 fue un verdadero placer tras un duro y helador febrero, y el Cometa Halley seguía recorriendo su veloz camino hacia la Tierra, acortando la distancia en un ciclo que se repetía —según los expertos— desde hacía unos siete mil años.

¿Qué sucedería en julio? Ni Manuel ni nadie de la Orden podían saberlo a ciencia cierta, pero eran varias las opciones. El mantenimiento del Culto a lo largo de la historia de la humanidad perseguía un último fin: la destrucción de los visitantes. Lo más seguro era que se repitiera el caso de 1986, el de siempre en realidad: que el cometa sencillamente pasara de largo. En ese caso la Orden se cuidaría de transmitir a la próxima generación la doctrina de la hermandad, con el fin de que estuvieran adiestrados para la siguiente visita del astro, más o menos en 2137. Sin embargo, a menudo Manuel se sorprendía deseando que ese año fuera el definitivo. La humanidad no se merecía otra cosa. Lo sentía por Rufo y por él mismo, pero por nadie más.

IV.

Tras una primavera tranquila llegó el verano. El calor hizo acto de presencia a finales de mayo y Manuel sabía que ya no cejaría en su abrasador empeño hasta bien avanzado octubre; en la última década siempre había sido de esta forma.

Fue el 11 de junio cuando Manuel decidió suscribirse –con nombre falso, por supuesto— a la retransmisión digital de un canal científico a través de la Red Eme. El Canal Dseda emitiría un reporte especial diario que cubriría la visita del Cometa Halley, en el que analizarían las características del cuerpo celeste y su periplo regular hasta su regreso a las profundidades del Sistema Solar. Como se podría seguir todos los días de la semana de siete a ocho de la tarde, agradeció aliviado poder sustraerse de la autoimpuesta obligación (tan falsa, por cierto, como su capacidad de autocrítica) de concluir sus Memorias.

Rufo, que con nueve años de edad aún no mostraba el más mínimo achaque y triscaba y brincaba entre los árboles como un cachorro, se dedicaba en cuerpo y alma a escuchar a Manuel desde su manta raída mientras mascaba alguna galleta o bollo. Su amo le hablaba con constancia durante las calurosas tardes a medida que iba recibiendo en su microauricular la emisión digital, explicándole en palabras sencillas al perro los enrevesados tecnicismos con que el presentador del programa y sus crípticos invitados desmenuzaban las noticias.

—“Perihelio” define el punto más cercano del cometa al Sol –informó Manuel a un atentísimo Rufo—. En esos momentos será más visible, sobre todo porque el calor emitido por el Sol hace que la cola sea más larga, ¿entiendes?

—Warf.

—Supongo que los de la Orden estarán más atareados que nunca. Los infiltrados en el Observatorio del Teide estarán anotando como locos todas las posiciones, variaciones de órbita milimétricas y longitud y anchura de la cola. –Soltó una carcajada sin humor—. Nos van a dejar en paz una temporada.

Como mostrando su acuerdo, Rufo enterró la cabeza entre sus patas traseras y dio un par de lengüetazos a sus genitales.

—Te lo he explicado varias veces y no estoy en absoluto convencido de que me hayas prestado la debida atención –continuó Manuel—, pero si este es el año, si ha llegado el fin del ciclo, pronto anunciarán que se han avistado astros menores en la misma órbita, volando detrás del Halley. Si por el contrario no dicen nada al respecto, los hermanos de la Orden podrán morir más adelante, calentitos en sus camas.

La tarde del 3 de julio, mientras descansaba con la cabeza inclinada escuchando el inicio del programa en su edición dominical, bajo el agobio de una de las tardes más calurosas en lo que llevaban de verano, Manuel se incorporó súbitamente y aferró con manos como garras los reposabrazos de su silla plegable. Rufo hizo lo propio y observó a su amo con las orejas levantadas. Pareció que incluso los mosquitos cesaron por un instante su metódico zumbido estival.

—Han localizado hasta trece cometas menores detrás de Halley que viajan estables en su misma órbita –informó con voz monótona, y Rufo emitió un curioso lamento que parecía querer convertirse en un aullido—. Perdona, Rufo, te lo explico: ha llegado la hora.

V.

Las primeras observaciones hablaban de asteroides dispersos que, de algún modo, y al parecer debido a una ligereza fuera de lo común, habían sido atraídos por la masa y velocidad del cometa a lo largo de los últimos pocos millones de kilómetros de su recorrido. Aquello no tenía ni pies ni cabeza, pero por el momento era la única explicación que se les ocurría a los científicos. Durante varios días volaron en un recorrido regular, hasta que de pronto se produjo el segundo acontecimiento que dejó descolocada a la comunidad científica: la cola del Cometa Halley multiplicó en forma absurda su grosor. No su longitud, puesto que las partículas de hielo y gases que iba dejando atrás, a lo largo de millones de kilómetros, seguían su ruta prestablecida tras el núcleo, pero sí su anchura. El desconcierto en las voces de los colaboradores del programa era manifiesto.

—En palabras sencillas –le dijo Manuel a Rufo—, el Cometa Halley ha empezado a desprenderse de la roca que lo cubre. Los pedazos sobrantes van consumiéndose tras él.

Manuel sabía que hacía mucho tiempo que había perdido cualquier posibilidad de intervenir en el asunto. Desde su destierro voluntario en pos del océano sólo podía limitarse a observar lo que iba sucediendo, y eso estaba bien para él: desde la horrible muerte de Úrsula sólo quería dejarse ir y que el resto se fuera con él, por decirlo de algún modo, y Rufo, que era lo único que aún lo ataba al mundo desde que lo había encontrado gimiendo en un contenedor de basura unos años atrás, no tardaría demasiado en partir: cinco, seis, siete años como mucho. Entonces habría llegado también la hora de Manuel.

Sin embargo, la función principal de la Orden era advertir al mundo. No antes de tiempo si era posible, aquello podría ser un error colosal, pero a aquellas alturas de la tecnología armamentística podía significar un giro de 180 grados en las intenciones de los pobladores del Halley.

