Asarania

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo Amén.

Amén.

En la penumbra, lo único que podía percibirse con claridad eran los ojos. Miraban alternativamente en tres direcciones: a la mujer, al hombre y al cura. A este último parecían dedicarle mayor atención, y el brillo amarillento de los iris felinos titilaba con odio cada vez que se cruzaban las miradas. El cura estaba realmente aterrorizado; los otros dos, bastante menos. De hecho, parecía más bien que no sentían ningún temor.

La poseída era la madre de la mujer. Jadeaba desde la cama donde la habían sujetado con unas fuertes correas de cuero, y daba la impresión de estar relajada pero a punto para un nuevo ataque de furia. Sonreía. Y babeaba.

El cura destapó el frasquito de agua bendita y roció a la yacente. Ella comenzó a agitarse de pronto y a sisear como una serpiente. Dio comienzo el exorcismo.

Aquella misma tarde, cuando aún era de día, el cura había pulsado el timbre.

Mientras esperaba a que lo abriesen, jugueteaba con un cordoncillo de su chaqueta: no recordaba haber estado nunca tan nervioso. Y no era para menos: su primer caso de exorcismo. Él no se veía capacitado en absoluto para llevarlo a cabo, y el obispo no sólo lo había mandado, en su opinión, muy a la ligera, sino que además lo había mandado solo. Quiso hacer ver al obispo que él no era el hombre adecuado, que aún rozaba demasiado la juventud como para tomarse muy en serio el asunto, y que prefería, si era posible, seguir en su iglesia escuchando las confesiones de las mamichachis, siempre preocupadas por las mismas estupideces a las que él se había acostumbrado: que si es pecado operarse las tetas, que si he sido infiel en pensamiento (y obra, casi siempre) con el jardinero guapetón, que si mis hijos me tienen frita y no paran de pedir y los quiero estrangular… Pero no. El obispo se limitó a menear una mano cuando él comenzó a exponer sus argumentos de protesta, y lo despachó con una mirada significativa: ahora tengo asuntos más importantes que resolver. Salió furibundo, aunque mantuvo la educación y permitió que entrara la doncella en la estancia con una inclinación de cabeza.

No tuvo tiempo de documentarse. Por fortuna, había leído El Exorcista hacía sólo un par de meses, y tenía el rito más o menos fresco en su memoria. Pero claro, ¿y si nada salía como en el libro? ¿Y si la señora, en vez de vómito verde, decidía arrojarle, no sé, tarántulas venenosas? ¿Entonces qué?

Improvisaría. No tenía otra opción, no podía desacatar la orden del obispo, aunque esta hubiera sido precipitada. Así que, según salió del Obispado, enfiló hacia su iglesia, rellenó el frasco con agua bendita, agarró un par de cruces y de hostias y su vieja Biblia, y condujo hacia la casa de la desdichada sin haber podido siquiera adecentarse un poco.

Escuchó los pasos que bajaban las escaleras, y se pasó una mano por el cabello. No quería dar impresión de inseguridad. Dejó de menearse y se mantuvo erguido, sosteniendo su pequeño maletín con ambas manos por delante de la cintura. Por dentro, sin embargo, era un manojo de nervios.

Cuando se abrió la puerta se llevó una ligera sorpresa. Él había esperado que esta se abriera de golpe, y algún infeliz lo hiciera entrar a empujones entre súplicas y lloros. Esperaba terror. Y, sin embargo, abrió un hombre con toda tranquilidad y lo miró curioso desde la rendija de la puerta entreabierta.

¿Sí?

Este… Soy el padre Ramón. Me envía el obispo Carmona…

El hombre puso cara de no estar entendiendo nada.

…Por lo de la poseída, y eso…

¡Ah, sí, padre! Perdone. No sabía que habían enviado a nadie. Pase, pase. ¡Lidia! Ha venido el cura a ver a tu madre.

Mientras el padre entraba en la casa, una hermosa mujer de unos cuarenta años salió de la cocina y lo contempló con una medio sonrisa. Se estaba secando las manos con un trapo viejo. Extendió una hacia el padre, quien la notó fresca, suave y sensual en grado sumo.

Vaya, padre. No nos habían dicho que iba usted a venir.

Hola… Pues sí, el obispo me ha hablado de un caso de posesión en esta casa. ¿Es que quizá no…?

Sí, es aquí. Es mi madre. Pero la verdad, lleva tanto tiempo así que, honestamente, no esperábamos a nadie. ¿Quiere una taza de café?

El padre Ramón asintió confundido. No había preocupación, no flotaba nada maligno en el ambiente. Parecía una casa en que la vida transcurriera con absoluta normalidad. Estaba a punto de comentárselo a su anfitriona, que ya se dirigía de vuelta a la cocina, cuando de pronto se escuchó un rugido en el piso de arriba.

¡GRRRAAAOOORRR…!

