Diario de un Rodríguez

Día 2.

Hoy he tropezado al levantarme con la ropa que dejé tirada anoche. Las pelusas parecen decididas a enseñorearse de cada rincón de la casa. En la cocina huele a aceite quemado: no limpié bien la vitro del aceite que salpicó de los huevos anoche y el café apesta a gallinácea. He adelgazado once kilos en poco más de 48 horas. Casi no me queda cerveza. Hay colillas por todos lados, incluso en un plato, apagadas contra la salsa de tomate que me sobró de los macarrones. Pero he hecho algo útil: ya casi me he terminado el Castlevania 2 de la PS3.

Día 3.

Desde anoche, algo se ha hecho fuerte en el salón. Por fortuna ya había terminado el Castlevania, pero acceder ahora se me antoja una tarea imposible, a juzgar por los rugidos que provienen tras la puerta cerrada y los muebles que he apilado allí. No obstante, a falta de tres días para el regreso de la Doña, y con tantas Partidas Entre Bandas por disputar en el Red Dead Redemption, creo que tendré que enfrentarme a la Bestia. Temo, además, haberme dejado dos gatos en el salón. Descansen en paz.

La casa ha cambiado de configuración, aunque no entiendo bien cómo ha podido pasar. Los pasillos llevan a habitaciones que no reconozco, algunas de aspecto casi selvático, y hay hongos extraordinarios creciendo a su antojo por doquier. He visto incluso un brote de roble bajo la mesilla del dormitorio.

He encontrado un palo extraño que quizá podría utilizar como arma. Tiene unas tiras húmedas en un extremo y estaba guardado dentro de un barreño con agua; no sabía que Doña tenía este tipo de ingenio defensivo; me viene bien. Me he puesto el barreño en la cabeza y voy a tratar de abrir el salón y aniquilar a la Bestia.

Si no volviera… decidle a Doña que la amé tiernamente.

Día 3, más tarde.

Al fin puedo sentarme a escribir. Estoy sangrando por múltiples lugares de mi anatomía, algunos de los cuales ni siquiera sabía que podían sangrar.
Ha sucedido algo increíble: he derrotado a la Bestia. Ha sido espantoso, pero al final lo he conseguido.

Aparté los muebles y abrí un resquicio de la puerta, y al asomarme vi al ser que había emergido de lo más profundo de los infiernos, que salía a recibirme por entre las pelusas: de algún modo, los dos gatos que me olvidé allí anoche se habían fusionado, creando uno solo enorme, rápido, feroz y mortífero. Seguramente por falta de alimento, aunque esto no lo puedo asegurar.

En fin, he entrado con el Palo Mágico de Hacer Ignotas Cosas de la Doña bien aferrado y he tratado -¡ay, en vano!- de arrear un mandoblazo al Coloso. Con facilidad me ha esquivado, mientras me arañaba y bufaba como sólo saben hacerlo ciertos entes cuyos nombres no puedo ni quiero dejar aquí plasmados. Al final he tenido que huir, esquivando la muerte por los pelos, y he conseguido hacer retroceder la zarpa asesina que me buscaba por el hueco de la puerta con la intención de terminar de desgarrarme del todo.

Y estaba a punto de llamar a Doña para que se cogiera de urgencia el primer vuelo desde Italia y acudiera a mecerme en mi desconsolado llanto, cuando he recordado que en la casa hay un Instrumento, otra de esas cosas extravagantes que Doña guarda, que podría funcionar. Sólo sé que se enchufa y que hay que darle a un botón que tiene oculto en algún lugar.

Y así he entrado de nuevo en el salón, jungla y dominio del Coloso, que me recibía con ávida alegría, y he aplicado el único dedo que me quedaba sano en el botón correspondiente y ¡oh gloria!, de inmediato eso que llaman EL ASPIRADOR ha empezado a emitir su atronador estruendo. ¡Ah, qué victoria, qué gozo, ver al Coloso huir, todo él patitas, de todo acercamiento por mi parte! Tal ha sido mi acérrimo acoso que finalmente, a desgana y sin duda poseído por un sentimiento de odio inmortal, la alquimia se ha roto, el Coloso se ha dividido y los dos gatos han encontrado la forma de esquivarme por separado, como dos rayos del cielo, a través de mis piernas.

¡Cómo, tan burlón como puedo ser, he silbado y abucheado en su huida desesperada a esos seres demoniacos! Ya conquistada la victoria he apagado el artefacto, lo he dejado allí y he recorrido el pasillo a través de hiedras venenosas y múltiples peligros hasta este, mi reducto, el único lugar de esta casa metamorfoseada, tras sólo tres días a mi cuidado, en el salvaje vergel primigenio de la Creación.