Porque el cometa y su séquito no era en absoluto un ejército de rocas muertas que flotaban por el espacio en una órbita casual debida a aproximaciones gravitatorias y a vientos solares. Esto hacía que la esperanza de vida de la humanidad acabara de ser recortada de un formidable tijeretazo.

Un par de días después quedó patente que el Cometa Halley y su escolta no iban a limitarse a pasar a varios millones de kilómetros de la Tierra, porque ante un nuevo giro de la lógica, su trayectoria se modificó de pronto en varios grados y enfiló la marcha en una línea recta que apuntaba directamente a la posición que ocuparía el planeta en el espacio el día 28 de julio.

—Ya no cabe duda, Rufo… si es que aún quedaba alguna –dijo Manuel—. Vienen para acá.

—Warf.

DEFLAGRACIÓN

I.

Manuel aprovechó la expectación despertada por los últimos acontecimientos para suscribirse a varias emisiones de la Red Eme. Para el 22 de julio ya apenas se hablaba de otra cosa en el mundo que no fuera del acercamiento del Cometa Halley. Muchas voces se dejaban oír entonces, tanto profesionales como sencillamente inspiradas, en las que hablaban de una inminente catástrofe que generalmente se circunscribía en la teoría del choque cósmico. La tesis defendida por la mayoría hablaba de un inexplicable, pero no imposible, poder de atracción gravitacional de la Tierra hacia el cometa, lo que se traducía en un cataclismo semejante al que produjo, 65 millones de años atrás, la extinción de los dinosaurios. Sin embargo circulaban otras teorías, en su mayoría más acertadas, en las que se hablaba de causas –y consecuencias— de todo tipo.

Una parte de ellas, la que hacía que Manuel sintiera náuseas al comprobar que la gente aún seguía teniendo fe en un Dios después de todo lo ocurrido durante el Lustro Oscuro, hablaba del Arrebatamiento: la larga espera hasta la Segunda Venida del Salvador Jesucristo Nuestro Señor Amén había llegado a su fin. El Hijo de Dios bajaría en su carro de fuego para llevarse a los justos y destruir a los pecadores. Manuel solía explicárselo a su perro con palabras más sencillas:

—Gilipolleces, Rufo. Gilipolleces.

Pero por supuesto, y como venía sucediendo desde la globalización de la información en el siglo XX, existía la llamada “conspiración alienígena”. De hecho eran varias las voces que se oían a este respecto incluso antes de que ocurriera nada anómalo respecto al Cometa Halley. Aquí se hablaba de un inminente ataque extraterrestre por parte de una avanzada civilización colonizadora, que demandaba urgentemente una respuesta a sangre y fuego.

—Desde luego andan más encaminados –le comentó Manuel a Rufo tras explicarle brevemente en qué consistía aquello—, pero tampoco tienen razón del todo. Sin duda alguna la Orden ya habrá puesto en aviso a quien corresponda, pero ¿sabes una cosa? Te apuesto un jugoso hueso a que los gobiernos se lo callan. ¡Oh, sí! –añadió al ver la mirada de desconcierto de su camarada—, sin duda harán algo al respecto. Lo único que nos quedará por ver será quién golpea primero, y si con una sola vez será suficiente. Vamos a oír muchas teorías respecto al origen de los visitantes estos días, Rufo. Unos dirán que se trata de marcianos que nos visitaron hace miles de años, en la remota antigüedad, que ahora regresan para continuar enseñándonos sus secretos sobre cómo construir pirámides por todos lados; otros asegurarán que vienen de la estrella Sirio en busca de metales preciosos, como el oro, que allí ya no pueden explotar; otros tratarán de convencernos de que son los ángeles de Dios con sus trompetas del Apocalipsis; algunos defenderán la teoría de que son humanos del futuro que han viajado atrás en el tiempo para estudiar nuestra sociedad de primera mano; habrá incluso quien afirme que son seres interdimensionales, que se han colado por una grieta en el Multiverso y que van a enseñarnos las infinitas posibilidades de los viajes por el cosmos y sus pliegues. O se podría repetir la mediática escena de cuando yo era niño, cuando apareció aquella extraña esfera negra en un pueblecito de León… ¿Qué te parece?

—Warf.

Llegó el 26 de julio. La cola del Cometa Halley había quedado atrás definitivamente, y desde los numerosos observatorios de la Tierra hablaban, entre desconcertados, asustados y resignados, de una esfera de metal de unos tres kilómetros de diámetro a la que seguían veinte menores, de unos quinientos metros. Se habían advertido, además, numerosos objetos aún más pequeños, del tamaño quizá de edificios de tres plantas, que revoloteaban como moscas alrededor de las esferas mayores.

Se desató el pánico. Ya nadie dudaba a aquellas alturas que lo que se aproximaba era inteligente; las dudas al respecto se atendían únicamente en términos físicos o metafísicos: o eran hombrecitos verdes o era Jesucristo acompañado de su cohorte celestial.

Ni Manuel ni Rufo sentían ese miedo en realidad. Sabían, por las noticias transmitidas a través de la Red Eme y otros canales, que los núcleos urbanos, en previsión de ataques focalizados, estaban siendo desalojados hacia términos municipales de menor tamaño: una medida innecesaria, por supuesto, ya que aquello sólo contribuía a que la población se aglomerara en interminables atascos o muriera aplastada en inmensos gentíos, nada más. El cielo junto al lago seguía siendo azul y los grillos continuaban iniciando su canto al ponerse el sol tras los árboles.

Manuel intuía que debería estar más asustado de lo que se sentía. Había sido preparado a lo largo de casi toda su vida adulta en la Orden para aquellos precisos instantes; sin embargo se sorprendió a sí mismo cuando descubrió que lo que lo embargaba no era el terror, sino una resignada calma. Quizá sencillamente no quería poner nervioso a Rufo, aunque en el fondo sabía que no se trataba de eso. No; muy dentro, donde las cosas duelen, sentía nacer una extravagante alegría, algo casi inapreciable a nivel de consciencia pero que calaba muy hondo: pasara lo que pasara, atacara quien atacara y resultara de todo aquello lo que resultara, lo cierto era que por primera vez estaba comenzando a pensar en Úrsula sin que se le destrozara el corazón.