Era una voz gutural, demoniaca, que le puso los pelos de punta. Pegó un respingo y miró hacia las escaleras. Esa no podía ser la voz de una mujer. Quizá un hombre, uno muy gordo y asalvajado, podría emitirlo si fumaba mucho, pero una mujer…

Mire, ahí la tenemos —dijo el hombre—. Le está diciendo hola.

¿Esa era su madre? —preguntó atónito el padre a la mujer. Ella movió la cabeza arriba y abajo con lentitud.

Venga a la cocina, padre, que le voy a contar los detalles.

Era casi de noche cuando comenzó la entrevista. Estaban los tres, padre, hombre y mujer, sentados ante una mesita blanca de madera con sendos cafés ante sí, que humeaban y desprendían un penetrante aroma. Al padre Ramón se le había desvanecido por completo la sensación de calma que le transmitía el lugar, y desde el gruñido que había escuchado un rato antes, lo que sentía era amenaza, el ojo del huracán, la tensa espera del que aguarda con los ojos cerrados al mecanismo que hace descender la hoja mortal de la guillotina. Miró a la mujer y preguntó con un hilillo de voz:

¿Cuánto tiempo lleva así?

La mujer, que en aquellos momentos sorbía de su taza con cuidado de no achicharrarse, miró al techo y dejó escapar un suave mugido, mientras calculaba mentalmente.

Hmmm… Unos quince años, creo… Quince años, ¿no, Paco?

El hombre asintió.

Sí, quince años, o dieciséis. Un par de años después de casarnos, más o menos.

¿Quince años? —casi gritó el cura.

Más o menos —respondió Lidia—. Verá, padre, no comenzó de la noche a la mañana. Le llevó su tiempo transformarse.

¿Quince años, y me mandan ahora a mí? —exclamó el padre Ramón—. Por Dios, si cuando comenzó yo no había empezado siquiera a fumar.

Bueno, es que, en realidad —intervino el hombre—, no hicimos público el caso hasta hace unos cinco años.

El padre Ramón abrió mucho los ojos.

Pero, ¿y eso?

A mi madre —explicó Lidia— nunca le había gustado mucho Paco. Mientras fuimos novios disimuló bastante bien, aunque a mí no podía engañarme. Pero cuando nos casamos y nos vinimos a vivir aquí, pareció que su furia contenida comenzó a desbordarse. Empezó a insultarnos y, poco a poco, a hacer cosas más desagradables. Pensamos que, simplemente, la vejez la estaba afectando. Pero como era viuda, y sus hermanas nunca la habían soportado, nos la trajimos a vivir aquí. Todo fue a peor durante muchos años. Y achacábamos sus levitaciones y sus vueltas de cabeza a algún trastorno de la edad, hasta que, hace cinco años, vimos en cine la reposición de una vieja película y nos dimos cuenta de lo que estaba pasando realmente: algo, algún espíritu o demonio, había tomado posesión del cuerpo de mi madre.

¿Y qué hicieron entonces?

Bueno, en primer lugar, investigamos por nuestra cuenta. Rebuscamos en un montón de libros y archivos. Leímos acerca de Pazuzu, y finalmente decidimos que no era el mismo demonio. Hablamos mucho con ella, y ella se nos reía en la cara y nos confundía, haciéndonos creer que era muchos demonios a la vez. Ahondamos en los misterios órficos y en los cultos a Príapo y a Pan, a Osiris y a Anubis, y a antiguos dioses babilónicos como Baal y Zebud, pero no pudimos llegar a ninguna conclusión. Mi marido consiguió tras muchos esfuerzos una copia de ciertos pasajes de un libro prohibido, el Necronomicon, pero sólo descubrimos algunas semejanzas con los métodos de un tal dios Azathot para instalarse en este mundo; por suerte, aunque ha realizado varios intentos para seducir a algún hombre despistado, el aspecto de mi madre no le ha permitido encontrar a un tipo dispuesto a engendrar con ella.

Hemos cambiado varias veces ya de lechero —intervino el hombre.

Por último, recurrimos a la Biblia. Pero ni mi marido ni yo logramos entender mucho acerca de Satanás, que parecía más que nada un compendio de todos los espíritus malignos sobre los que ya habíamos leído, así que, como último intento, hicimos llegar el caso a ustedes, a la Iglesia. Al principio nos sentimos un poco mal, padre. Habrá de comprender que ni Paco ni yo hemos sido nunca excesivamente cristianos, por así decirlo. Pero habíamos llegado a un punto muerto, así que nos decidimos y los llamamos.

Hace cinco años —puntualizó Paco, con cierta mordacidad.

Nos dijeron que estudiarían los datos del caso y nos harían llegar una respuesta, y hasta hoy, con su llegada, no supimos nada más; ya habíamos pensado que se habían olvidado de nosotros, o que habían considerado que el asunto mostraba poca credibilidad. En todo este tiempo mi madre ha cambiado muy poco. Sus ataques son quizás un poco más violentos, pero en conjunto, como conclusión, podría decirse que nos hemos acostumbrado. Yo ya ni siquiera uso tapones para dormir.