Y no estaba tan herido, pero ya a las puertas del despacho, dos fugaces sombras, amparadas en la penumbra de la espesa jungla, en el sotobosque donde no llega ni un rayo de sol, han saltado de pronto y me han cercado con sus brillantes ojos, apoyados por los otros tres cabronazos que sí que creía que me tenían en alguna estima, hasta que he reculado y me he encerrado aquí.

Y ahora mismo los escucho arañando la puerta, ávidos de mi carne y de mi sangre, aullando como enloquecidos, exigiendo el tributo debido a su gran deidad y a sus ansias carnívoras.

Han probado mi sangre y quieren más. Debo establecer otro plan o Doña se verá en gran peligro cuando abra la puerta de la entrada pasado mañana y no haya nada entre ella y estos cinco demonios peludos.

Menos mal que ayer salí a comprar cerveza y podré resistir el asedio; eso sí, de la PlayStation me olvido…

Por el momento.

Día 4.

Las horas transcurren con una lentitud pasmosa. Ni en el más alocado de mis sueños se me habría ocurrido que el cuarto día de las vacaciones de Doña iba a estar tirado en mi despacho parapetado tras una endeble puerta, una única tabla de madera que me separa de cinco gatos que hasta hace poco eran mis amiguitos, y que sólo desean entrar para bañarse en mi sangre.

Llegan además nuevos sonidos del resto de la casa. Juraría que hace un rato he escuchado el trompetear de un elefante, aunque a juzgar por el poderoso retumbo, más bien se trataba de un mamut. Y unas pisadas formidables han hecho estremecer los cimientos desde el baño. ¿Es posible que en esta casa se esté desarrollando un nuevo génesis natural y estén cobrando vida, aquí y ahora, seres primitivos que suponíamos ya extintos? Espero que no; ya sería el colmo tener que limpiar a toda prisa una cagada de diplodocus. A Doña le daría un patatús.

No sé si es el hambre, el frío, el calor, la sed o el sueño, pero cuando he abierto la ventana para que entrara un poco de brisa, algunas de las pelusas han volado desde las esquinas y se han arremolinado, junto al polvo sobre las estanterías, alrededor de una extraña masa fungiforme, de pálida fosforescencia, y algo ha debido de suceder que se me escapa, porque se ha creado una especie de vórtice, un agujero oscuro de bordes brillantes, e iba aumentando su tamaño hasta que, aterrado, he detenido el proceso cerrando de nuevo la ventana. Me dan miedo las cosas cósmicas porque no las entiendo muy bien, pero sospecho que esto va a suponer la salvación de mi día de hoy, ya que a través del ojo del pequeño agujero negro he podido vislumbrar lo que parecían ser el fregadero y la vitrocerámica de la cocina.

Si soy capaz de reunir el valor suficiente, cuando sienta que mi cuerpo esté a punto de desfallecer, volveré a abrir la ventana para que la corriente cree de nuevo el vórtice y trataré de atravesarlo para hacerme con unas pocas provisiones. Anhelo las sobras de macarrones con tomate que tuve la prudencia de guardar en la nevera; aunque fríos, supondrán todo un banquete para este náufrago desolado.

Mientras tanto seguiré siendo poco más que un testigo sonoro de los acontecimientos que se van desarrollando tras la puerta, y seguiré deseando que mañana por la noche, cuando regrese por fin Doña, todo haya sido una pesadilla producida por la desmedida ingesta de comida basura, cerveza y tabaco con que he regado mi existencia estos últimos días, y pueda sentir que ella me despierta con un suave beso en la frente.

Día 4, más tarde.

He visto cosas espantosas. No, no ha sido más allá de Orión, aunque podría afirmar algo semejante y todo el mundo llegaría a creer que sé de lo que estoy hablando. No.

He vivido una multitud de mundos nuevos y a la vez viejos, un Regulador del Universo que atiende al nombre de Or, ni más ni menos, y un sinfín de posibles tránsitos y causas para otro sinfín de tránsitos y consecuencias. He hablado con el Demiurgo y él me lo ha dejado caer todo.

Pero me estoy adelantando. En primer lugar, ¿cómo es posible que sólo cuatro días de Rodríguez hayan llevado al Universo conocido al borde de la destrucción por causa exclusivamente mía? En segundo lugar, ¿cómo es posible que la Casualidad haya puesto en mis manos tal descoco? Y tercero, y más importante: ¿he descubierto la forma de tenerlo todo bien preparado y limpito para que, cuando Doña llegue a casa, no se percate de las gravísimas consecuencias a nivel cósmico que ha podido traer el mero hecho de dejarme a mí unos días solo durante sus vacaciones?