Seguramente la visión de una futura muerte horrible a base de fuego, similar a la que Úrsula había sufrido, hacía que se equilibrara su concepto de la palabra “Justicia”.

II.

El 27 de julio, a las 16:42 horas según el Meridiano de Greenwich, las naves espaciales se posaron suavemente en la superficie de la Luna.

Aquello dio por concluido definitivamente el debate sobre un cataclismo producido por un choque, que se había mantenido latente hasta el momento mismo en que se detectó la deceleración de los artefactos, iniciada a algo más de un millón de kilómetros. Pero se abrió una nueva línea de argumentación: al parecer cabía la posibilidad de que los alienígenas, al no haber mostrado una inmediata violencia, desearan no invadirnos, sino sólo observarnos, incluso integrarse. La gente confiaba de pronto en que se produjera un contacto beneficioso, el cual sin duda enriquecería ambas culturas. Incluso los defensores de la teoría de la tribulación religiosa comenzaron a dudar: ¿dónde estaba el Fuego Divino? ¿Por qué no habían venido directamente a por los justos y los habían sacado de allí de inmediato para llevarlos al Paraíso? ¿Cómo era posible que los pecadores aún continuaran campando a sus anchas por la Tierra?

La Orden, según la doctrina establecida, seguía sin hacer pública su implicación en el asesoramiento de los gobiernos, por supuesto. Manuel sabía que incluso después de la contienda (si es que existía un después) se mantendría al margen y permanecería en la sombra, destinada únicamente a desaparecer miembro a miembro una vez cumplida su misión. El deseo de Manuel, si pudiera hacer algo, sería otro: la humanidad tendría que saber y pagar.

Mientras Rufo devoraba una tierna madalena, Manuel miró al cielo de la tarde y buscó la Luna, que por supuesto se encontraba visible en aquellos momentos únicamente desde el perfil opuesto del planeta, donde era de noche. En cualquier caso las espesas nubes hubieran impedido su contemplación: se estaba preparando una tormenta, y de las buenas además. El viento revolvió los pocos cabellos que le quedaban en una ráfaga súbita, sensiblemente fría, que le provocó un repentino escalofrío.

—Será mejor que vayamos adentro, Rufo.

El animal obedeció a regañadientes. Manuel se demoró tras recoger la silla y el colchón de Rufo para robarle una última mirada al lago, porque de algún modo sabía que ya no saldría de su cabaña hasta que todo, para bien o para mal, hubiera terminado.

Parece que mi deseo de morir junto al océano no ha sido viable, al fin y al cabo. ¿Por qué me dio por creer que dispondría de más tiempo, si sabía la fecha exacta?, pensó mientras se daba la vuelta y echaba a caminar sendero arriba.

III.

Los representantes de los Gobiernos declararon en rueda de prensa el 28 de julio que habían decidido, por unanimidad, no esperar a ver cómo reaccionaban las naves extraterrestres. Según ellos había indicios más que claros de que se disponían a efectuar un ataque a gran escala, y que estaban preparando sobre la superficie de la Luna una serie de plataformas que sostenían cañones de gran calibre con los que, posiblemente, planeaban enviar armas de destrucción masiva a la Tierra. La Orden estaba ya actuando sin duda alguna. Una operación conjunta llevada a cabo por los países de todo el mundo a lo largo de la última semana había permitido tener casi a punto, a su vez, un arsenal de misiles nucleares que apuntaban directamente a la Luna desde una escondida cordillera en una región profunda de China. Ante el revuelo despertado por estas declaraciones, el Coronel Warrington del Ejército de Su Majestad se levantó de pronto y extendió los brazos, conminando a los periodistas al silencio absoluto mediante su incuestionable autoridad.

—No lo olviden nunca: la mejor defensa es un buen ataque –anunció sencillamente, y volvió a tomar asiento.

Los hurras y vítores, tanto en la sala de prensa como en los hogares de millones y millones de personas que seguían en directo la emisión, ahogaron todo lo demás.

IV.

Manuel se acuclilló junto a Rufo y le pasó la mano por la cabeza con fuerza. El animal había amanecido nervioso y con una actitud expectante, como si supiera que algo estaba a punto de suceder. Manuel, que ya conocía de sobra las costumbres y actitudes de su camarada, se dedicó toda la mañana a obviar su propio cosquilleo de nervios para calmar el de Rufo.

—Tranquilo, muchacho. Tranquilo. No pasa nada, ¿ves?

Señaló hacia la ventana para que el perro pudiera comprobar que ninguna cosa había cambiado, que el mundo seguía girando y que seguiría haciéndolo por siempre jamás, pero fue inútil: ni siquiera apartó los ojos del rostro de su amo. Sólo emitió un ligero murmullo, se relamió un par de veces con las orejas pegadas al cráneo y tembló visiblemente durante unos segundos. A Manuel se le ahogó el corazón.

En ese mismo instante decidió que el Fin de Todo lo sorprendería recostado junto a Rufo y abrazado a él.

V.

A las 14:25 horas del Meridiano de Greenwich del jueves 28 de julio de 2061, las naves atacaron. Desde el cuartel general establecido de manera provisional en el Observatorio de Tenerife obtuvieron la confirmación vía Red Eme, por parte de numerosos observatorios en el hemisferio opuesto de la Tierra, de que en el asentamiento alienígena en la Luna se habían producido de pronto varios destellos de extraordinaria importancia, y que desde allí había partido un incalculable número de cohetes o misiles.

El Coronel Warrington, que poco después sería llamado el “Salvador del Hemisferio”, ordenó de inmediato una respuesta urgente: ciento ochenta misiles equipados con cabezas nucleares, cada una de ellas capaz por si sola de reventar un país entero, partieron con intenciones funestas desde China hacia el satélite. El hombre se lamentaba a gritos de no haber dispuesto de media hora más para haber podido preparar la totalidad de misiles, doscientos doce ni más ni menos, y que el Destino hubiera hecho que los alienígenas se anticiparan a su acción por un brevísimo espacio de tiempo. Por supuesto, la enorme y fluida cantidad de tacos con que acompañó sus alaridos fueron borrados en pro de la posteridad.