Pues no entiendo porqué han tardado tanto en enviar a alguien —dijo el padre—. ¿Nunca vino un sacerdote para autentificar el caso, ni hubo una llamada, ni nada?

Nunca. Pero ya le digo, casi nos habíamos olvidado del asunto.

Dios mío, lo siento. Supongo que habrá habido algún problema con el papeleo, o algo así.

No tiene que disculparse usted, no se preocupe.

Y, ¿qué es lo que hace? ¿Cuáles son los síntomas que presenta? ¿Supone una amenaza física?

Bueno, no sabría decirle algo muy concreto. Cada vez que subimos a cambiarla o a darle la comida nos sale con algo nuevo. Suele estar más o menos calmada, porque a ciertas horas, cuando está en pleno frenesí, debe de agotarse bastante. Procuramos no entrar cuando oímos que hay jaleo, y aprovechamos al sentir que se le ha pasado. Hoy supongo que estará tranquila, porque ha tenido uno muy fuerte este mediodía. De todos modos, padre, cuando subamos a verla, será mejor que vaya con cuidado. A veces habla de los curas, y no parece que os tenga en muy alta estima.

¿Subir a verla?, se dijo el padre, y otra voz le respondió, no muy firme: Claro, ¿para qué has venido si no? Y como si le hubiera leído el pensamiento, volvió a escucharse la horrenda voz desde el piso de arriba; amortiguada por la puerta de la cocina, eso sí, pero perfectamente audible en su atronadora potencia:

¡SUBE, CURILLA!

La mujer lo miró; el hombre lo miró. El padre Ramón comprobó con un vistazo rápido que no se había orinado en los pantalones, y vistió su expresión con un gesto mil veces repetido en sus confesiones.

Vayamos, pues —dijo.

Subir las escaleras supuso ya una dura prueba para la valentía del padre Ramón, pero cuando se detuvieron los tres ante la puerta de la ominosamente cerrada habitación descubrió que, simplemente, no podía. No podía abrir, entrar y enfrentarse a una criatura sobrenatural sin haber sido preparado para ello. ¡Por Dios, si esa misma mañana había desayunado sus madalenas con toda la tranquilidad y felicidad del mundo! Era un cambio de perspectiva demasiado brusco. Por ello, y tratando de disimular el temblor de sus manos, se puso a rebuscar en su maletín muy aplicadamente, y dejó que el tipo, o la tipa, lo precediera. El hombre extrajo una llave del bolsillo y comentó, mientras la hacía girar en la cerradura:

No busque tanto, padre. La llave la tengo yo.

El padre Ramón ni siquiera se sonrojó.

A medida que la puerta giraba sobre sus bisagras y el aire estancado de la habitación se escapaba por la abertura y rodeaba a los tres durante un momento, el padre sintió algo diferente, un tipo de cambio íntimo que pareció dotarlo con nuevas fuerzas. Quizá fue porque su mente se hizo definitivamente a la idea de que ya no había vuelta atrás, o puede que Dios le enviase realmente nuevas energías para que realizase la tarea; el caso es que, de pronto, no sólo perdió el miedo, sino que sintió también que quería enfrentarse al demonio de la habitación. Así pues, aferrado a su cruz, penetró decidido en la penumbra, con pasos firmes y largos, y exclamó con voz autoritaria y poderosa:

¡Yo te expulso, oh criatura del Averno, en el nombre de Aaaaah!

Su voz poderosa se convirtió en el grito agudo de una mujercilla cuando vio por primera vez a la señora en la cama. Su resolución se esfumó tan rápido como había aparecido, pero casi no se dio ni cuenta. En su cabeza sólo quedó el horror, el horror por lo imposible.

Lo que lo miraba sonriente desde la cama no podía ser una mujer de ninguna manera. Su anatomía sí recordaba a la de un ser humano, pues tenía cabeza, tronco y brazos, ojos, nariz y boca. Pero algo, quizá las proporciones, estaba terriblemente mal dispuesto en aquel ser. Miraba al padre Ramón desde unos ojos enormes, lobunos, que expresaban una hilaridad apenas contenida.

¡Bueno, por fin! —dijo con aquella voz rasgada y cavernosa que ya había escuchado el padre un par de veces—. Pensé que nunca íbais a terminar con tanta cháchara, ahí abajo. Eres valiente, Cerdote… ¿Te molesta que prescindamos del “sa”?

Dios mío —murmuró el padre Ramón. No sé si voy a tener fuerzas, pensó aterrorizado. Al ambiente de la habitación, ya bastante cargado de por sí, había que añadirle el olor que penetraba en sus fosas nasales con la fuerza de una tempestad: un olor a carroña, a viejo, a maldad. Un olor indefinible.

¡Doña Rosa, por favor! —dijo Paco de pronto, y avanzó hasta la cama. Para la completa estupefacción del padre Ramón, el hombre no mostró miedo alguno—. El padre Ramón ha venido a verla con toda su buena intención, ¡y mire usted cómo lo recibe! ¿Qué va a pensar?