Volvemos al punto en que, al atardecer, mi cuerpo contempla al fin que, o lo recupero a base de macarrones, o me monta una Guerra Civil a nivel cardiaco de cojones. Decido pues hacer caso omiso de los gruñidos que parecen casi palabras que oigo a través de la puerta (sí, lo que sea que allí aguarda está evolucionando hasta el punto de poder utilizar el lenguaje), y abro la ventana y espero que suceda lo que tiene que suceder.

La escena del vórtice se repite. Esta vez permito que su tamaño alcance más o menos las proporciones de mi cuerpo acuclillado, y sí, me decido, ¡qué leches!, y doy el salto, un salto increíble que dudo que muchos osaran dar alguna vez en su vida.

¡Oh maravilla, oh increíble Universo compuesto de sustancias tan evidentes que su mera contemplación nos pasa desapercibida, siendo tan simples en su esencia!

Veo de pronto a un tío que concreta mil opciones y salva y aniquila a distintas humanidades a través de las eras, que pacta con uno y con otro y con otro y, en su Gran Traición, con, todos a la vez: el Multiverso.

Veo un Mundo Nuevo en el que Dios queda sólo relegado a aquellos que esperan de él misericordia, y no incordia a quien no se la pide: Metatrón.

Veo a la gente arremolinada alrededor de una gran figura, y no es admiración lo que andan gritando mientras cae una hoja de plata: Sentido común.

Atravieso lo que parece un huracán y llego a la cocina en un succionador suspiro.

¡Caramba!, no me había dado cuenta al primer vistazo de que esta cocina, al contrario de la que me correspondía, estaba limpia y recogida. Ha sido caer allí y entender que algo iba muy mal. No olía a fritanga. En cualquier caso he volado a por los macarrones; pero no había macarrones. Me ha valido el tupper de gazpacho que tan bien hace Doña. Aunque… ¿me había dejado gazpacho? Hubiera jurado que no.

Y ha sido en el momento en que volvía al vórtice, abierto en una esquina sin pelusas, cuando he escuchado en mi mente la voz del Gran Or, Regulador del Universo, manipulador de los Engranajes, que se dirigía a mí porque notaba que algo estaba trastocando el Equilibrio.

Desaparece y aparece donde te corresponde”, escuché, “no está permitido que las mentes como la tuya influyan en el Tránsito y el Tiempo no entiende de caprichos estúpidos”.
Y era tal la realidad de esa voz externa, que incluso me he atrevido a responder, seguramente confiado hasta el extremo sólo por tener el estómago lleno.

Dime pues, oh Regulador –pues sabía de algún modo que se trataba del tal Regulador- , cómo coño voy a explicarle mañana a Doña qué diantres ha sucedido aquí”.
Y sólo ha respondido:

Sabrás lo que hay que hacer cuando llegue el momento oportuno. Simplemente recuerda: el Tiempo no existe. Ahora, ¡desaparece de este Universo! Contaré contigo mañana… si el mañana existiera, claro”.

De modo que, con el estómago bien lleno y con mil preguntas en mi cabeza, he atravesado el agujero negro de vuelta a mi despacho, ¡qué experiencia!, y aguardo a saber qué hacer exactamente mientras me relamo, como se relamen fuera esos bichos ya parlantes: creo que tengo una gran idea.

¿Funcionará? Ni zorra.

Día 5.

Y al fin ha llegado el día. Doña regresa esta noche a las diez, y yo sigo enclaustrado en mi selvático despacho, de cuya disposición original no queda más que este ordenador envuelto en musgo; el resto, sin que yo haya tocado nada, ha variado de lugar. Afortunadamente el hongo mágico sigue en su esquina y el polvo sigue cubriendo casi todas las superficies. Tampoco sé cómo ha ocurrido, pero la ventana antes se abría hacia adentro y ahora es corredera; no obstante, sigue ahí. Puedo intentarlo aún.

Definitivamente, las criaturas que me esperan fuera están trazando un plan a viva voz. Parece que uno de mis gatos va a ser utilizado como ariete por el resto, sacrificándose en beneficio de la comunidad, como las hormigas de una colonia, y además están en negociaciones con una tribu de lo que, a juzgar por sus gañidos, son neanderthales. Espero que me dejen tiempo suficiente.

He conseguido dormir un poco, sólo un poco. Lo que me dispongo a hacer es muy arriesgado, pero debo hacerlo, no hay otra manera. Si saliera mal, el Universo tal y como lo conocemos desaparecería en un instante, pero me consuela saber que, de ser así, ninguno de vosotros será consciente, sencillamente porque ninguno habríais vivido nunca.

Pero la recompensa es demasiado golosa. No puedo permitir que Doña vea en qué ha quedado convertido nuestro hogar, bajo mis cuidados y en su ausencia.