Los misiles autopropulsados se cruzaron a unos 240000 kilómetros de la Tierra, cada oleada en una dirección, a una velocidad de 26000 kilómetros por hora los humanos y a 33000 los alienígenas. Por pericia en su programación o por casualidades del destino, sólo dos de ellos chocaron en el espacio, uno de cada bando, y en el de los humanos estaba impreso en el casco la leyenda “IMAGINE”, junto a una elaborada serigrafía de unas gafas redondas; nadie supo nunca si había alguna inscripción en el misil extraterrestre. Ambos se volatilizaron sin afectar a los demás.

A lo largo de las horas que transcurrieron desde el lanzamiento de los misiles hasta los respectivos impactos, todo el planeta Tierra se convirtió en un mausoleo; por primera vez se hizo el silencio absoluto a nivel global.

A las 2:04 horas de la madrugada del 29 de julio de 2061 los misiles alienígenas cayeron en varios puntos del este de Asia y envolvieron en una llamarada infernal todo el hemisferio, desde el oeste de Rusia, el este del Mediterráneo y Arabia Saudí hasta la costa oeste de Estados Unidos y parte de América central, como si se hubiera desatado el Infierno. Todo en un radio de doscientos millones de kilómetros cuadrados se consumió, se fundió, se carbonizó. El mundo entero pudo percibir las consecuencias que acompañaron a la deflagración en forma de una asfixiante –aunque curiosamente no letal— nube tóxica que recorrería el perímetro a lo largo de las horas siguientes; pues en efecto no se trató de una explosión, sino de una combustión. Muchos pudieron “disfrutar del olor del Napalm por la mañana”, como algunos se atrevieron a apuntar más tarde en una broma carente de humor.

Aún había que dar las gracias: la mayor parte de la deflagración se produjo sobre el Océano Pacífico. Las consecuencias de aquello a nivel medioambiental supusieron por supuesto una restructuración de la biosfera a nivel global, pero la recuperación fue mucho más breve de lo que se podría haber supuesto, según algunos a causa de la extraña y en parte desconocida composición química del fuego desarrollado por los extraterrestres, cuyo poder calorífico se restringía a poco más que las llamas visibles. Otro gallo hubiera cantado si los alienígenas hubieran tenido tiempo de efectuar un segundo ataque al hemisferio aún intacto.

Porque a las 5:13 horas de la madrugada según el Meridiano de Greenwich, los misiles enviados por la Tierra llegaron a la Luna y explosionaron con toda su orquesta nuclear.

E hicieron bien su trabajo.

VI.

Manuel no conseguía pegar ojo, como le sucedía seguramente a todo aquel ser humano que a aquellas horas no estuviera viviendo felizmente aislado en una remota cueva. Se había sacado el auricular desde el momento mismo en que había tenido noticia de la partida de los misiles de los visitantes del Cometa Halley y la inmediata respuesta del coronel, un par de horas después del mediodía, y había tratado de hacer que su último día en la Tierra con Rufo fuera lo más elegante posible.

Todo dependía de la velocidad con que recorrieran el espacio las armas de fuego de los visitantes; porque Manuel, como el resto de la Orden, sabía que no enviarían bombas, sino espectaculares versiones de unos efectivos y ciclópeos cócteles Molotov. Ya lo habían hecho antes.

Pasó la tarde y llegó la noche, y Manuel trató de resistir la tentación de colocarse de nuevo el auricular y enterarse de todo lo que estaba pasando, pero ¿para qué? Más tarde o más temprano averiguaría cómo había resultado todo. Prefirió salir con Rufo y acercarse al lago a contemplar las aguas. El animal lo siguió al final al exterior, pero en ningún momento despegó su larga cola de entre sus patas traseras, y lo miraba todo como pidiendo una explicación que respondiera a por qué se sentía tan extrañamente aterrorizado. A cada instante Manuel elevaba la vista y contemplaba las estrellas. Bebía en realidad cada imagen que le llegaba al cerebro.

—Aprovecha y contempla el mundo, Rufo, ahora que estás a tiempo. Pronto volaremos hacia el olvido; pronto nos reuniremos con Úrsula.

Al escuchar el nombre, Rufo levantó un poco las orejas y miró a Manuel, hecho curioso porque no solía hacerlo. El hombre se acuclilló entonces junto a su perro, arrebatado de pronto por una oleada de intenso amor, le palmeó con fuerza el cuello y le dijo:

—Casi la echas de menos, ¿eh? Yo también, muchacho. Yo también. Te encantará conocerla.

En un momento dado se produjo el Gran Resplandor rojizo en el horizonte, casi invisible debido a la curvatura del planeta, pero perceptible a pesar de todo con los instrumentos pertinentes gracias a las cualidades de reflexión de la atmósfera. Manuel no miraba por la ventana en ese momento: había subido a Rufo a la cama, excepción que al animal sin duda le hubiera entusiasmado de no haber estado tan nervioso, y tenía su mejilla apretada contra los bigotes de su amigo para apaciguar su temblor.

Y mientras una mitad del planeta Tierra agonizaba y se consumía en un infierno que se extendía, en una inaudita combustión detonante, a más de siete mil metros por segundo; mientras la deflagración acudía al encuentro de todo y abrasaba a justos y pecadores, a ricos y pobres, a niños y a ancianos, y convertía toda la materia conocida en pilas compactas de carbonilla y ceniza que después se llevaba el viento, la otra mitad del planeta asistía impotente, a través de las diferentes Redes que se iban apagando, a la extinción de sus hermanos del otro lado.

Rufo aulló de pronto: se había desatado el Día de la Deflagración y lo había percibido. Manuel lo abrazó más fuerte.

REVELACIÓN

I.

El 9 de junio de 2069, casi ocho años después del Día de la Deflagración, Manuel se instaló por fin con Rufo en una casita junto al mar.

