El Renuente

Era grande mi esperanza de que saliera ilesa de aquel encuentro. Y sin embargo, no lo creía; esa era mi impresión cuando le escuché darle al tipo el sí por el teléfono.

A juzgar por su cara de felicidad, que me hizo sentir un retortijón en el vaporoso estómago, ella ya estaba preparada para rehacer su vida. Pero, cuando has dedicado tu carrera a la investigación como yo, sabes que hay tipos y tipos. Por mala fortuna, o quizá por un arranque de sadismo, ella parecía dispuesta a dejar que aquel hombre, si se le puede dar ese calificativo a semejante mierda, entrara en su vida. Yo sabía que era una mala jugada, malísima, pero ¿cómo iba a decírselo? Yo ya no tenía derecho a inmiscuirme en sus asuntos. Aquello había quedado atrás hacía un año y nueve meses: una fecha importante, desde luego, en la que todo cambió.

Sin embargo, si de algo puedo vanagloriarme, siempre que se tome desde el punto de vista de una virtud, claro, es de mi cabezonería. Yo ya no estaba ahí para darle apoyo, ella me había dejado atrás, pero me negaba a dejar de vigilarla. Era, como su madre la llamaba tan a menudo, una cabeza loca, que parecía atraer problemas casi en cualquier circunstancia. Por lo tanto, alguien tenía que cuidarla. Y, aunque lo nuestro ya había terminado, ¿quién mejor que yo?

Desde que teníamos dieciséis años habíamos estado el uno junto al otro. No siempre como pareja, claro; bastante a menudo tuve que soportar el hielo que recubría mi corazón cuando la veía entregarse al primer pazguato que tenía, bastardo afortunado hijo de puta, la inmensa y poco apreciada suerte de estrecharla entre sus brazos. Aquello cambió un día en que, no sé por qué, noté que me miraba con ojos más atentos y cautos de lo normal.

Ni siquiera me di cuenta de que me estaba besando hasta que pasaron unos segundos.

Desde aquel día resolví estar siempre a su lado. Oh, todo acabó, por supuesto; de otro modo no estaría contando esto. Pero aquellos primeros meses fueron, sin lugar a dudas, los más felices de mi vida. Ella lo era todo para mí. ¿Pude ser tan imbécil de creerme que en su pensamiento se agitaban pensamientos parecidos? Vaya que sí. Como un auténtico campeón de la idiocia. ¡Por favor, no! No me lo merezco. Gracias, gracias.

Llegué al piso que compartíamos un poco antes de lo habitual, tras el trabajo. ¿Os suena? Debe de ser el más aterrador de los miedos del hombre enamorado: llegar a casa temprano.

Yo me di de narices con la escena. No pienso entrar en detalles, porque es posible que algún día os crucéis con ella por la calle y seguro que le diríais algo de mi parte. Debe bastar si os digo que lo que me encontré allí me destrozó el corazón para siempre. Caí al suelo: tan rápido se extendió el nervio a lo largo de mis piernas. Y con la nebulosa del olvido, me dio tiempo a maldecir la promesa que una vez le hice, una noche de luna llena, mientras los juncos se meneaban a la orilla del lago y se susurraban lo que quiera que se susurren los juncos cuando no tienen otra cosa de qué hablar.

   Siempre te protegeré.

Esto me lleva de nuevo al presente. No he sido capaz nunca de romper mi promesa, un juramento tan sagrado como el más sagrado de los votos, al que me ata una hebra de plata que se creó en su corazón, y que ni la destrucción del mismo corazón podrá romper jamás. Maldita perra.

La seguí de lejos a su premeditada muerte. No creía que pudiera verme, pero aun así anduve con cuidado. Iba caminando a largos y ligeros pasos de bailarina, y los rizos de su cabello se bamboleaban al son de sus hombros suaves, sólo delicados hasta que llegaba el momento de deslizar el tirante de su vestido. Sentí una repentina angustia, porque comprendí que no podría salvarla y cumplir así mi promesa… a menos que ella deseara salvarse a sí misma.

Pero por su forma de correr hacia el gilipollas aquél, comprendí que iba a ser una ardua tarea.

¿Cómo era el tipo, exactamente? No podría definirlo de una manera individual, porque hay un buen puñado de excrementos demasiado semejantes. El típico cretino, supongo. Pero tenía las manos enormes y duras, eso sí puedo decirlo, y no podía (o no sabía, quizá) disimular un brillo asesino en los ojos extraviados. Creo que estaba montado en una nube mientras la veía acercarse a él. ¡Jo! ¡Qué suerte tengo! ¡Verás cuando se lo cuente a mis colegas!

Lo besó. Pude verlo a pesar de la distancia que yo procuraba mantener entre nosotros. Un beso nada torpe, decidido, que prometía mayores placeres en un tiempo extremadamente corto. Y el muy gilipollas levantó las cejas y la miró con suficiencia, como si todos los días tuviera la oportunidad de intimar con una chica como ella. ¡Imbécil redomado! Apreté los puños por desintoxicar un poco los vapores de rabia de mi corazón.