Transcurren las horas. Tengo que esperar, cuanto más tiempo mejor.

Sabréis si mi plan ha funcionado sencillamente si a lo largo del día comprobáis que seguís existiendo.

Deseadme suerte. Si fuera posible, pronto podréis leer la conclusión de esta aventurilla. Si no… sabed que siempre os quise mucho a todos.

Minutos más tarde.

¡Maldición! ¡Han empezado! Van a echar la puerta abajo. Oigo sus gruñidos ansiosos, su hambre voraz, su deseo de mi destrucción absoluta. No tengo más tiempo. Debo partir ahora. ¡Adiós!

Día 5 (Día D de Doña). De madrugada.

¡Todo ha terminado!

Doña duerme ya en nuestra cama, feliz e ignorante de todo lo ocurrido, y yo me encuentro en mi despacho finalizando esta crónica; después iré junto a ella y la abrazaré bien fuerte. Y si de camino alguno de mis gatos tiene a bien cruzarse en mi camino, posiblemente se lleve un puntapié.

Todo ha salido bien en alas de la casualidad. Cuando las bestias echaron la puerta abajo yo ya había conseguido crear el vórtice, que debido a la corriente producida cuando las bestias irrumpieron en el despacho aumentó considerablemente su tamaño. Me dio tiempo a vislumbrar en qué monstruosas criaturas se habían convertido mis gatos. Cinco seres indescriptibles nadando en tentáculos y colmillos, racimos de ojos y aletas dorsales (¿para qué desarrollarían aletas dorsales en casa? Creo, aunque no puedo asegurarlo, que a aquellas alturas había un gran pantano en el salón, o de ahí parecía proceder una húmeda hediondez). Tras ellos iba una legión de feroces hombres caníbales, casi monos, portando herramientas de piedra que, por su borde dentado, supuse destinadas a desprender la carne de mis huesos.

Saltaron sobre mí mientras yo desaparecía dentro del vórtice; pero me quedaba algo por hacer. En un último esfuerzo, arriesgando una seria amputación, agarré el hongo fosforescente y tiré de él hasta arrancarlo y arrastrarlo conmigo. Mientras encogía mi brazo vi que un hacha de sílex caía a pocos centímetros de donde había estado mi muñeca, junto con un gruñido de decepción.

El vórtice se cerró en este lado, y yo salté al otro justo a tiempo; y aquí lo fundamental, lo que creo que nos salvó a todos: dejé el hongo dentro del torbellino.

¡Chas! Se cerró a mi espalda, y me pareció que en ese momento un gran trueno rasgaba el cielo, aunque el día era brillante, y supuse que el sonido se había producido cuando la gran maquinaria del Universo cayó sobre sus ruedas dentadas, a un pelo de haberse salido de su sitio.

Estaba en la cocina. Y por dejar el hongo dentro había conseguido que se formalizara la paradoja: si lo hubiera traído conmigo habría regresado unas semanas antes y el mundo de las vacaciones de Doña seguiría estando ahí, en el futuro. Sin embargo conseguí lo que sospechaba que podría ocurrir: el tiempo seguía su curso (el tiempo como concepto, ya me dijo el Gran Or que como tal no existía), pero me había traído EL ESPACIO.

En resumen, y que os lo explique otro más claramente si tal cosa es posible: estaba en el quinto día de las vacaciones de Doña pero la casa estaba tal y como era dos semanas antes, bien limpita, sin bestias: sólo cinco gatos cabrones. Vi que un perrito extremadamente feo corría a saludarme: genial, ahora un perro además de los gatos. No obstante, tan majo era que en pocos minutos me había ganado el corazón para siempre. Esa es la única novedad que he podido comprobar hasta ahora, después del choque de mundos.

Verifiqué que todo estaba en buen estado y me senté en el salón a esperar a Doña echándome una partida a la Play Station. Transcurrieron las horas y se hizo de noche, y en un momento dado escuché la llave en la cerradura, y tanto los gatos como el perro como yo salimos corriendo a recibirla.

Y se abrió la puerta y entró ella, y nos abrazamos y nos besamos, y Doña comprobó mientras yo le llevaba la maleta a la habitación que todo estaba bien. No se imaginaba que en realidad la última limpia la había hecho ella misma pocas horas antes.

Bueno, no está demasiado recogido, pero te has portado —me dijo con una gran sonrisa.

Se me ocurrió responderle que todo estaba como ella lo había dejado, incluso pensé en contarle de qué forma se había arruinado el hogar y el mundo entero bajo mis atenciones en sólo cinco días. Pensé en ello y después pensé: ¿Para qué?

De modo que ante su comentario sólo reí y abrí los brazos para que viera que nuestra casa estaba en perfecto estado:

Hombre, Doña, ¿qué esperabas?

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