La mujer lo miró con odio, y jadeó.

Tú cállate, enano, puto gnomo, que me has robado a mi hija. ¡Vago! Ya te lo haré pagar a ti también. Sigue removiéndome, y acabarás viendo el lodo que descansa en mi fondo.

¡Qué cosas dices, mamá! Anda, quédate quieta un ratito mientras Paco te abrocha las correas —intervino la mujer.

¡Quiero que me dejéis a solas con el cura! —gritó de pronto Rosa—. Quiero enseñarle a qué ha renunciado con sus absurdos votos. ¿Qué me dices, Cerdote? ¿Quieres pasar un buen rato con una experta? No te arrepentirás.

¡Mamá! —se escandalizó Lidia.

¿Qué pasa? Quiero darle lo que este fracasado es incapaz de darte a ti. Si quieres, puedes quedarte a mirar. ¡Mira y aprende cómo se comporta en la cama una mujer de verdad!

Señora, no hace falta, yo… —comenzó el padre Ramón. Le temblaba todo el cuerpo: se había metido de lleno en una situacón casi absurda, de comedia incluso, en la que una pareja tenía que lidiar con las trastadas y faenas de la suegra.. Sólo que estamos ante un verdadero caso de posesión demoniaca, y yo soy el encargado de realizar el exorcismo. Y la única formación que tengo para ello es una novela que leí hace dos meses.

Ojalá hubiera podido negarse a la orden del obispo. Él no pintaba nada ahí, ni siquiera sabía por dónde empezar. Pero ya que estoy aquí, haré lo que pueda, pensó. Así que cuando vio que la mujer estaba bien sujeta, abrió la Biblia por una página al azar y dijo con la voz más firme que pudo arrancar de su garganta:

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo Amén.

…Entró, pues, Betsabé al cuarto del Rey —decía el padre Ramón sin saber muy bien qué estaba haciendo en realidad—, el cual era ya muy viejo; y Abisag, sunamita, le asistía.

Ay, Cerdote, Cerdote… No tienes ni idea de lo que estás leyendo. ¿Es tu primer exorcismo?

Pues… Sí.

Te voy a ahorrar saliva, si me lo permites. Estos dos memos me han estado buscando durante años por entre un montón de libros polvorientos e inservibles, y no han podido dar conmigo. Quizás tú te has creído que un rito cristiano va a echarme de aquí, pero estás completamente equivocado, Cerdote. Yo soy mucho, mucho más viejo que el primero de los adoradores del Relámpago. Yo me paseaba entre los monos que se erguían de vez en cuando para observar el horizonte, y ya hacía estragos. Jamás nadie ha podido echarme de un cuerpo que Yo reclamara como mío con la autoridad del Tiempo y del Ocaso. Soy vástago de un dios encadenado. Mi padre es Owerilnak, Azote de la Sombra, del que sólo brillan las pupilas. ¡No podrás hacer que me vaya, si no es mi Voluntad!

El padre Ramón miró a la pareja.

¿Saben ustedes de qué está hablando?

Sólo quiere confundirle, padre, se lo digo yo. Ese nombre es nuevo, no vaya a hacerle ningún caso.

Pero, muy al contrario, el cura decidió prestarle toda su atención. Owerilnak, ha dicho. ¡Qué familiar le era ese nombre! Aún no sabía dónde ni en qué circunstancias, pero estaba casi seguro de que no era la primera vez que lo escuchaba. Rebuscó en su mente, pero no aparecía, así que decidió hacer tiempo. Pues estaba ahí, y sentía que, si conseguía hacer aflorar el recuerdo, quizá lograse expulsar al demonio. Además, el hecho de que ni Paco ni Lidia hubieran oído hablar de ese dios, ellos que tanto habían leído, y él sí, le dio cierta esperanza: probaría por ahí.

¿Hija de quién, has dicho?

Soy hija de la que recorre la estepa en su mortero, y vive en lo más profundo del bosque. Y en invierno, cuando nieva, el fuego lo alimenta una provisión de calaveras.

Ahora está mintiendo, pensó el padre: a ésa la conozco. Seguiré hablando hasta que recuerde, o ella retome el asunto.

Creo que eres hija de un ser humano tan normal como los que estamos aquí.

Ah, Cerdote, ¡qué pocas cosas sabes!

Padre —intervino Paco—, ¿no debería echarle un poco más de agua bendita, o leerle otro pasaje, o algo así?

¡Shhh! ¡Silencio, por favor!

¡Lo siento!

Mira, Cerdote: todos tenemos un demonio interior. Si quieres, puedo hacer aflorar el tuyo. Lidia, hija mía, ¿serías tan amable?

