El velo del templo

El Gran Or disfrutaba de los momentos más tranquilos que su jornada le permitía. Era en aquellos preciosos instantes cuando daba orden tajante de que nadie lo molestara bajo ningún concepto: sólo diez minutos abstraído de su tarea como Regulador del Universo… No era demasiado pedir, a juicio suyo.

Por eso sintió una viva y ardiente cólera cuando su discípulo, Negamis Pacificador, entró como una tromba de agua en las Estancias gritando a pleno pulmón.

¡Maestro! ¡Maestro!

Pero, ¿cómo osas, oh melón, interrumpirme en este momento de dicha? ¿Acaso quieres conocer el alcance de mi cólera?

Negamis no pareció amedrentarse ante la amenaza, lo cual hizo que el Gran Or le prestara al instante toda su atención.

Ha vuelto a pasar, Maestro. ¡Ha vuelto a pasar!

Los ojos de Negamis reflejaban un horror absoluto, algo que el Regulador recordaba haber visto sólo una vez en todos sus largos años.

¡Por el viejo Eripe! —se alarmó—. ¿Estás completamente seguro, mentecato?

Compruébelo usted mismo, Maestro… ¡Ay, calamidad!

Ambos se dirigieron a toda prisa a la Sala de Engranaje. Allí el Gran Or pudo comprobar, desesperado, que su discípulo tenía razón.

Oh, no… —murmuró cuando vio la vieja y grasienta rueda, que giraba a saltos irregulares sobre un eje que amenazaba con romperse—. Oh, no…

¿Por qué sucede esto, Maestro? —le preguntó Negamis con súplica en sus grandes ojos.

Ojalá lo supiera, Negamis —respondió con voz tensa—. Corre, sujeta de ahí, y sostenlo, ¡por lo que más quieras! No dejes que se te escape. ¡Desapareceremos todos si esa rueda se sale de su sitio!

Negamis obedeció. Todo su cuerpo temblaba y se lubricaba con un acre riego: sostenía en sus manos el corazón de la Máquina, y la Máquina hacía funcionar el Universo. Un solo paso en falso… No quería pensarlo. No podía pensarlo. Y, como su maestro, sufrió de veras por segunda vez en su larga vida.

El Gran Or introdujo las manos en los huecos practicados junto a cada muesca y tiró hacia sí con todas sus fuerzas, tratando de re encajar la rueda en su posición y normalizar la maquinaria. Su discípulo apoyaba mientras todo su peso en el grueso eje con el fin de que este no se partiera con la operación.

Durante dos minutos el Universo corrió serio riesgo de replegarse y desaparecer, y sólo el Regulador y su discípulo fueron conscientes de tan descomunal peligro.

Por fin, la rueda cedió a los esfuerzos del Gran Or, y con un formidable chasquido cósmico encajó de nuevo los dientes en su sitio, junto a la otra rueda, y todo volvió a la normalidad. El Gran Or y Negamis se sentaron en el suelo, agotados y jadeantes. Al cabo de un rato, el maestro habló.

Vamos a averiguar qué ha sucedido.

En la penumbra de la Sala de Visión, Negamis observaba cómo su maestro estudiaba con todo cuidado el Saco de la Vida. Éste estaba lleno a rebosar de millones de pequeñas fichas, parecidas a huesecillos diminutos, blancuzcas y de una apariencia áspera. Del saco parecía emanar una tenue luminosidad. El Gran Or revolvió un par de veces con sus viejas y callosas manos, y de pronto sus ojos se abrieron con sorpresa, y sacó una pequeña ficha de color marfil. La observó unos momentos.

Ésta ha sido —dijo casi para sí, y la llevó a la mesa de estudio. Negamis no perdía detalle. El maestro tomó asiento y acercó la vista, y estudió la pieza durante largo rato. Finalmente, asintió.

¡Ah, sí! Ha sido él, pero… ¿cómo diantres…?

Para Negamis, el Estudio de la Vida constituía aún un misterio indescifrable. Cuando supiera cómo hacerlo, tomaría el lugar del Gran Or y dejaría de ser discípulo, y su maestro podría retirarse a descansar junto a los Otros que lo precedieron. Pero de momento tenía que contentarse con las explicaciones que el viejo le daba, a veces tan vagas que llegaba a desesperarse.

¿Qué ha sucedido, maestro? —le preguntó.

Camina conmigo, Negamis.

El Gran Or pasó un brazo sobre sus hombros. Aún respiraba con dificultad cuando comenzó a explicarle lo que había averiguado.

¿Recuerdas cuando sucedió por primera vez, Negamis?

Claro, Maestro.

Aún no hemos sabido por qué, o cómo, logró aquel otro hombre abandonar el sentido circular y convertir su Tránsito en una espiral. De algún modo que no soy capaz de imaginar, aquel hombre rompió el hilo que llevaba siguiendo inmutablemente, y que hace de la vida un círculo de eterna repetición; logró actuar de manera distinta a la que, desde un principio, le estaba destinada. Durante eones había evitado aquella muerte que pendía sobre él, y eso era correcto, porque era lo que estaba establecido que debía hacer: huir. Sin embargo, en un momento dado, hizo algo que se salió de su plan de vida: decidió por sí mismo dejarse apresar, y fue finalmente crucificado, cuando lo que siempre había hecho era esconderse y evitar la muerte hasta más adelante. ¿Cómo lo consiguió? Lo ignoro.