Había elegido cuidadosamente el paraje porque le recordaba al que había disfrutado sus primeros cuatro años de vida, cuando el mundo era lógico y el universo pequeño. De un frondoso bosque arrancaba un claro de hierba en pendiente hacia la casa, una construcción de piedra a la vieja usanza en la que había gastado una buena parte de sus ahorros, y que daba unos metros más allá a un formidable acantilado que se cortaba de pronto; y justo a continuación, el mar.

Aún no le habían llevado todos sus bártulos, pero la mayoría de cosas útiles ya estaban a su disposición, y dos de ellas eran su vieja silla plegable y la ya destartalada manta acolchada de Rufo. Con una debajo de cada brazo salió al porche y descendió las escaleras. Rufo lo siguió muy despacio: ya nunca correteaba, sus huesos no podían seguir el ritmo de su entusiasmo.

Aquel primer día, y muchos de los siguientes, se dedicaron a disfrutar del calor en sus rostros, mucho más grato que junto al lago u otros emplazamientos anteriores puesto que ahí arriba, por lo habitual, la brisa era relativamente fresca y había pocos insectos. Retomaron la costumbre de filosofar juntos, ya que Manuel sabía que por fin había llegado a su destino, y en adelante y hasta el fin, todo lo que le ocurriera le ocurriría ante el océano.

Los atardeceres en ese marco eran sencillamente espectaculares. Si antes del Día de la Deflagración ya debían de haber sido hermosos, después, con aquel inocuo matiz rojizo que se resistía a irse del horizonte, la belleza de las puestas de sol se había multiplicado. Manuel había eliminado definitivamente las galletas de los aperitivos de Rufo, de modo que ya sólo le daba bollería tierna; eso a Rufo no parecía importarle mucho, siempre había sentido debilidad por las madalenas.

—Ya estamos aquí. Es justo lo que andábamos buscando, ¿eh, muchacho? ¿Qué te parece?

Rufo no dio signos de haber escuchado a Manuel. Observaba con ojos húmedos una lejana bandada de gaviotas que giraba y giraba mientras descendía hacia el agua. Manuel pensó en darle una voz más alta, pero no quería incomodar a su amigo, así que lo dejó pasar.

Bueno, yo también ando algo durillo de oído, pensó.

II.

Corrían los últimos días de septiembre cuando recibieron su primera y última visita inesperada. Poco después de la siesta Manuel y Rufo se hallaban en sus respectivos asientos, el uno desgranando con entusiasmo la importancia capital que tuvo para el Arte la apropiación del Tesoro de Delos por parte de Atenas en el siglo V a.C., y el otro, aparentemente, escuchando con los ojos entornados y la cabeza entre las patas. De pronto Manuel detectó un sutil movimiento por el rabillo del ojo, en el extremo más alejado de su campo visual, y giró la cabeza para observar a un hombre que salía de la espesura del bosque y bajaba hacia ellos por el prado.

Era un tipo de unos treinta años y delgado, cuyo cabello empezaba a ralear en las sienes.

Pobrecillo, tan joven, fue lo primero que pensó Manuel. Se levantó de su silla para que el otro viera que lo había detectado, y Rufo hizo lo propio en cuanto notó que su amo se movía. Después el animal localizó al hombre que se acercaba; soltó un único ladrido y salió tropezando a darle la bienvenida como fue capaz.

Enseguida llegó ante el joven, que sonreía encantado con la amabilidad del animal, y le palmeó varias veces la cabeza, con lo que Rufo se dio por satisfecho y se volvió jadeando hacia su dueño:

¡Mira, Manuel! ¡Mira! ¡Una visita, quién lo iba a decir! ¡Caramba!

—¡Hola! –exclamó Manuel. El otro llegó ante él y extendió su mano. Estaba, como todo él, algo sudada, pues sin duda la caminata había sido larga.

—¡Buenas tardes! Ya empieza a hacer menos calor, ¿eh? Estoy buscando a un tal Manuel.

—Quizá hayas encontrado a un tal Manuel o quizá no –respondió. Se dio cuenta de que sólo sentía curiosidad, no inquietud o miedo en absoluto, al escuchar su nombre falso—. Lo que sí puedo asegurar es que este de aquí es Rufo.

El perro meneó la cola un par de veces a modo de saludo y se echó de nuevo en su manta. El hombre sonrió.

—Bueno, replantearé mi presentación: estoy buscando a un hombre que se hace llamar Manuel. Algunos, hum… ex compañeros suyos me han indicado que podría estar viviendo por estos parajes.

—Entiendo –dijo Manuel, desconcertado de alguna forma por que los hermanos supieran que andaba por allí—. Y esos ex compañeros pertenecían a cierta Orden, y son y han sido siempre tan mojigatos que creen que deben seguir viviendo en secreto o algo así, ¿no?

—Bueno… Más o menos me han comentado que han sido parte activa en todo lo que sucedió hace ocho años durante el Día de la Deflagración, y que no van a soltar prenda por no sé qué juramento ancestral; pero que si quiero obtener alguna información, debería buscar a un tal Manuel, un traidor en cierto modo, puesto que él no estaba ya sujeto a esos estrictos mandatos.

—No te andas por las ramas, ¿eh? ¿Estás buscando información? –preguntó Manuel mientras lo miraba con las cejas levantadas—. ¿No se ha escrito y se ha debatido ya todo lo relativo a ese asunto?

El hombre delgado emitió una especie de risa que denotaba un cierto humor negro.

—Eso es lo que creen los que lo han cubierto desde entonces. Pero en realidad faltan muchas, muchísimas preguntas por responder. Muchos “porqués”. No se imagina cuánto me ha costado dar con usted.

—Entiendo –repitió Manuel.

Se miraron durante un minuto más o menos. Rufo aprovechó el silencio para elevar su hocico y husmear posibles presas en la brisa, aunque más por costumbre que por otra cosa, pues era evidente que aunque las detectara no se levantaría a por ellas. Finalmente Manuel extendió de nuevo su mano hacia el hombre y sonrió.

—Sí, me parece bien… ¿Por qué no? Empecemos de nuevo: soy Manuel.