De pronto, para sorpresa de Lidia y de los dos hombres, algo parecido a una fuerte brisa se coló por entre sus piernas e hizo levantarse la falda de Lidia hasta revolotear en su cara. De un vistazo rápido el padre pudo apreciar su ropa interior, que por otro lado era tal y como se la había imaginado: inexistente. Ella soltó un gritito y se bajó la falda como pudo, y abandonó avergonzada la habitación a toda velocidad.

¡Lidia! —exclamó Paco, y salió tras ella—. Ahora volvemos —añadió, y cerró la puerta.

Tardarán un rato, creo yo… ¿Te ha gustado?

Eres… Un monstruo —jadeó el padre Ramón, y agradeció infinitamente la penumbra que ocultaba su enrojecimiento, y su endurecimiento.

Je, je je… Los dejaremos a solas por el momento. —Sonó un clac en la puerta: el cerrojo—. Y ahora, tú y yo, cura de pacotilla.

El padre tragó saliva.

Owerilnak… Owerilnak… Como una letanía, monótono como una tarde a solas con un rosario de mil cuentas. El padre lo repetía en su mente con constancia admirable. Quería pensar que recordar podría significar la victoria sobre el demonio. Pero de momento no acudía nada, excepto la espantosa sensación de tener algo en la punta de la lengua.

Y dime, Cerdote, por curiosidad: ¿eres un verdadero creyente, o eres uno de tantos que vaga por el mundo parasitando gracias a la fe de los inocentes?

Soy Católico, Apostólico y Romano.

OwerilnakOwerilnak

No eres el primero que me echo en cara, ¿sabes?

Lo sospecho.

Pero tú eres joven, joven y guapo. ¿Qué puede hacer que un muchacho como tú se meta en semejante berenjenal? Demasiada ambición, supongo. O quizás el morbo que produce transgredir, en contra de unas normas demasiado estrictas. ¿No es eso, Cerdote? ¿He dado en el clavo?

¡Por supuesto que no! Mi fe… —El padre se dio cuenta de que el demonio estaba alejándolo del tema—. Mi fe no importa. Háblame de la tuya.

¿Mi fe? —La mujer abrió mucho sus ojos amarillos, y soltó una estridente carcajada —. ¡Yo no hablo de fantasmas ni de sutilezas, Cerdote: yo hablo de hechos! La existencia de los míos no depende de lo que pueda sentir una mente torturada en un arranque de misticismo. Yo estoy aquí: puedes verme, tocarme, sentirme respirar. ¿Dónde está tu Dios? ¿Podrías señalármelo, por favor?

El padre Ramón, con solemnidad, se señaló el corazón.

¡Jajaja! Lo que me temía. Pues a eso me refiero, precisamente: la existencia de tu Dios depende de ti y de los tuyos. ¿Qué será de él cuando la humanidad desaparezca? ¿Cuando el sol se apague, cuando el tiempo devore todo lo que conocéis? Llegará un día, y vuestra ciencia lo respalda, en que la vida en la Tierra no será más que un recuerdo. ¿Sabes quién estará entonces riéndose en la oscuridad?

No, diablo, creo que te equivocas. Dios no… No vive en mi corazón sólo, no es eso. Él está en todas las cosas, en todas. Incluso tú mismo, ahí sentado y blasfemando, no eres más que una pequeña parte de Su plan. Creo que, si alguien va a reírse, será Él. Te señalaba mi corazón porque es ahí donde yo lo siento. Y, si no está en el tuyo, es simplemente porque tú no lo dejas. ¿Entiendes? Eres tan libre de no sentirlo, como yo de sí hacerlo. Pero está.

Si te digo cuántas veces he escuchado ese mismo discursito, no te lo creerías, Cerdote. ¡Déjate de abstracciones! La fe no es más que una excusa para tener a la mente engañada con promesas que nunca se van a cumplir. Tu fe es un sueño dulce, y si sigues permitiéndolo, tendrás un amargo despertar. ¡Estúpido! Yo me descojono de tu fe.

Haz lo que te parezca. ¡Y ya está bien de charla! —exclamó el padre Ramón—. No he venido aquí a debatir contigo, sino a expulsarte.

Ajá.

Destapó el frasquito de agua bendita y la salpicó entera de nuevo. Pero esta vez, la mujer se limitó a observarlo con una sonrisa irónica. El padre la miró un momento, y luego se sentó suspirando en una silla.

Así que, antes, estabas fingiendo que te quemaba —dijo con abatimiento.

No te sientas demasiado mal —dijo la mujer sin perder la sonrisa malévola—. Todo esto forma parte de un circo, Cerdote: un colosal circo en el que hoy eres tú el payaso principal. Yo sólo actuaba para no arruinar la función demasiado pronto.

Paco y Lidia, apagados ya los fuegos que ellos mismos habían encendido en la cocina, llegaron ante la puerta de la habitación e intentaron abrirla. Se extrañaron al encontrarla cerrada.

¡Si la llave la tengo yo!

Paco trató de hacerla entrar en la cerradura, pero se atascaba a la mitad, como si hubiera algo dentro que la obstruyera. Así que golpeó con el puño.