Pero aquello, de alguna manera, desestabilizó a la Máquina, y a punto estuvimos de convertirnos en Nada. Era algo que jamás había sucedido, y que pensamos que jamás volvería a suceder. La espiral se estabilizó, y su vida tomó un rumbo diferente. Había cambiado su destino, ¿lo entiendes?

Sí, Maestro.

Pues bien, ha vuelto a suceder. Hay en la Tierra un hombre que ha conseguido romper el círculo, y ha conseguido algo que no estaba en su plan de vida.

El Gran Or guardó un breve silencio, meditabundo.

No, no puedo entenderlo —dijo al cabo—. Si la acción en concreto desestabiliza su destino, ¿por qué no actúa sobre el de los demás? Las personas que rodean al fugado cambian también su círculo, y sin embargo, es como si no hubieran hecho antes otras cosas. ¡No puedo entenderlo!

Negamis guardó silencio.

Con el primer caso, llegué a pensar —continuó— que todo se debía a un colosal error aislado; que la voluntad del hombre, ahí cuando dudaba en aquel monte, no había tenido nada que ver con su cambio de destino. Pero ahora este segundo hombre me ha abierto una posibilidad: que se haya tratado de un esfuerzo semiconsciente por su parte. Y la causa la sospecho, pues en ambos casos ha sido la misma.

Negamis esperó, pero su maestro parecía perdido en su propia mente, y lo azuzó.

¿Cuál es esa causa, Maestro?

El Gran Or lo miró cansadamente.

El Amor. El Amor, Negamis. Y lo que más me aterra es que, si mi suposición es correcta, podría volver a suceder—. Un esbozo de sonrisa asomó a sus agrietados labios, una sonrisa no exenta de amargura—. ¿Qué fuerza es esa, Negamis? ¿Qué indecible poder reside en ella, que es capaz de alterar el curso de los acontecimientos de semejante forma? ¡Por el viejo Eripe! He llegado a pensar que, si realmente un día la Máquina se rompe, todo se desvanecerá… Excepto el Amor. ¡Qué tiempo, Negamis, nos ha tocado vivir!

Negamis no le respondió. Salió de las Estancias con la cabeza gacha, mientras su maestro tomaba asiento de nuevo y volvía a coger la pequeña ficha, y se quedaba allí, en la oscuridad, contemplándola en silencio. Tras un largo rato depositó la ficha de nuevo en el Saco de la Vida, y se dirigió al balcón, donde una balaustrada de ópalo y marfil se abría ante el espectáculo más maravilloso y más horrendo de todos: el Infinito, en cuyo vacío se agitaban cosas que ni el mismo Gran Or se atrevía a desafiar. Tosió un par de veces, tapándose la boca con una mano arrugada, y se preguntó, no por primera vez, cuándo estaría su discípulo preparado para sucederle.

La noche sin estrellas reflejaba la calma de dos corazones que se enfrentaban al conocimiento de un hecho atroz. Dos corazones, cuyo más ardiente deseo era estar juntos, trataban de aceptar que, por causas que apenas comprendían, y que en el fondo no les importaban, debían separarse y dejar de sentirse. Dos corazones que jamás habían tenido la oportunidad de compartir sus latidos aceptaban con una calma admirable el fatídico destino que había de separarlos. Se comunicaban a través de los ojos serenos y tristes, pues las palabras no eran necesarias para decirse las cosas. Nunca lo habían sido.

El chico acarició suavemente la mejilla de la chica, y ella no se apartó. Pasó la mano por su cabeza, y notó que su corazón saltaba en el pecho. Se acercó un poco a ella, y entrecerró los ojos, y ella suspiró sin querer y lo cubrió con su aliento, dulce y cálido, y él estuvo entonces a punto de echarse hacia atrás. Pero algo se lo impidió, algo que le gritó con voz potente en la cabeza. Lo dominó de pronto el pensamiento de que algo tan grande no podría sino destruirlo, y así hubiera sido: se habría apartado de ella, y hubiera seguido un camino totalmente diferente.

Sin embargo, dominado por el impulso de su corazón, que a su parecer estaba a punto de estallar, acercó finalmente sus labios a los de ella. Y mientras entraban en contacto, y se daban ese beso que nunca debería haber existido, al chico le pareció escuchar un crujido lejano, como si un avión rasgase el cielo con el beneplácito de algún dios olvidado. Pero no le prestó atención, y supo de pronto que su auténtico destino acababa de ser sellado.

One response

  1. Qué alegría me ha dado encontrarte, currucú!!! Muy bonito el relato. Me ha recordado a esto:

    Hambriento, solo y hambriento,
    vuelve a su casa,
    donde la rueda del tiempo
    está pinchada.

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