El otro la estrechó por segunda vez, incapaz de disimular una amplia sonrisa de victoria.

—Antonio Ariza – dijo—. Soy, como habrá sospechado, periodista. En realidad llevo mi propio Blog en la Red Ge; no me daba para contratar uno en la Eme o en la Ene.

III.

Antonio agradeció que Manuel le sacara una silla de la casa y que conversaran ahí fuera, junto al acantilado. Rechazó el par de madalenas que Manuel le ofreció alegando que acababa de comerse un bocadillo en el camino y sacó un pequeño artilugio negro, algo parecido a un mechero.

—Supongo que no le importará que grabe nuestra charla –dijo—. No la emitiré en audio, sólo la utilizaré para transcribirlo al blog.

—A Rufo nunca le ha gustado su propia voz. Le da vergüenza escucharse: creo que por eso ladra tan poco a menudo.

—Eh… Sí. De acuerdo. Bueno, veamos… —dijo Antonio, y pulsó algún botón de su aparato—. 24 de septiembre de 2069 –dijo con voz clara. Luego apretó algo de nuevo y se escuchó repetir la fecha desde la grabadora. Asintió satisfecho porque la brisa no interfería en absoluto.

—Suena bien –aprobó Manuel.

—17:47 horas; martes –dijo Antonio tras consultar su reloj de pulsera—. El entrevistado es Manuel… ehm… Supongo que el apellido dará lo mismo, ¿no?

—Pérez está bien –aclaró Manuel con una sonrisa.

—Manuel Pérez –confirmó el periodista—. Algún lugar entre Lugo y Asturias, ver coordenadas; entrevista 171: Día de la Deflagración, 2061. Asunto: cabos sueltos. Vamos allá. Manuel Pérez: en sus propias palabras, ¿qué sucedió el Día de la Deflagración?

Mantuvo la grabadora en su mano derecha y la inclinó sutilmente hacia él.

—¿Qué sucedió? Bueno, lo que todo el mundo sabe, ¿verdad? –dijo Manuel—. Unos extraterrestres surgieron del interior del Cometa Halley y trataron de exterminarnos. Establecieron una base provisional en la Luna y fueron aniquilados a tiempo gracias a la rapidez de intervención del Coronel Warrington. A su vez, arrasaron con un hemisferio entero de la Tierra con un fuego que quemaba mucho al principio y que se apagó solo a las pocas horas. Después la humanidad ha podido seguir su camino.

—Manuel, existen varias incógnitas que requieren de una respuesta breve y podemos sospechar, gracias a fuentes contrastadas, que usted sabe más que muchos; intente contestar en pocas palabras, si se ve capaz, ¿de acuerdo?

Manuel asintió. Rufo emitió un suspiro y cambió ligeramente de postura.

—¿Por qué cree que los extraterrestres no trataron de comunicarse con nosotros antes de lanzar su ataque?

—Supongo que por lo mismo por lo que el Coronel Warrington no trató primero de comunicarse con ellos: por si acaso.

—¿Por qué no enviaron sus misiles de fuego a ambos hemisferios del planeta a la vez?

—Pues para no destruir la totalidad de los recursos naturales, podemos suponer.

—¿Por qué esos siete u ocho mil años de órbita en el cometa antes de desprenderse de la roca? ¿Por qué no lo hicieron antes de que estuviéramos preparados? Cuando estábamos en las cavernas, por ejemplo.

—Por casualidad. No sabían en qué estado habían dejado el planeta cuando… —Manuel contempló de pronto fijamente a Antonio y pareció meditar unos instantes. Después dijo: —Mira, si estás de acuerdo vamos a hacerlo de otra manera. Llegaremos antes al fondo de la cuestión. Voy a contarte una historia; puedes grabarla, después sacarás tus conclusiones y Rufo y yo daremos por finalizado nuestro compromiso, ¿te parece?

Antonio, momentáneamente sin palabras, asintió. Le brillaban los ojos.

—Bien. Escucha entonces. ¡Rufo! –añadió en voz bien alta girando la cabeza hacia el perro—, esto también va por ti. Por si queda alguna laguna en tu escaso conocimiento.

Rufo miró a Manuel como si no pudiera creer que su amo dudara de él.

—Todo empieza con una civilización cualquiera. En un oasis en mitad del espacio una raza prospera por encima de otras y comienza a agotar los recursos de su vergel. En términos de años transcurre mucho tiempo, pero en el cómputo del Universo no es más que un guiño. Las civilizaciones se elevan y en algún momento tienen que caer. Ha sucedido siempre. Imagínate un planeta completamente infestado. Los recursos del suelo y del cielo están casi agotados por completo, y muy pronto serán insuficientes para mantener a todo el mundo. ¿Qué se hace entonces?

Antonio respondió en tono de pregunta.

—Pues… ¿Lanzarse al espacio para localizar otro planeta?

—Correcto –dijo Manuel—. Sin embargo, ¿qué sucede si la civilización es avanzada, pero no tanto como para poder recorrer aún el Universo de un lado a otro hasta llegar a un planeta habitable?

Antonio se devanó los sesos, el ceño en su frente así lo delataba. Finalmente dijo:

—En ese caso, supongo que… Bueno, pues que no habría más remedio que afrontar la extinción.

—Es una posibilidad, sí. Sin embargo hay otra opción: esperar a que el planeta natal se recupere por sí mismo, ¿no crees?

—¿Que se recup…? Bueno, ¿cómo podrían hacer tal cosa si ya es demasiado tarde? En un planeta devastado supongo que la superviv…

—Seguro que conoces el concepto del barbecho –interrumpió Manuel—. Cada cierto periodo el agricultor quema una porción de tierra de labranza, con lo que esta, al cabo de un tiempo, recupera sus características óptimas para ser sembrada de nuevo. ¿Ves a dónde quiero ir a parar?

—Creo que sí. Pero no entiendo qué tiene que ver con los extraterrestres que vinieron en 2061. Ellos sí que tenían tecnología para cruzar el espacio, ¿no? ¿Quieres decir que cuando llegaron aquí intentaron abrasarnos, y después iban a esperar miles de años en la Luna a que la Tierra se recuperara? ¿Disponían de medios para hacer tal cosa en ese pedazo de roca?