¡Rosa! ¡Padre! ¿Estáis bien? ¡Abrid la puerta!

¡No se preocupe! —oyeron responder al padre.

¡Desaparece, vago, robahijas!

Paco miró a Lidia.

Pues están bien.

Ella lo miró pestañeando.

¿Vamos otra vez a la cocina? Creo que tengo que buscar algo en el último cajón…

Paco levantó las cejas; luego bajaron trotando.

La noche estaba bastante oscura. La luz que había en la habitación provenía de una farola de la calle. El padre Ramón había intentado antes encender la bombilla de la lámpara que colgaba del techo, pero parecía estar fundida. Y lo mismo podría decirse de su mente: aún no había sido capaz de recordar. Pero, tarde o temprano, llegaría: de eso estaba seguro.

Vio que la mujer lo miraba interrogativa.

¿Perdón? —dijo el padre.

¿Otra vez pensando en faldas y en gemidos de placer? ¡Puerco! Digo que qué narices ganas tú si yo abandono este cuerpo, ¿a ti qué más te da?

¿Cómo que qué más me da? ¿Cómo no me va a dar? ¡Soy sacerdote! Trabajo para el Señor, y expulsarte es un deber, como aberración que eres. Es mi obligación.

No esperarás que mi hija, o el inútil de su marido, te paguen un solo duro por tus inestimables servicios, ¿no? Porque, si como creo lo haces por eso, me parece que vas listo, Cerdote.

Y entonces el padre Ramón dijo algo, una respuesta casual, que pareció dañar tanto al demonio como debería haberlo hecho el agua bendita:

No espero dinero. Me consideraré pagado cuando vea su cara de felicidad al saber que has desaparecido para siempre de sus vidas.

¡Issshhh! —Se revolvió en su cama, y el odio feroz con que miraba al padre perdió, por primera vez, su cualidad de burla.

Entonces el padre Ramón se acordó de pronto, y volvió todo a su memoria de una forma clara y precisa. Era un recuerdo brevísimo de una situación a la que, en su momento, no dio especial importancia, y que, por intrascendente, quizá debería haber sido relegado al rincón más oscuro del subconsciente. Pero ahí estaba, como si hubiera sucedido ayer, y el padre Ramón dio gracias a Dios por permitirle recordar con tanta precisión.

Se vio en la oscuridad, en su confesionario, escuchando la voz susurrante de un hombre desesperado, un hombre que reconocía el odio que sentía hacia su suegra.

Deseo matarla, padre, y que Dios me perdone, pero es así. No puedo soportarla más, mete sus narices en todos nuestros asuntos, y no pierde ocasión de ridiculizarme. ¡Dios, cómo la detesto! Es peor que Asarania, hija de Owerilnak: la Suegra de las Suegras.

Y entonces el hombre le contó cómo, según una extraña mitología, un héroe había encontrado la forma de expulsar a Asarania. El padre, que siempre había sido un estudioso, pensó en aquel momento que el hombre se lo estaba inventando en su desesperación, pero lo escuchó acogiéndose a su habitual forma de escuchar: con aburrimiento. Luego se desentendió por completo, pero al parecer, la curiosa historia se le había quedado grabada en la memoria. Pues fenomenal, que dirían sus feligresas.

Así, contempló al demonio desde la nueva perspectiva del conocimiento, e incluso se permitió esbozar una sutil sonrisa de suficiencia. Habían cambiado los papeles, y el demonio, a juzgar por su expresión asombrada y aterrada a un tiempo, debió de notarlo.

¿Qué? —dijo.

Y bien, demonio —dijo el padre Ramón con una nueva voz, firme y elegante—. Creo que ya te comprendo. Tus maldades en esta casa han llegado a su fin.

¿Qué dices, Cerdote?

Prepárate a volver con tu padre… Asarania.

El demonio, con un rugido, trató de abalanzarse sobre él; pero las correas lo contuvieron.

¿Qué sabes tú, Cerdote? ¿Qué es ese nombre ridículo?

Lo dijo sonriente, pero su voz reflejaba inequívocamente un miedo intenso, y el padre Ramón supo definitivamente que había dado en el clavo. Pensó brevemente en el confeso, y se preguntó quién sería y de dónde habría sacado una historia semejante. Imposible averiguarlo, por supuesto. ¿Cuántos hechos, cuántos misterios y horrores más se escaparían al conocimiento común, y residirían en la privilegiada mente de unos pocos? Sintió una especie de vértigo al pensarlo, pero en seguida el demonio reclamó de nuevo su atención.

No sabes lo que dices, curilla. No sabes nada. ¡Yo soy Eripe, el Poderoso, el Primer Regulador! ¡Yo engraso la máquina que hace mover al Universo!

Ahí estaba: un último intento desesperado por confundir a su enemigo y distraerlo de sus conclusiones. Pero hasta el demonio pudo ver en los ojos del padre Ramón que no había nada que hacer.

Joder, Cerdote, ¡no me mires así!