Echaron a caminar. Subieron en un taxi, y me las arreglé para seguirlos. Es fácil, recordad: soy un experto en camuflaje y espionaje. Accedieron, tras una carrera de unos veinte minutos, a una zona de descampados a las afueras de un polígono industrial. Seguramente aquella era la idea que tenía el mamotreto ese de una velada romántica: un polvo entre los matorrales, rodeados por el olor de los neumáticos requemados que impregnaba el aire.

Me introduje tras ellos por el camino de tierra que serpeaba, entre latas y condones usados, hasta llegar a un claro. Eché una mirada de profunda lástima a la mujer de mi vida. ¿Eso era lo que ella quería? ¿Después de mí, en eso consistía su deseo? ¿De verdad de la buena?

Parecía que sí. Se echó ante él de pronto. Justo encima, la rama gruesa y retorcida de un árbol que nacía, Dios sabría con qué esfuerzos, al borde del claro, los contempló como único testigo de la depravación a que se disponían a entregarse.

Comenzó el espectáculo. No temí que, entre las embestidas rápidas y furiosas, pudieran percibir mi presencia, así que me acerqué. Allí la vi a ella, tumbada, con una sonrisa que era más una mueca mientras él aplicaba toda su fuerza en desgarrarla. Le estaba gustando. Qué cojones: estaba en éxtasis. No creí que pudiera soportarlo.

Ya iba a darme media vuelta, mientras pensaba en la promesa que habría de romper al fin y al cabo, cuando él pareció terminar de repente. Hubo una última sacudida, y la espalda se arqueó hasta que casi pareció romperse. Ella, al comprender lo que acababa de suceder, abrió mucho los ojos e intentó retirarse.

—¿Qué haces? —le preguntó, empujando sus hombros para separar el cuerpo fofo que descansaba, de pronto agotado, sobre ella—. ¿Pero qué coño…?

—Arf —dijo él con elocuencia. No podía verle la cara, que estaba enterrada entre sus pechos.

—¡Capullo! ¡No tomo la píldora, te lo había dicho!

Entonces, tras un segundo esfuerzo por separarlo, él levantó de pronto la cabeza y la miró. Me aterró el brillo que titilaba en aquellas pupilas dementes.

—¿Y qué? —dijo desafiante, y le sujetó las muñecas.

—¡Mierda! ¡Eres gilipollas! ¡Quita!

—No —dijo con calma.

Ella se retorció.

—¡Que te quites!

—No.

Las manos de él, gruesas y callosas, se dirigieron a su cuello de cisne y se cerraron en torno a él. Era como ver a un gigante sujetando una piruleta.

—¡Quit…!

La voz se desvaneció y la sustituyó un gemido ronco cuando él apretó. Mi corazón se puso a galopar: había llegado el momento de salvarla.

Otra vez.

La fuerza de la promesa, como ya he dicho, mantenía unido mi corazón al de ella. Atravesé el claro, me situé junto a la rama retorcida y, haciendo un extraño esfuerzo, conseguí que se soltara produciendo un sonoro chasquido. Sé que ella no me vio, aunque sus ojos estaban abiertos como platos y yo me encontraba directamente en su ángulo de visión; pero me gusta pensar que sabe quién le quitó al energúmeno de encima.

Dejé caer la rama sobre la nuca rapada que tan gentilmente se ofrecía al cielo, y procuré que, tras el formidable golpe, no la dañara a ella. La sangre del idiota salpicó como un aspersor en todas direcciones, porque a falta de ideas, al menos de líquido su cabeza estaba bien llena. Murió en el acto. Lo sé porque lo vi irse directamente a través de la tierra humeante.

Y yo me retiré de nuevo al ver cómo ella se levantaba, tratando de respirar mientras se subía las bragas llenas de paja. Le dedicó un vistazo al cadáver y luego miró a su alrededor, con gruesas lágrimas de dolor y vergüenza que comenzaban a correrle por sus preciosas mejillas.

Por un momento, sus ojos se cruzaron con los míos, pero ella no hizo ningún gesto de reconocimiento. Se me rompió el corazón.

Fue al día siguiente al cementerio. Llegó ante una lápida solitaria mientras yo la seguía, desplazándome con cuidado entre las tumbas a una distancia prudencial. Allí se demoró varios minutos, que luego se convirtieron en varias horas. Yo no me moví de mi escondite, y no le quitaba el ojo de encima.

Cuando se marchó, sentí de pronto que ya iba siendo hora de romper mi promesa. No podía seguir protegiéndola eternamente. Tendría que seguir su vida, y yo tendría que permitírselo de una vez.

Casi había anochecido. Cuando su figura desapareció, tras el portalón de madera pintada de blanco descascarillado del cementerio, me aproximé a la tumba y la contemplé un rato sin demasiada curiosidad.

La conocía de sobra.

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