—No –dijo Manuel—, lo que quiero decirte es que esos extraterrestres que vinieron en 2061 no tenían la capacidad de hacer viajes interestelares.

—¿No podían cruzar el espacio? –De pronto Antonio abrió mucho los ojos—. Espera, ¿estás diciendo que…?

—No estoy diciendo nada, sólo divago –dijo Manuel con una sonrisa a medias—. Rufo siempre me ha comprendido, así que supongo que tú no tendrás problemas. La civilización que está a punto de extinguirse llega a un extremo en el que tiene que tomar una decisión. Una durísima decisión, por cierto. Tiene capacidad para llegar al espacio, pero poco más. No puede alcanzar otro planeta habitable, ya que el más cercano está a varios miles de años luz. ¿Qué hace entonces?

Antonio no respondió, pero su grabadora tembló ligeramente en su mano. Manuel contestó su propia pregunta.

—Pues lógicamente, los hombres de esa civilización crean una especie de arca de Noé, se meten unos cuantos en ella, se envuelven en roca, se lanzan al espacio y se colocan en una órbita regular bien calculada como si fueran un astro cualquiera. Así no hay necesidad de gastar combustible. Ahora, imagínate que esa civilización sí que tiene conocimientos criogénicos o genéticos avanzados: programan su letargo —o su tubo de ensayo— durante miles de años, a salvo durante su viaje cíclico espacial, y acuerdan despertarse –o nacer— cuando consideren que el planeta ha tenido tiempo de sobra para recuperarse de… bueno, del barbecho.

—Dios mío… —musitó Antonio.

—Dios mío, sí –coincidió Manuel.

IV.

Antonio no podía desprenderse de su cara de pasmo, era sencillamente incapaz. A Manuel aquello parecía divertirlo en cierto modo.

—En resumen –dijo el periodista con vacilante voz—: que una humanidad anterior arrasó a fuego nuestro mismísimo Planeta Tierra, después se lanzó al espacio, se congeló en un sueño milenario, se colocó en una órbita fija y despertó cuando consideró que ya podía regresar.

—Eso es bastante acertado, sí.

—Pero… Cuando salieron del Cometa Halley descubrieron que la Tierra ya estaba ocupada… por nosotros.

Manuel sonrió.

—Imagínate su chasco. Toda la operación se va al garete en un segundo porque cometieron un error hace 75000 años.

—¿75000 años? ¿No 7000?–se asombró Antonio.

—Sí, 75000 más o menos. Un error lógico, teniendo en cuenta que su intención primera era carbonizar su planeta, no hacerlo volar en pedazos: algunos hombres de su civilización, junto a innumerables restos, sobrevivieron bajo tierra a la tormenta de fuego. Debes entender que la intención de aquellos hombres era poder regresar en el futuro, y por eso crearon aquel fuego tan curioso que pudimos ver el Día de la Deflagración. Aquellos pocos supervivientes que quedaron en el planeta, tras largo tiempo y bajo unas condiciones de vida que no podríamos ni imaginarnos, pudieron un día salir de nuevo a la superficie y vieron que el planeta ya se había empezado a recuperar. Tendrían que empezar de cero, por supuesto: sus hermanos los habían devuelto a las cavernas.

—Sus hermanos…

—Sí, sus hermanos. Sus padres. Los nuestros.

—Entonces…

—Sí –dijo Manuel—. Como una maldita guerra civil. Los que andamos por aquí somos descendientes directos de aquellos que hace ocho años aparecieron en el cielo y trataron de masacrarnos. Se quisieron asegurar de que los recursos se habían recuperado por completo y se pasaron de fecha: ya habíamos avanzado aquí abajo. Demasiado para su gusto, sin duda, aunque si hubieran hecho acto de presencia hace diez mil años, por ejemplo, la Orden se hubiera ocupado de combatirlos con piedras y palos. Si se supieran leer correctamente algunos jeroglíficos, hace tiempo que todo esto se conocería. No soy el primer tránsfuga ni mucho menos.

—Creo que ya entiendo entonces en qué consiste la Orden esa a la que pertenecía usted…

—Es muy simple: la Orden se creó en el mismo instante en que nuestros hermanos vieron cómo las naves se iban al espacio con un puñado de elegidos y nos dejaban caer sus misiles en su Gran Traición. Los primeros miembros mantuvieron ese conocimiento y lo transmitieron a las generaciones venideras, pero lo hicieron en secreto, porque tenían que fundar la nueva civilización en la creencia de nuevos dioses y sin embargo sabían que algún día los aniquiladores regresarían. Así ha sido hasta ahora. Si lo piensas bien, la Orden ya ha cumplido su misión; ya se puede disolver. El Secreto ya no tiene sentido.

—Pero… ¿por qué ya no es un secreto? ¿Por qué me lo cuenta ahora? ¿No deberíamos mantenerlo oculto, no vaya a ser que se repita la historia? –exclamó Antonio—. ¡Esto es sencillamente incr…!

—Rufo y yo nos consideramos filósofos. Como tales, hemos estudiado al hombre y sus motivaciones, hemos mantenido discusiones interminables, y hemos llegado a una conclusión que sin duda coincide con la de los hermanos de la Orden, pues de otro modo no estarías aquí hoy: tenemos fe en el ser humano. Nos ha costado mucho, no imaginas cuánto, tras el Lustro Oscuro, pero…

Antonio soltó una despectiva carcajada.

—¡Fe en el ser humano!

—Sí –dijo Manuel—. Hasta hace no mucho yo era partidario de la extinción absoluta del hombre. Había contemplado siempre su actitud destructiva y deseaba más que nada una retribución justa, en forma de genocidio, por la pérdida de… bueno, de Úrsula. Quería que, en los últimos estertores agónicos de la humanidad, el nombre de mi mujer resonara en todas las mentes; y después, el vacío. El vacío para todos. ¿Sabes qué me pasó para cambiar de opinión? Poco después del Día de la Deflagración, en plena vorágine informativa y atónita, miré a Rufo y después… me observé a mí mismo.