Asarania —dijo el padre Ramón, y dio comienzo el verdadero exorcismo.

Una hora y media más tarde, el padre estaba de nuevo sentado ante la mesa de la cocina. Se sentía muy fatigado, casi exhausto, pero lucía una expresión de satisfacción y orgullo que rozaba con el pecado. Paco y Lidia, quienes lo habían ayudado a sentarse al verlo bajar las escaleras dando tumbos, lo miraban ahora y aguardaban impacientes a que el cura comenzase a hablar. Según parecía, el exorcismo había sido un éxito.

Bueno —dijo el padre, tras darle un largo sorbo al coñac que Lidia le había preparado—. Supongo que querrán saber qué ha sucedido. Será mejor que les cuente antes de que suban a verla. Es tan extraño…

Y miró hacia la ventana, hacia la noche cerrada, pero sólo pudo apreciar un brillo amarillento en el exterior que titilaba de forma irregular, pues la superficie del cristal reflejaba la cocina casi como un espejo. Mejor, pensó. Por hoy ya he tenido bastantes tinieblas.

¿Satanás?

¿Eh?

¿Era Satanás? —preguntó Paco.

No, no era Satanás. Era un ser que, por lo que sé, podría ser mucho más antiguo. Debió de aparecer con la primera pareja, o por lo menos inició su andadura maligna con ella. Es la hija de un dios desconocido para mí, del que sólo había oído hablar una vez, y por una increíble casualidad. Pero he conseguido expulsarlo del cuerpo.

¿Cómo?

Bueno, en realidad, el método ha sido sencillo. Cuando he comprendido que era el Dios Suegra, lo único que he tenido que hacer ha sido hostigarla con amenazas e insultos. Su propio método, vamos. Le he hecho ver que ustedes no la querían, que su presencia aquí no sólo no era necesaria, sino que, además, ustedes vivirían mucho más tranquilos y felices sin su presencia. Se ha resistido bastante, pero al final ha cedido y ha abandonado el cuerpo que ocupaba. Pero

¿Pero? —le preguntaron al unísono.

Aquí viene la cosa más extraña de todas. Les voy a hacer una pregunta: ¿cabe la posibilidad de que se hubieran confundido ustedes, y la señora a la que poseyó el demonio no fuese su madre, sino otra persona?

¿Cómo? ¿Qué dice, padre?

¿Cabe la posibilidad?

Por supuesto que no —respondió Lidia, ahora ya muy extrañada.

Claro. Es lo que me temía. Pues entonces no entiendo nada —dijo el padre Ramón, con cierta mirada de angustia.

¿Qué?

Pero el padre Ramón no le respondió, sino que se levantó y miró hacia la puerta de la cocina.

Será mejor que subamos ya a verla, entonces. Quizá ustedes tengan alguna respuesta.

Paco y Lidia intercambiaron su desconcierto con un encogimiento de hombros.

El mal olor de la habitación había comenzado a desvanecerse. La bombilla funcionaba de nuevo a la perfección, y el aire estaba algo menos cargado, como si una presencia hubiera sido conjurada. Sobre la cama, con una expresión de absoluta paz, había un hombre consumido por los años. Respiraba levemente. Sobre él, a la altura del techo, una especie de nube con forma vagamente humana daba vueltas a toda velocidad, mientras emitía un chirrido constante que podría fácilmente ser tomado por un alarido de frustración. Lidia miró al hombre con los ojos como platos.

Este hombre… ¡Dios mío! ¿Quién es este hombre?

El padre se quedó mudo unos instantes. Tenía la vaga esperanza de que el misterio lo resolviera ella, pero su pregunta dejó bien claro que no sería así. Miró al espíritu que revoloteaba alrededor de la lámpara del techo, el espíritu que había logrado expulsar de aquel cuerpo agotado. Asarania, hija de Owerilnak, el dios encadenado. ¿Qué diablos hacía un hombre en la cama? De pronto decidió que ya era suficiente; todo se había vuelto demasiado complicado, para su gusto. Sólo deseaba agarrar sus cosas y largarse de allí. Y estaba casi a punto de hacerlo, cuando el hombre de la cama abrió los ojos suavemente y lo miró.

Cura… —susurró, y el padre notó dos bultitos que recorrían el interior de su cuerpo a toda velocidad y se alojaban en su garganta: el hombre tenía los ojos amarillos como el ámbar.

Y, usted, ¿quién es? —Paco hizo la pregunta con tono autoritario, como si estuviera reprendiendo a un niño. El padre Ramón y Lidia lo miraban expectantes. El hombre yacente pestañeó un par de veces, ocultando brevísimamente el resplandor casi fluorescente de sus horribles ojos. Evidentemente, estaba agotado.

Soy Satanás —dijo.

El padre Ramón sintió que todo en él se daba vuelta y se volvía absurdo. ¿Cómo, Satanás? ¿Qué significaba aquello, por todos los santos?

El hombre de la cama sonrió, y miró al padre con algo que podría ser un profundo agradecimiento.