Hizo una pausa. Al cabo la quebró Antonio con impaciencia.

—¿Y?

—Se me ocurrió que si un animal como Rufo, si cualquier animal en realidad, es capaz de sentir algo por un solo miembro de nuestra raza, aunque sea sólo un ligero respeto preñado de curiosidad, ¡no digamos ya amor!, entonces… quizá entonces aún valía la pena.

—¿Valía la pena el qué?

—Existir –dijo Manuel, y sonrió.

Antonio observó a su informador sin decir nada durante un buen rato; Manuel sabía que el periodista estaba asimilando toda la información. Acababa de descubrir que la humanidad era mucho más antigua de lo que se suponía, que el Día de la Deflagración no había sido una guerra interestelar sino una masacre entre padres e hijos, que no nos diferenciábamos en nada a los visitantes del Cometa… Él mismo había pasado por un proceso similar de aceptación cuando cumplió los dieciséis años e ingresó en la Orden.

—¿Qué tal? –preguntó al fin Manuel, a la vista de que Antonio no abría la boca y seguía inmerso en sus pensamientos.

—Ah… —exclamó volviendo de pronto a la realidad—. Bueno… Bien, supongo. Sí, bien. Pero… Bueno, usted lo entenderá… ¡Somos los mismos que nos hemos aniquilado una y otra vez! ¡Una y otra vez! Necesitaría pensar… —murmuró para sí. Se levantó, apagó la grabadora y sacudió la cabeza.

—Me voy. ¡Sí, me voy! He de rumiar todo esto. Tengo que decidir… –Miró de pronto a Manuel con cierta ira—. ¡Por qué me ha contado usted todo esto! ¿Qué hago yo ahora?

Manuel se encogió de hombros.

—Lo publicarás. Piensa en una de las máximas filosóficas más optimistas y, por tanto, más veraces: hemos de conocer los errores del pasado para no repetirlos en el futuro. Será de gran ayuda.

Antonio guardó la grabadora en un bolsillo y se llevó las manos a las sienes. Después sacó de nuevo el aparato, lo miró como si no supiera cómo había llegado a su bolsillo, se acercó al borde del acantilado y echó el brazo hacia atrás, a punto de arrojarlo al mar, pero se detuvo y lo volvió a guardar con una sonrisa extraviada. Rufo y Manuel siguieron los movimientos del periodista con cierta indiferencia.

—Lo publicarás –repitió Manuel desde su asiento—. Si no hubieras venido, pronto habría contactado yo con alguno de los tuyos.

—¡Pues gracias! Y váyase a la mierda –escupió Antonio inesperadamente; soltó una carcajada y enfiló el sendero hacia el bosque a grandes zancadas sin decir una palabra más.

Manuel palmeó la cabeza de Rufo en el momento en que Antonio desaparecía entre los árboles.

—No te lo he dicho nunca, pero cuando me reclutó la Orden mi reacción fue bastante parecida a la de este joven.

—Warf –murmuró Rufo no muy convencido, pero se olvidó de todo cuando su camarada le acercó una madalena al hocico.

V.

Manuel se suscribió a la Red Ge sólo para comprobar, sin sorpresa alguna, que Antonio Ariza publicó el artículo en su blog al día siguiente de la entrevista. Una tarde de octubre Manuel y Rufo, como siempre, ocupaban sus cómodos puestos frente al acantilado. El olor del mar, con la añoranza ancestral que despertaba invariablemente en los dos amigos, se hacía presente con toda su fuerza, traído por la brisa de otoño.

El revuelo que se produjo en todos los ámbitos de la sociedad no tuvo precedentes. A pesar de todo muchas voces se alzaron, sobre todo desde ciertos sectores religiosos, aduciendo que aquello no era más que una malintencionada patraña. A Manuel y a Rufo no les importó lo más mínimo: el solo hecho de que miembros afines al sector eclesiástico negaran rotundamente la información hacía que esta cobrara aún más verosimilitud, al menos a sus ojos y a los de muchos. Y al final el mensaje calaría hondo, Manuel estaba convencido de ello; ¿quién se lo hubiera dicho hace unos pocos años?

—No esperaba otra cosa, Rufo, ¿y tú? Hace 75000 años los humanos intentamos aniquilarnos; pero también hace 15000, y hace 1000, y el siglo pasado, y durante el Lustro Oscuro. ¡Siempre! En eso es en lo único en que somos realmente constantes; y sin embargo somos igual de constantes en nuestra fe en nosotros mismos. –Miró a su perro con los ojos empapados en años de profundo respeto, y más que eso—. Por eso te tengo en tan alta estima, Rufo.

—Warf –correspondió el animal.

Pasaron los días. Manuel y Rufo se entregaron a su nueva y bienvenida rutina, abundante en conversaciones optimistas en lugar de catastróficamente pesimistas, y Úrsula se saneó en el pensamiento de ambos y se convirtió en un alma que, por fin, había alcanzado la paz. El invierno fue poco a poco enseñoreándose del paraje, y por respeto a los dolores óseos de Rufo, evidentes aunque no se quejaba ni una sola vez, Manuel desplazó las charlas filosóficas al interior de la casa, junto a la chimenea, donde ambos se encontraban más a gusto.

Y a mediados de diciembre, transcurrido ya su tiempo juntos, Manuel y Rufo dieron por finalizadas sus charlas filosóficas. Uno de los dos amigos se quebró de pronto, tranquilamente, con el hocico apoyado en la manta, y el otro entendió de inmediato que aquello era todo. Se levantó de su sillón mientras el sol se esfumaba lentamente a través del cristal empañado, el mismo sol que había sido testigo de tantas cosas y al que aún le quedaban tantas cosas por ver. Cuáles en concreto, sólo el tiempo lo diría. Entre crujidos de sus viejos huesos, Manuel recogió a Rufo, lo estrechó entre sus brazos y se dirigió a la habitación a oscuras caminando lentamente.

Depositó al perro en la alfombra junto a la cama; se desvistió, se tumbó, se tapó bien con la manta y cerró los ojos.

 

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