Sí, cura, soy Satanás. Y, aunque sea lo último que espera de un ser como yo un hombre como tú, debo expresarte mi más sincera gratitud. Tú me has salvado de ese horrible ente. Te doy las gracias.

Pero. Pero pero —dijo el padre Ramón.

No te preocupes, te lo explicaré. Es lo menos que puedo hacer, aun a pesar de lo agotado que me encuentro.

El espíritu del techo emitió un nuevo chillido, y siguió dando vueltas igual que un perro que buscara su propia cola en un frenesí.

Hace quince años me topé con una deliciosa señora, una que me pareció óptima para ser poseída. Como llevaba largo tiempo aburriéndome, la tomé al instante, sin haberla examinado antes. Eso fue un colosal error por mi parte: la señora albergaba ya un odio que yo, con mi experiencia, debería haber sabido evitar. De modo que entré en ella con mil maldades en mi mente, y en un segundo fue ella la que se apoderó de mí.

Hizo una mueca al recordarlo, como si le trajera a la memoria un sufrimiento más allá de todo sufrimiento.

Me vi impotente dentro de ella y sin ninguna posibilidad de escapar. Entonces noté cómo comenzaba a chupar mi maldad y a asimilarla ella, y noté cuánto disfrutaba.

El padre Ramón descubrió para su sorpresa que el hombre tumbado, el Príncipe de las Tinieblas, despertaba en él no terror o rechazo, sino una honda piedad. El sentimiento se intensificó cuando advirtió que una lágrima de azufre recorría la mejilla hundida.

Pero, entonces —dijo el padre Ramón—, ¿no era Asarania, hija de Owerilnak, quien había poseído a la señora?

Claro que no. Ahí dentro nunca hubo nadie más que ella y yo. Asarania es un ser real, y hubo un tiempo en que se paseó por la Tierra sembrando la discordia entre las parejas felices, pero aquí no ha tenido nada que ver. La señora hurgó en mi conocimiento y adaptó lo que descubrió a su comportamiento, seguramente porque encontró muchas semejanzas entre la diosa y ella misma. Supongo que acabó por creerse que era Asarania, pues de otro modo el exorcismo seguramente no hubiera dado resultado.

En definitiva —dijo el padre—, las maldades de la señora eran genuinamente suyas.

Sí. De ella solita. A veces, la mente humana esconde este tipo de sentimientos, que afloran cuando alguien puede permitirse ignorar las normas que los contienen.

Se hizo un silencio. Los cuatro se perdieron en sus propios pensamientos.

Ahora, una última cosa —dijo Satanás—. Espero que comprendan que estoy deseando hacerlo, y no me guarden rencor por ello.

El ser que daba vueltas en el techo se detuvo de pronto al escuchar esto, y pareció mirar a Satanás con pánico a pesar de no poseer ojos bien definidos. Se escuchó un alarido, algo emitido tras mil puertas cerradas, y Satanás lo señaló. De pronto surgió de su dedo una especie de oscuridad, densa y pegajosa, que envolvió al espíritu como una mortaja, mientras éste se debatía con desesperación. Y se estrechó hasta desaparecer completamente, con el ser dentro. Lo último que se escuchó de él tuvo el aspecto de un amargo reproche.

Bueno, ya está —dijo Satanás, y se echó de nuevo y cerró los ojos—. Ahora dormiré un rato. Adiós, cura. Y gracias otra vez.

Su respiración se hizo lenta enseguida. El padre Ramón recogió sus cosas y las guardó desordenadamente en el maletín, y salió de la habitación en silencio, precedido por Lidia y por Paco. El padre advirtió que también ellos, como Satanás, reflejaban paz en sus miradas.

¿Seguro que no quiere quedarse a dormir, padre? —preguntó Paco ante la puerta principal, donde él y su esposa despedían al sacerdote—. Hay un sofá cama en el salón.

No, gracias. He de irme ya.

Miró hacia arriba, hacia la ventana de la habitación.

¿Qué van a hacer con él? —preguntó.

Bueno, no sé… —dijo Paco, y rodeó con un brazo la cintura de su esposa—. Supongo que lo cuidaremos hasta que se ponga bueno. No puede ser muy duro, después de convivir quince años con la madre de Lidia. Luego, él hará lo que desee. Después de todo, es el Señor de las Tinieblas, ¿no?

Si tienen algún problema, avísenme, ¿de acuerdo? Cuando se recupere, digo.

No se preocupe.

Bueno… Pues me voy. La noche está fresca.

Paco y Lidia sonrieron.

Gracias por todo, padre.

De nada.

Y echó a caminar. Montó en su coche e introdujo la llave en el contacto sin temblar ni un poquito. ¿Por qué iba a hacerlo? Se activó la radio y escuchó un rato a un hombre hablando, pero luego se aburrió y sustituyó Radio María por una emisora de Heavy— Metal.

Las luces de su coche se perdieron en la oscuridad.

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